Un sabio afirmaba que aquel que conecta
con la divinidad, de algún modo recoge soledad.
En
otras palabras, ser
espiritual implica nadar contra la corriente y sentirse desarraigado.
Una persona espiritual sigue
disfrutando lo material, pero ya no vibra con lo superfluo y el oropel.
Ya está
en una onda en la que hay
otros intereses y lo material no es una prioridad.
Por
eso, puede sentirse solo,
o constatar que solo se
conecta a fondo con los que saben trascender.
Jesús amaba la soledad, pero también compartía
con todos y nunca
fue un ermitaño.
Amar la soledad es una conquista que
logran los que no tienen vacíos de amor y son Amigos de Dios.
De
hecho, un buen amante ama
la soledad y nunca
sufre con relaciones posesivas y dependientes.

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