El Papa Francisco en su tradicional Audiencia General en
la Plaza de San Pedro, donde
reflexionó sobre la parábola del Buen Pastor para recordar que para Dios cada
uno de sus hijos es importante y por tanto no se resigna a que alguno
pueda perderse.
A continuación el texto completo gracias a la traducción
de Radio Vaticana:
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Conocemos
todos la imagen del Buen Pastor que lleva sobre sus hombros a la oveja perdida.
Desde siempre este icono representa la atención de Jesús hacia los pecadores
y la misericordia de Dios que no se resigna a perder alguno. La parábola es
narrada por Jesús para
hacer entender que su cercanía con los pecadores no debe escandalizar, sino al
contrario provocar en todos una seria reflexión sobre cómo vivimos nuestra fe.
La narración presenta de una parte a los pecadores que se acercan a
Jesús para escucharlo y de otra parte a los doctores de la ley, los escribas sospechosos que se
alejan de Él por su comportamiento. Estos se alejan, porque Jesús se
acerca a los pecadores. Estos
eran orgullosos, eran soberbios, se creían justos.
Nuestra parábola se desarrolla en relación a tres personajes: el pastor, la
oveja perdida y el resto del rebaño. Pero quien actúa es sólo el pastor,
no las ovejas. El pastor
es el único verdadero protagonista y todo depende de él. Una pregunta
introduce la parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y
nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla?».
Se trata de una paradoja que induce a dudar del actuar del pastor: ¿Es
sabio abandonar las noventa y nueve por una sola oveja? Y además, ¿no en la
seguridad de un redil, sino en el desierto? Según la tradición bíblica el desierto es el lugar de
muerte donde es difícil encontrar alimento y agua, sin protección y a merced de
las fieras y de los ladrones. ¿Qué cosa pueden hacer noventa y nueve
ovejas indefensas?
La
paradoja continua diciendo que el pastor, al encontrar a la oveja, «la carga
sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y
vecinos, y les dice: Alégrense conmigo». Entonces, ¡parece que el pastor no regresa
al desierto a buscar a todo el rebaño! Tendido hacia aquella única oveja
parece olvidar las otras noventa y nueve. Pero en realidad no es así. La enseñanza que Jesús
quiere darnos es mejor
dicho que ninguna oveja puede perderse. El Señor no puede resignarse al
hecho que una sola persona pueda perderse.
El actuar de Dios es aquel de quien va en búsqueda de los hijos perdidos
para después hacer fiesta y alegrarse con todos porque los ha
encontrado. Se trata de un deseo irrefrenable: ni siquiera las noventa y nueve
ovejas pueden detener al pastor y tenerlo cerrado en el redil. Él podría
razonar: “Pero, hago un balance: tengo noventa y nueve, he perdido una, pero no
es tanta la perdida, ¿no?”. Él
va a buscar aquella, porque cada una es muy importante para Él y aquella es la
más necesitada, la más abandonada, la más descartada; y Él va ahí a buscarla.
Somos todos avisados: la misericordia hacia los pecadores es el estilo con el
cual actúa Dios y a esta misericordia Él es absolutamente fiel: nada ni
nadie podrá alejarlo de su voluntad de salvación. Dios no conoce nuestra actual
cultura del descarte, en Dios esto no cabe. Dios no descarta a ninguna persona;
Dios ama a todos, busca a
todos… ¡Todos! Uno por uno. Él no conoce esta palabra “descartar a la
gente”, porque es todo
amor y toda misericordia.
El rebaño del Señor esta siempre en camino: no posee al
Señor, no podemos ilusionarnos de aprisionarlo en nuestros esquemas y en
nuestras estrategias. El
pastor se encontrará ahí donde está la oveja perdida. ¡El Señor pues,
debe ser buscado ahí donde Él quiere encontrarnos, no donde nosotros
pretendemos encontrarlo!
De
ningún otro modo se podrá conformar el rebaño si no siguiendo el camino trazado
por la misericordia del pastor. Mientras busca a la oveja perdida, Él
provoca a las noventa y nueve para que participen en la reunificación del
rebaño. Entonces no solo
la oveja llevada en sus hombros, sino todo el rebaño seguirá al pastor hasta su
casa para hacer fiesta con los “amigos y vecinos”.
Deberíamos reflexionar muchas veces sobre esta parábola, porque en la comunidad hay
siempre alguien que falta y se ha ido dejando el lugar vacío. A veces
esto desanima y nos lleva a creer que sea una perdida inevitable, una
enfermedad sin remedio. ¡Y entonces corremos el peligro de encerrarnos dentro
de un redil, donde no habrá el olor de las ovejas, sino el hedor de cerrado! Y los cristianos no debemos estar
cerrados porque tendremos el hedor de las cosas cerradas. ¡Jamás!
Debemos salir y este cerrarse en sí mismos, en las pequeñas comunidades, en la
parroquia, ahí, … pero
nosotros “los justos” …
Esto sucede cuando falta el impulso misionero que nos lleva a encontrar a los demás.
En la visión de Jesús no existen ovejas definitivamente perdidas – esto debemos
entenderlo bien – para
Dios ninguno está definitivamente perdido. ¡Jamás! Hasta el último momento,
Dios nos busca. Piensen en el buen ladrón; pero solo en la visión de
Jesús ninguno está definitivamente perdido, pero solo ovejas que son encontradas.
La perspectiva por lo tanto es toda dinámica, abierta,
estimulante y creativa. Nos
impulsa a salir en búsqueda para iniciar un camino de fraternidad.
Ninguna distancia puede tener alejado al pastor; y ningún rebaño puede
renunciar al hermano. Encontrar
a quien se ha perdido es la alegría del pastor y de Dios, pero es también la
alegría de todo el rebaño! ¡Somos todos nosotros ovejas encontradas y
reunidas por la misericordia del Señor, llamados a congregar junto a Él a toda la grey!
Gracias.

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