Las bibliotecas sobre talento y liderazgo están
llenas de biografías de grandes mujeres y hombres cuyas hazañas deslumbran a la humanidad
entera. Las más emocionantes
traen ese toque que tanto aprecia Hollywood -y de paso nosotros- de personajes hechos a pulso, por cuenta de un esfuerzo personal sobre humano
que el resto de los mortales admiramos tanto, porque en general carecemos de
vocación hacia el sufrimiento y la auto disciplina que en la mayoría de los
casos se necesita para llegar a la gloria.
Es el caso de André Kirk Agassi. Para
aquellos a quienes nos gusta el tenis, sin duda referente de lo que fue el
tenis Norte Americano después de la era Mckenroe y Connors. Ganador de 8 Grand
Slams, 17 ATP Master Series, 3 copa Davis, una medalla olímpica de oro, y
número 1 por 101 semanas, Agassi
siempre será recordado por un juego aguerrido, frontal, físico, y apasionado.
Decía: "Siempre odié
mi trabajo".
Su odio lo
generó en parte su padre que es el gran gestor de su carrera (historia
conocida) y que le impuso, siendo muy pequeño, una disciplina militar de 3.000 bolas diarias bajo la
premisa de que si el menor de sus hijos lograba pegar un millón de bolas al
año, sería sin duda el número 1 del ranking mundial.
El problema es
que lo hizo sin preguntarle, a
costa de su "felicidad", algo que Agassi trató por todos los
medios de discutirle sin que este diera su brazo a torcer ni por los aretes, su
corte de pelo, su uniforme, su actitud desafiante y grosera, ni sus escapadas
de la academia Boletieri donde estuvo interno desde los doce años. Logró en cambio construirse una
fama de contestatario y rebelde que mucho le pesó en el circuito.
Lo bonito de la historia de Agassi es precisamente
la humanidad detrás de la foto de éxito a la que hoy se suman su esposa Stephie
Graff y sus dos hijos. Agassi es producto de la fórmula que el mismo Gladwell
ha señalado como ganadora: Los grandes maestros no son fruto del talento, son
el fruto de más de 10.000 horas de entrenamiento continuo, diario, a sudor y
lágrimas.
Son el fruto
muchas veces de la
imposición de un mentor aún más testarudo. Son el resultado de un
proceso que en el caso de un niño, generalmente deja de lado la ecuación de la felicidad que hoy
tanto desvela a millones de padres de familia que cedemos ante el primer
berrinche.
Su disciplina lo llevo a triunfar, y su triunfo a
depender del mismo quehacer que tanto odió: era lo único que sabía hacer, lo que
sabía hacer mejor, y por lo tanto su sustento de vida y de seguridad personal.
Irónicamente ha
sido de los deportistas, al menos en el tenis, que más tarde se ha retirado. Lo
dio todo en la cancha y solo lo dejó en el momento en que doblando en edad a
sus contrincantes de turno, su
espalda no dio más.
Quitando de la
ecuación el resultado final que en el caso de Agassi fue increíble, su vivencia, llena de angustias
y contradicciones, se parece mucho a la de todos nosotros. Es una historia de
terror por la rutina, de profunda inseguridad, de celos, de rabia con un pasado
determinista, de odio por su falta de valor, de poca, muy poca libertad, pero
de profundo respeto por la profesión que le dio todo.
Ese es su gran
legado.
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