Es admirable la sabiduría tibetana y su
actitud serena ante la muerte propia o de los demás.
Para ellos no es un drama sin fin, y sus duelos no son ni un
martirio ni una suma de desdichas, llantos y desespero.
Se preparan para ella desde niños,
vencen los apegos y saben que morir solo es cambiar de forma.
Para nosotros, en cambio, la muerte es
lo peor, hablamos
de muertos y amamos con apego sufrientes.
Los
muertos no existen ya que los que parten están vivos con un cuerpo de luz y su vida continúa.
Lo
sabemos porque ellos se
comunican de distintas formas y aseguran que están vivos y bien.
Dos
buenas ayudas para hacer un duelo es creer que el ser amado vive y dejar de lado los penosos
aniversarios.
Hacerlo es seguir ligados a una muerte y llorar de nuevo incluso
quince años después. Nos maleducan para ser masoquistas.

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