“El cariño verdadero, ni se
compra ni se vende…”
No
vaya a creer que es charlando. Como en la vieja canción, las fincas de
recreo son como el cariño verdadero: ni se compra ni se vende, y entre
comprarla y venderla, hay
desespero, hastío, úlceras, canas, rabietas, amistades rotas y un severo
deterioro del patrimonio. Y como dice el dicho popular, hay sólo dos
momentos de felicidad en lo que tiene que ver con tener finca de recreo: El momento de comprarla, en el
que uno tiene la ilusión de haber obtenido por fin el terruñito de felicidad
para realizar todos los sueños que ha idealizado durante los años en que se ha
reventado el lomo trabajando como un buey y el momento de venderla, al borde
del desespero, siempre por un valor inferior al inicial a un ingenuo al
que no le cierra la boca porque cree que por fin está cumpliendo el sueño de
toda su vida. Y así el
círculo se repite una y otra y otra vez.
Porque
comprar una parcela es dotar a los amigos y a los familiares y a los conocidos
de éstos de un lugar bueno, bonito y barato para pasear sin tener que gastar;
los fines de semana llegan por docenas sin avisar, a horas del almuerzo o en
mitad de la tertulia al calor de unos traguitos o del asado, siempre con la
premisa de que “ya que
pasaba por aquí cerquita, aproveché para darte un saludito” dice el
repentino comensal en un tono empalagosamente simpático mientras baja la
comitiva del carro, ya con el vestido de baño puesto y los morrales a punto de
reventar la cajuela, no
propiamente cargados con mercado, viandas, gaseosas o licor. Luego
transcurren tres días en los que hay que ir varias veces al pueblo para ajustar
los víveres, siempre en el carro de uno y con la plata de uno, contando con que
la abnegada esposa, sin quererlo ni elegirlo, tuvo que madrugar diario a
preparar el desayuno para todos mientras se desarrugaban en las camas, luego de
trasnochar bailando y cantando, presa de una resaca feroz. Pasa todo el día en la cocina
mantequeando y limpiando, tratando de ser atenta y cortés para no figurar como
mala anfitriona, mientras lo fulmina a uno con la mirada y le jura que esta vez
si será la última, para recomenzar con la rutina en el fin de semana siguiente.
El
día de la partida, los invitados como por arte de magia se esfuman
inmediatamente después del almuerzo; nadie pregunta si hay cuota que poner, si
hay que asear la casa o el jacuzzi, si hay que cargar las bolsas de basura para
el acopio, si hay que limpiar baños.
Misteriosamente
se desaparecen las pocas cervezas y gaseosas de la nevera, “por si nos
da sed en el camino”; la garrafa de aguardiente comprada por el dueño, todavía
llena hasta la mitad, termina en el carro del primo hermano de la mujer del
mocho invitado por un cuñado que en semana ni nos saluda, “para tomarnos el
arranque en la carretera”. Los paquetes sobrantes de pasabocas y mecato que trajimos en nuestro
propio mercado, terminan en el carro de la esposa del primo, “por si a
la niña de da fatiga en el estómago durante el viaje”. Y no mire el inventario
de los discos compactos para que no le de más amargura. Y “préstame una chaqueta para mi novia que está
resfriada”, la misma que no volvió a ver jamás.
Y es
muy claro que nadie queda completamente contento. Que muy desabridos los
fríjoles, que muy pequeña la piscina, que muy estrechos los baños, que le falta
pintura al frente de la casa, que muy descuidado el jardín, que se acabó
muy pronto el ron, que por tacaños no ponen televisión por cable en todos los
cuartos, que si te diste cuenta de que ni siquiera tenían antisolar en el baño
para las visitas, que la pobre dueña nunca ha tenido buen gusto para los
cuadros que pone en la pared. Y mientras tanto uno es el que tiene que pagar el
sueldo y parafiscales del mayordomo, cuentas de servicios públicos, administración,
impuestos, lucro cesante del valor de la propiedad, mantenimiento de la
piscina. Nadie se
solidariza con uno. Nadie le ofrece cuota para ayudarle en estos costos fijos
ni cuando piden prestada la finca hasta por quince días. Y si a alguien se
le ocurre pedir cuota para pagar entre todos, al dueño lo incluyen como un
igual, sin que los gastos anteriormente relatados mitiguen la erogación y le tengan un poco de
consideración en vista de lo que tiene que asumir sin ayuda de nadie.
Y vaya y cometa el atrevimiento de no prestársela al
compañero de oficina o al sobrino de la esposa con sus amigos del barrio o de
universidad. “Usted es un
mezquino, un egoísta arribista y trepador que ya no se digna compartir los
bienes con los que tienen menos oportunidades, que ya no voltea a mirar a los
que crecieron con usted”. Casi que le retiran el saludo y le escupen
ironías y sátiras cada que se da la oportunidad. Y si la presta es peor: baños
taquiados con papel y toallas higiénicas, pese al aviso en el que se ruega que
los echen a la papelera. Comida vieja y mohosa en la cocina. Nevera mala o
televisor quemado. Preservativos sucios o papeles de sospechosa viscosidad
escondidos en los colchones o bajo las camas. Focos prendidos día y noche hasta que uno regresa para
apagarlos si no están fundidos; cuentas de teléfono por llamadas de horas de
duración o a larga distancia o a líneas calientes o esotéricas. Bolsas
de basura olvidadas o escarbadas por los perros, materas quebradas con las
flores y la tierra en el suelo, el paño del billar roto o manchado de huevo y
leche por sentar niños a comer en él. Y todo sin la posibilidad de hacer ningún
reclamo, pues al hacerlo,
únicamente se encuentran negativas, resentimientos, rabias y nada se soluciona.
Si
uno humildemente pide que le devuelvan la finca con dos días de adelanto, luego
de prestársela gratis por dos semanas, la esposa del amigo de toda la vida
decide que no soporta tal humillación y corta de tajo una amistad de veinte
años. Si uno considera que en defensa de su intimidad no le parece
cómodo prestar el cuarto privado del matrimonio, el amigo de la infancia que la
había pedido para ir sólo con la familia y se aparece con veinte amigos, se
retuerce de la indignación, poseído de la rabia la abandona en mitad de la
noche y acaba con la amistad, olvidando que el dueño siempre lo había invitado
gratis considerando su precaria condición económica. Malo porque sí y malo
porque no. Se pierde
siempre, con cara o con sello. Siempre uno es el villano, el H.P., el maldito
rico.
Y la
joya de la corona es el mayordomo. Esa sí es una raza aparte. Porque para
ventajosos y marrulleros, los campesinos nuestros. A toda hora tramando,
tratando de sacar ventaja, creyendo que lo natural es que los pobres traten de
sacarle provecho a cualquier precio al que ellos consideran que es rico.
Alquilan y prestan sin permiso la finca o la piscina cuando tienen la certeza
de que el dueño no va a ir y no rinden cuentas. Hacen llamadas larguísimas por
el teléfono y al hacerles el reclamo se enojan, le dicen muerto de hambre a uno
y amenazan con irse de inmediato de la finca y dejarla abandonada para no
aguantar más humillaciones. Les hacen trabajos a otros vecinos en el horario
normal. Si no los están vigilando y marcando a presión, es difícil que cumplan
a cabalidad las tareas asignadas. Cuando se aburren o tienen otras ofertas, no
tienen escrúpulo en irse sin más, casi sin avisar. Cuando son deshonestos,
ocurren robos rarísimos de electrodomésticos, de herramientas, de productos, de
animales, de huevos y leche; en casos más delicados, amenazas, extorsiones y
secuestros. Casi ninguno es discreto, por el contrario, hablan sin contención
hasta por los codos, opinan de todo, saben de todo, se entrometen en todas las
conversaciones. Y al
finalizar la relación laboral, cuente con la demanda garantizada, siempre con
el aval de la oficina del trabajo. Saben más de derecho laboral que los
abogados y la ley siempre los protege sin ningún tipo de consideración por el
patrón, que siempre es la reencarnación del demonio, no importando lo justo o
noble o solidario que haya sido con él y su familia.
Y
cuando usted logra sacarle alguna producción a la tierrita, al hacer cuentas
descubre que son los huevos, las frutas o la cosecha más cara del mundo, que
por el valor de la gallina que logró criar, se hubiera dado un banquete de
faisán, que la vaca que se enferma siempre es la de uno, que los peces
sembrados en compañía que se mueren son los de uno, no los del mayordomo.
Lo
mejor es coger ese capital y en lugar de enterrarlo en una finca que es un
embeleco costoso que no genera sino gastos, invertirlo, y con lo producido,
puede uno hacer el paseo que quiera, alquilar la finca de otro pobre que ya
mordió el anzuelo, ir a hosterías, ir a pueblos, ir a la costa o hasta el
extranjero, con los solos intereses, sin las úlceras, las rabias, los amigos
explotadores y conchudos, los mayordomos aprovechados y abusivos.

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