En
la tercera encíclica de su pontificado, “Fratelli tutti”, el Papa Francisco
llama a la humanidad entera a descubrir en el amor una fuerza que debe
transformar las relaciones internacionales, la política, la economía y la
cultura.
En la introducción, el Pontífice explica que “las cuestiones relacionadas con
la fraternidad y la amistad social han estado siempre entre mis preocupaciones. Durante los últimos años me he referido a
ellas reiteradas veces y en diversos lugares. Quise recoger en esta encíclica muchas de esas
intervenciones situándolas en un contexto más amplio de reflexión”.
“Entrego esta
encíclica social como un
humilde aporte a la reflexión para que, frente a diversas y actuales formas de eliminar o de
ignorar a otros, seamos
capaces de reaccionar con un nuevo sueño de fraternidad y de amistad social
que no se quede en las palabras”.
CAPÍTULO PRIMERO: LAS SOMBRAS DE UN MUNDO CERRADO
En el primer capítulo, el Santo Padre realiza una dura crítica al estado actual de las relaciones internacionales, regionales e interpersonales, lamentando que “la historia da muestras de estar volviendo atrás”, porque “se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos. En varios países una idea de la unidad del pueblo y de la nación, penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales”.
Al respecto, el Papa Francisco escribe que “en muchos países se utiliza el
mecanismo político de exasperar, exacerbar y polarizar. Por diversos
caminos se niega a otros el derecho a existir y a opinar, y para ello se acude
a la estrategia de ridiculizarlos, sospechar de ellos, cercarlos. No se recoge su parte de verdad,
sus valores, y de este modo la sociedad se empobrece y se reduce a la
prepotencia del más fuerte”.
Además, “partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una
selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites. En
el fondo «no se considera ya a las personas como un valor primario que hay que respetar y amparar,
especialmente si son pobres o discapacitadas, si “todavía no son útiles” —como
los no nacidos—, o si “ya
no sirven” —como los ancianos—“, agrega.
El Pontífice observa también que “la falta de hijos, que provoca un
envejecimiento de las poblaciones, junto con el abandono de los ancianos a una
dolorosa soledad, es un
modo sutil de expresar que todo termina con nosotros, que sólo cuentan nuestros
intereses individuales”.
Al abordar otro aspecto de la actual situación negativa,
observa que “en el mundo
actual los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el
sueño de construir juntos la justicia y la paz parece una utopía de otras
épocas. Vemos cómo
impera una indiferencia cómoda, fría y globalizada, hija de una profunda
desilusión que se esconde detrás del engaño de una ilusión: creer que podemos ser
todopoderosos y olvidar que estamos todos en la misma barca”.
Al respecto, el Papa observa que pasada la crisis
sanitaria creada mundialmente por el COVID 19, “la peor reacción sería la de caer aún más en una fiebre
consumista y en nuevas formas de autopreservación egoísta. Ojalá que al
final ya no estén “los otros”, sino sólo un “nosotros”. Ojalá no se trate de
otro episodio severo de la historia del que no hayamos sido capaces de
aprender”.
El
Santo Padre aborda luego el drama mundial de los migrantes, señalando que en el
mundo actual, “no son considerados suficientemente dignos para participar en la
vida social como cualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad
intrínseca de cualquier persona. Por lo tanto, deben ser «protagonistas de su propio rescate».
Nunca se dirá que no son humanos pero, en la práctica, con las decisiones y el
modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos”.
En este capítulo el Santo Padre también critica la creciente hostilidad “on line”,
observando que ésta “favorece la ebullición de formas insólitas de agresividad,
de insultos, maltratos, descalificaciones, latigazos verbales hasta
destrozar la figura del otro, en un desenfreno que no podría existir en el
contacto cuerpo a cuerpo sin que termináramos destruyéndonos entre todos. La agresividad social encuentra
en los dispositivos móviles y ordenadores un espacio de ampliación sin igual”.
CAPÍTULO
SEGUNDO: UN EXTRAÑO EN EL CAMINO
En este capítulo el Papa Francisco cambia de noto y ofrece una exégesis contemporánea de la parábola del Buen Samaritano, señalando que “si bien esta carta está dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones religiosas, la parábola se expresa de tal manera que cualquiera de nosotros puede dejarse interpelar por ella”.
Aplicando la parábola al mundo actual, el Papa destaca
que “al amor no le importa
si el hermano herido es de aquí o es de allá. Porque es el «amor que rompe las
cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes; amor que nos permite construir
una gran familia donde todos podamos sentirnos en casa. […] Amor que
sabe de compasión y de dignidad»”.
“La parábola –sigue el Santo Padre- nos muestra con qué iniciativas
se puede rehacer una comunidad a partir de hombres y mujeres que hacen propia
la fragilidad de los demás, que no dejan que se erija una sociedad de
exclusión, sino que se
hacen prójimos y levantan y rehabilitan al caído, para que el bien sea
común”.
El Papa señala además que “cada día se nos ofrece una nueva oportunidad, una etapa
nueva. No tenemos que esperar todo de los que nos gobiernan, sería infantil.
Gozamos de un espacio de corresponsabilidad capaz de iniciar y generar nuevos procesos y
transformaciones. Seamos
parte activa en la rehabilitación y el auxilio de las sociedades heridas.
Hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de
ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en
vez de acentuar odios y resentimientos”.
El Pontífice
confiesa, observando el mundo actual que “a veces me asombra que, con
semejantes motivaciones, a la Iglesia le haya llevado tanto tiempo condenar
contundentemente la esclavitud y diversas formas de violencia. Hoy, con
el desarrollo de la espiritualidad y de la teología, no tenemos excusas. Sin
embargo, todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados
por su fe para sostener diversas formas de nacionalismos cerrados y violentos, actitudes xenófobas, desprecios
e incluso maltratos hacia los que son diferentes”.
CAPÍTULO
TERCERO: PENSAR Y GESTAR UN MUNDO ABIERTO
Este capítulo aborda el poder radical de la caridad como la fuerza capaz de
transformar la sociedad humana. “Las personas pueden desarrollar algunas
actitudes que presentan como valores morales: fortaleza, sobriedad,
laboriosidad y otras virtudes”, dice el Papa, “pero para orientar
adecuadamente los actos de las distintas virtudes morales, es necesario
considerar también en qué medida estos realizan un dinamismo de apertura y
unión hacia otras personas. Ese dinamismo es la caridad que Dios infunde”.
Al respecto, el Pontífice observa que “hay periferias que están cerca
de nosotros, en el centro de una ciudad, o en la propia familia. También
hay un aspecto de la apertura universal del amor que no es geográfico sino
existencial. Es la capacidad cotidiana de ampliar mi círculo, de llegar a aquellos que
espontáneamente no siento parte de mi mundo de intereses, aunque estén cerca de
mí”.
“Hay un reconocimiento básico –agrega-, esencial para caminar hacia la amistad
social y la fraternidad universal: percibir cuánto vale un ser humano,
cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia”.
El Papa Francisco propone en este capítulo la urgencia de
relanzar el concepto de la función social de la propiedad:
”Vuelvo a hacer mías y a proponer a todos unas palabras de san Juan Pablo II cuya contundencia quizás no ha sido advertida: «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno»”.
“Siempre –observa-, junto al derecho de propiedad privada, está el más
importante y anterior principio de la subordinación de toda propiedad privada
al destino universal de los bienes de la tierra y, por tanto, el derecho de
todos a su uso”.
CAPÍTULO
CUARTO: UN CORAZÓN ABIERTO AL MUNDO ENTERO
El Pontífice propone en este capítulo una radical transformación, especialmente de parte de las naciones más ricas, de la manera de acoger a los migrantes y refugiados, mediante una política radicalmente distinta a la actual. “Esto implica algunas respuestas indispensables, sobre todo frente a los que escapan de graves crisis humanitarias. Por ejemplo: incrementar y simplificar la concesión de visados, adoptar programas de patrocinio privado y comunitario, abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables, ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad de movimiento y la posibilidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la educación, prever programas de custodia temporal o de acogida, garantizar la libertad religiosa, promover su inserción social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos”, explica.
El Papa dice que “este enfoque, en definitiva, reclama la aceptación
gozosa de que ningún pueblo, cultura o persona puede obtener todo de sí.
Los otros son constitutivamente necesarios para la construcción de una vida
plena”.
CAPÍTULO
QUINTO: LA MEJOR POLÍTICA
El Pontífice examina ampliamente la semántica de los términos "populismo" y "liberalismo", criticando a ambos; y luego explica cómo el amor es una virtud que también debe permear la política. “Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en «el campo de la más amplia caridad, la caridad política»”.
El Papa Francisco agrega además que “esta caridad, corazón del
espíritu de la política, es siempre un amor preferencial por los últimos,
que está detrás de todas las acciones que se realicen a su favor”.
“La
caridad política se expresa también en la apertura a todos.
Principalmente aquel a quien le toca gobernar, está llamado a renuncias que
hagan posible el encuentro, y
busca la confluencia al menos en algunos temas”, escribe el Santo
Padre. “También en la política hay lugar para amar con ternura”,
agrega.
CAPÍTULO
SEXTO: DIÁLOGO Y AMISTAD SOCIAL
En este capítulo el Pontífice propone detalles para hacer la realidad su constante propuesta de la Cultura del Encuentro. “El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía”, explica.
Pero respecto del diálogo que lleva al encuentro, el Papa
aclara que “el relativismo
no es la solución. Envuelto detrás de una supuesta tolerancia, termina facilitando
que los valores morales sean interpretados por los poderosos según las
conveniencias del momento. Si en definitiva «no hay verdades objetivas
ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de
las necesidades inmediatas […] no podemos pensar que los proyectos políticos o la fuerza de la ley
serán suficientes”.
“En una sociedad pluralista –explica-, el diálogo es el camino más
adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y
respetado, y que está más allá del consenso circunstancial. Hablamos de
un diálogo que necesita ser enriquecido e iluminado por razones, por argumentos
racionales, por variedad de perspectivas, por aportes de diversos saberes y
puntos de vista, y que no
excluye la convicción de que es posible llegar a algunas verdades elementales
que deben y deberán ser siempre sostenidas”.
Concluye este capítulo explicando que “la amabilidad es una liberación
de la crueldad que a veces penetra las relaciones humanas, de la ansiedad que
no nos deja pensar en los demás, de la urgencia distraída que ignora que
los otros también tienen derecho a ser felices. Hoy no suele haber ni tiempo ni energías disponibles para
detenerse a tratar bien a los demás, a decir “permiso”, “perdón”, “gracias”.
CAPÍTULO
SÉPTIMO: CAMINOS DE REENCUENTRO
“El camino hacia la paz –advierte el Papa- no implica homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común”.
“El
perdón y la reconciliación son temas fuertemente acentuados en el cristianismo
y, de diversas formas, en otras religiones. El riesgo está en no comprender
adecuadamente las convicciones creyentes y presentarlas de tal modo que
terminen alimentando el fatalismo, la inercia o la injusticia, o por otro lado
la intolerancia y la violencia”, agrega.
El
Santo Padre explica al respecto que “estamos llamados a amar a todos, sin
excepción, pero amar a un opresor no es consentir que siga siendo así; tampoco
es hacerle pensar que lo que él hace es aceptable. Al contrario, amarlo
bien es buscar de distintas maneras que deje de oprimir, es quitarle ese poder
que no sabe utilizar y que lo desfigura como ser humano”.
Por ello, “el perdón no implica olvido”, explica el Papa. “Decimos más bien que cuando hay
algo que de ninguna manera puede ser negado, relativizado o disimulado, sin
embargo, podemos perdonar”.
El Papa Francisco cierra este capítulo explicando
ampliamente: “Hay dos
situaciones extremas que pueden llegar a presentarse como soluciones en
circunstancias particularmente dramáticas, sin advertir que son falsas
respuestas, que no resuelven los problemas que pretenden superar y que en
definitiva no hacen más que agregar nuevos factores de destrucción en el tejido
de la sociedad nacional y universal. Se trata de la guerra y de la pena de muerte”.
CAPÍTULO
OCTAVO: LAS RELIGIONES AL SERVICIO DE LA FRATERNIDAD EN EL MUNDO
“Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que «sólo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros»”, escribe el Pontífice en este último capítulo.
“Desde nuestra experiencia de fe y desde la sabiduría que
ha ido amasándose a lo largo de los siglos, aprendiendo también de nuestras
muchas debilidades y caídas, los
creyentes de las distintas religiones sabemos que hacer presente a Dios es un
bien para nuestras sociedades”, explica.
“Llamada a encarnarse en todos los rincones, y presente
durante siglos en cada lugar de la tierra —eso significa “católica”— la Iglesia puede comprender
desde su experiencia de gracia y de pecado, la belleza de la invitación al amor
universal”, escribe también.
Este capítulo incluye una importante petición al resto
del mundo: “Los cristianos
pedimos que, en los países donde somos minoría, se nos garantice la libertad,
así como nosotros la favorecemos para quienes no son cristianos allí donde
ellos son minoría. Hay un
derecho humano fundamental que no debe ser olvidado en el camino de la
fraternidad y de la paz; el de la libertad religiosa para los creyentes de todas las
religiones”.
Finalmente, el Papa concluye recordando: “En aquel
encuentro fraterno que recuerdo gozosamente, con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb «declaramos —firmemente— que las
religiones no incitan nunca a la guerra y no instan a sentimientos de odio,
hostilidad, extremismo, ni invitan a la violencia o al derramamiento de sangre”.
La
encíclica concluye con una oración universal al Creador y otra oración
cristiana ecuménica.
En el primer capítulo, el Santo Padre realiza una dura crítica al estado actual de las relaciones internacionales, regionales e interpersonales, lamentando que “la historia da muestras de estar volviendo atrás”, porque “se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos. En varios países una idea de la unidad del pueblo y de la nación, penetrada por diversas ideologías, crea nuevas formas de egoísmo y de pérdida del sentido social enmascaradas bajo una supuesta defensa de los intereses nacionales”.
En este capítulo el Papa Francisco cambia de noto y ofrece una exégesis contemporánea de la parábola del Buen Samaritano, señalando que “si bien esta carta está dirigida a todas las personas de buena voluntad, más allá de sus convicciones religiosas, la parábola se expresa de tal manera que cualquiera de nosotros puede dejarse interpelar por ella”.
”Vuelvo a hacer mías y a proponer a todos unas palabras de san Juan Pablo II cuya contundencia quizás no ha sido advertida: «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno»”.
El Pontífice propone en este capítulo una radical transformación, especialmente de parte de las naciones más ricas, de la manera de acoger a los migrantes y refugiados, mediante una política radicalmente distinta a la actual. “Esto implica algunas respuestas indispensables, sobre todo frente a los que escapan de graves crisis humanitarias. Por ejemplo: incrementar y simplificar la concesión de visados, adoptar programas de patrocinio privado y comunitario, abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables, ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad de movimiento y la posibilidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la educación, prever programas de custodia temporal o de acogida, garantizar la libertad religiosa, promover su inserción social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos”, explica.
El Pontífice examina ampliamente la semántica de los términos "populismo" y "liberalismo", criticando a ambos; y luego explica cómo el amor es una virtud que también debe permear la política. “Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías. Exigen la decisión y la capacidad para encontrar los caminos eficaces que las hagan realmente posibles. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos, entra en «el campo de la más amplia caridad, la caridad política»”.
En este capítulo el Pontífice propone detalles para hacer la realidad su constante propuesta de la Cultura del Encuentro. “El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos. Desde su identidad, el otro tiene algo para aportar, y es deseable que profundice y exponga su propia posición para que el debate público sea más completo todavía”, explica.
“El camino hacia la paz –advierte el Papa- no implica homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común”.
“Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos de que «sólo con esta conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros»”, escribe el Pontífice en este último capítulo.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Por favor, escriba aquí sus comentarios