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LA ESQUIVA FELICIDAD DE LAS MUJERES

 

Un estudio reciente revela que los nuevos logros no han hecho que las mujeres se sientan más felices.
 
Para medir el grado de felicidad de las mujeres, los especialistas han recurrido a numerosas encuestas realizadas en Estados Unidos y en Europa.
 
Todas, cada una a su modo, plantean el problema con preguntas directas: “¿Se considera usted muy satisfecha, ligeramente satisfecha, algo descontenta o muy descontenta… con su trabajo, su familia, su situación financiera, etc. ?
 
La felicidad de las mujeres ha descendido en los últimos 35 años, precisamente en un período en el que han mejorado indudablemente su educación, sus ingresos, su situación profesional y social. Esas mejoras son datos objetivos
 
El estudio no pretende explicar cuáles son las causas que han provocado el descenso de la satisfacción de las mujeres americanas y europeas. Únicamente se limita a analizar una serie de datos para mostrar una desconcertante paradoja: la felicidad de las mujeres ha descendido en los últimos 35 años, precisamente en un período en el que han mejorado indudablemente su educación, sus ingresos, su situación profesional y social.
 
Esas mejoras son datos objetivos, pero la satisfacción que procuran entra en el reino de la subjetividad y depende también de las expectativas que iban asociadas a esas metas.
 
En los años 60, las mujeres americanas se consideraban, como media, más felices que los hombres. Hoy, la satisfacción de los hombres ha crecido y supera a la de las mujeres.
 
Por otra parte, el mayor descontento femenino traspasa las divisiones de clase y raza. Este descenso general de la satisfacción de las mujeres admite interpretaciones ideológicas diversas.
 
La revolución feminista ha topado de lleno con un “techo de cristal”. Por su parte, los conservadores harán hincapié en el fracaso que ha supuesto el movimiento feminista radical.
 
El estudio admite ambas lecturas. Pero, por lo menos, progresistas y conservadoras podrían estar de acuerdo en dos cosas: una, que es preciso esforzarse para que sea más fácil conciliar el trabajo y la atención a la familia, lo cual es fuente de frustración para muchas mujeres; y otra, que el declive de la familia con padre y madre reduce la satisfacción vital de las mujeres que se ven obligadas a educar a sus hijos en solitario.
 
Para resolver estos progresistas y conservadoras promuevan juntas políticas de apoyo a la maternidad. “Puede que no compartan los fines, pero deberían compartir los resultados: un país donde sea más fácil conciliar familia y trabajo, con independencia de hacia qué lado pienses que debe inclinarse la balanza”. El segundo problema es más difícil de resolver. Pero, no hay ninguna razón seria para que ambos grupos de mujeres no aúnen esfuerzos —como ya hicieron en la batalla contra la pornografía durante los ochenta— para apoyar una revolución social que desincentive la sexualidad irresponsable de algunos hombres.
 
El estudio ha despertado el interés de algunos analistas americanos. El descenso de la felicidad de las mujeres está relacionado con las expectativas —de signo individualista— que ha ayudado a crear el movimiento feminista contemporáneo. “Compramos la creencia de que merecíamos una vida fácil y feliz, y ejercimos el derecho a ser todo lo que quisiéramos con tal de sentirnos realizadas. Incluso aunque eso nos llevara a romper compromisos, a dejar relaciones y a apartarnos de la fe en que crecimos. Este enfoque individualista no nos hizo felices, sino que nos dejó más solas”.
 
El individualismo sólo redime cuando se admite que el deseo de realización personal va unido a la idea hacer algo bueno por los demás. De manera que yo me ocupo de mí misma, me formo y persigo mis propios objetivos no en primer lugar para ser más feliz, sino porque pertenezco a un mundo que necesita que dé lo mejor de mí misma. Y cuando contribuyo al bien de los demás, entonces encuentro la felicidad”

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