¿Qué lleva a un profesional con un alto cargo,
buen sueldo y reconocimiento público al soborno o la 'mordida'?
La respuesta puede estar en la cabeza. No es que la corrupción sea un
trastorno mental, sino que existen personas predispuestas a ella.
Los
corruptos son personas con alguno de estos dos tipos de trastorno: narcisista
-definido como egoísta- o antisocial -definido como fanfarrón-.
Ambos, identificados por la inclinación a
centrarse en sí mismos como fuente para satisfacer sus necesidades. Los
primeros, convencidos de que son superiores a los demás; los segundos, guiados
por la necesidad de mostrar esa superioridad.
"Son
características que los llevan a no considerar al otro. Se trata de personas
explotadoras, abusivas, que en su dinámica mental no tienen en cuenta la ética
global".
El de tipo antisocial no acepta la culpa,
quizá llegue a sentir vergüenza al verse expuesto al escarnio público, pero no
arrepentimiento. En cuanto al narcisista, es alguien tan encerrado en sí mismo
que pasa sin detrimento por encima de los demás.
Este
tipo de personas, indiferentes a las normas y con la idea de estar más arriba
que ellas, pueden llegar fácilmente a la corrupción.
Muchos, incluso, lo hacen sin entrar en conflicto directo con la ley, pues
pasan desapercibidos. "Se trata de los famosos delincuentes de cuello
blanco, que se atrincheran en sus posiciones y hasta reciben aprecio social por
sus logros económicos y de poder".
¿Qué hace que una persona sea así? Se mezclan
factores biológicos, genéticos y ambientales, que son los que conforman los
patrones de personalidad. "Habrán
visto que hay niños apacibles y otros que son un terremoto. Los humanos,
como todo animal, somos diferentes uno del otro".
Este sustrato con el que nacemos se va a sumar
a lo que se aprenda, sobre todo en los primeros años de vida. Si un niño no
recibe límites, si todo lo que hace está bien y es fuente de aplausos, va a
formarse en una independencia en la que no tendrá consideración con los demás.
De igual manera, si a otros se les promueve la
dependencia en función de recibir del exterior, se quedará a la espera de que
todo le llegue. "Lo que se busca es una persona que, como en una
constelación, tenga de todo un poco, piense tanto en los demás como en sí
misma.
Ese equilibrio hace una personalidad
funcional.
Durante la niñez, dicen los especialistas, se
forma el futuro psicológico de la persona. En esa etapa el ser humano empieza a
comprender quién es él y quién es el otro. En ese andar, el niño comienza a
incorporar valores, a formar el superyó, que le dirá qué es lo bueno y qué es
lo malo. Y lo hace casi sin darse cuenta, puede ser cuando va en el carro con
sus padres y nota cómo se cruzan el semáforo en rojo porque nadie los está viendo,
o se detienen a cumplir la ley.
"Las fracturas en estas primeras fases de
desarrollo generan muchas de las patologías citadas. Puede estar abandonado en
un entorno de lujo y comodidad, sin ese vínculo afectivo que le ayude al
tránsito de maduración al empezar a explorar el mundo".
¿Toda persona corrupta ha tenido padres con
características similares?
-No necesariamente. Pero definitivamente hubo
elementos familiares que influyeron.
Estas personas crecen con una patología que se
refleja en la tendencia a controlarlo todo y a la transgresión de las normas,
sin tener en cuenta el impacto que sus acciones ilegales tengan sobre los
demás, pues carecen de empatía.
En su actuar, hacen uso de su posición social
o económica privilegiada. Lo
que más sorpresa causa es encontrarse con personas que, sin necesidad de
dinero, llegan a la corrupción para tener más.
"Es tan corrupto el acto de robarle
dinero al Estado como el de no responder por la alimentación de un hijo".
Ambos reflejan la falta de consideración por el otro.
A
nivel biofísico, manifiestan un estado de ánimo despreocupado e indiferencia.
Son seres con déficit de caridad social, falta de civismo y desinterés por la
seguridad de los demás. Y sus acciones afectan a todos.
No es asunto de género, como muchos creen, al
suponer mayor honestidad en la mujer. Es tan propenso el hombre como la mujer,
lo que pasa es que se ha hecho más evidente en hombres al ser mayor su
presencia en cargos de poder. Tampoco se trata de personas con más
inteligencia. Si acaso, tienen más astucia.
¿El corrupto siente placer al cometer el
delito? Tiene la sensación de que es Supermán, de que está blindado contra toda
kriptonita. Eso la lleva a ciclos de actuación repetitiva. Por más carcelazos,
vuelve a lo mismo.
Estas
patologías se presentan en forma leve, moderada o grave y, según sean, pueden
recibir tratamiento. Si es leve o moderada, es posible que
sea útil la psicoterapia individual; si es grave, el camino adecuado es una
medida correccional: un tiempo de larga instancia donde reciba educación
conductual para cambiar los patrones de comportamiento.
"Estas
personas no suelen consultar con deseos de cambio a un especialista. Si lo hacen es por vergüenza, al ver su situación complicada o porque
una enviada a la cárcel los llevó a una depresión".
¿El
corrupto es un enfermo? -No. Tiene una psicopatología, pero eso no lo hace
inimputable. Es responsable por sus actos. A diferencia del psicótico, que
pierde contacto con la realidad, estas personas son conscientes de lo que
hacen. Por eso hay que darles una pena y ofrecerles
tratamiento.
¿Qué tanto les sirve un tiempo en la cárcel o
una psicoterapia? Es difícil saber si una persona que ha cometido un acto de
corrupción necesariamente va a volver a hacerlo. "Si no existe en ellos un
cambio intrasíquico, lo seguirán haciendo.
Es claro qué cuando se habla de corrupción, no
es suficiente pensar en fortalecer las instituciones o la justicia, sino en darle una mirada a la
salud mental de quien está delinquiendo.
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