La espiritualidad no es un accidente… es una elección consciente.
En un mundo que empuja hacia la prisa, el ruido y lo superficial, detenerse a mirar hacia adentro exige voluntad. Nadie llega a la espiritualidad por inercia; se llega por decisión. Es decidir apagar, aunque sea por un momento, las distracciones externas para escuchar esa voz interior que casi siempre queda ahogada.
La espiritualidad es una decisión porque implica priorizar lo invisible sobre lo inmediato. Es elegir el sentido sobre la comodidad, la paz sobre la reacción, la conciencia sobre el automatismo. No depende de tener más tiempo, sino de darle valor al tiempo que ya tienes.
También es una decisión valiente. Significa enfrentarse a uno mismo sin máscaras, reconocer heridas, soltar cargas y aceptar que el verdadero crecimiento no siempre es cómodo. Es más fácil distraerse que transformarse.
Además, nadie puede decidir por ti. Ni la familia, ni la cultura, ni las circunstancias. Puedes vivir rodeado de estímulos espirituales y aun así permanecer desconectado, o vivir en medio del caos y elegir cultivar silencio, fe y propósito.
En esencia, la espiritualidad es el acto diario de recordar quién eres más allá de lo que haces, posees o aparentas. Y ese recordatorio no ocurre por casualidad… ocurre porque lo eliges.
Elegir la espiritualidad es, en el fondo, elegir vivir con profundidad en un mundo que constantemente invita a la superficie.
REFLEXION
Es
rico pero no amoroso meditar, tener visiones o cantar alabanzas y no ayudar a
otros que están desolados, sufren y soportan hambre y miseria.
La
misión no es huir de la realidad, es ser un trabajador de la luz, es, como lo hizo Yeshua, sentir compasión con millones de hermanos que
padecen.
En los evangelios se narra la llamada
transfiguración de Jesús. Su figura se torna radiante y al lado se ven Moisés y
Elías: Lucas 9, 28-36.
Entonces Pedro dice: “Maestro, bueno es para nosotros que estemos aquí;
si quieres, hagamos aquí tres chozas: una para ti, otra para Moisés, y otra
para Elías”.
Una nube los cubrió y tuvieron temor. Y vino
una voz desde la nube que decía:
Este
es mi Hijo el elegido, escuchadle. Y cuando cesó la voz Jesús
estaba solo.
Esa tentación de Pedro de estar muy bien con
una experiencia espiritual es peligrosa porque es dar las espaldas a la realidad.
La
espiritualidad es una decisión, no una evasión. Es ver a Dios en los hermanos y
amarlos, en especial a los más abandonadas y desviados.
Con razón dijo Yeshua: “Lo que a otros hacéis
a mí me lo hacéis”. Y su precepto es amar, no solo meditar y estar rico en
relax con velitas de colores y aromas deliciosos.

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