El amor es un fenómeno complejo que a
menudo responde a moldes culturales y sociales particulares. Por esta razón, a lo largo de la historia hemos pasado por diversas formas de amar,
como el amor cortés, el amor burgués o el amor romántico que surgió en el siglo
XVII.
Hoy en día, según el sociólogo
Anthony Giddens (1992), vivimos
en una época que él define como de "amor confluente". Este concepto se refiere a la búsqueda de una
relación igualitaria entre las parejas.
Actualmente, nos sentimos
completos como individuos y elegimos compartir nuestra vida con alguien, no por necesidad o para sentirnos completos, sino
por satisfacción afectiva y sexual, sin la exigencia de que sea "para
siempre" como solía pensarse desde la perspectiva romántica.
A pesar de este enfoque renovado, persiste
una parte de la mente que alberga la idea del amor ideal o perfecto. Esto
es especialmente común cuando somos jóvenes. ¿Por qué sucede esto?
El
amor ideal como promesa de felicidad
El amor ideal es una entelequia que nos hace creer que encontraremos a
alguien que será casi como un alma gemela. Creemos que aparecerá una persona
con quien coincidir al 100%, sin fisuras, diferencias ni dudas. La armonía y sintonía será perfecta. Esta promesa de felicidad futura nubla la realidad de que, a veces, el
alma gemela llega para sacudir nuestro mundo, desafiarnos y mostrarnos nuevas
perspectivas. El amor real no consiste en estar de acuerdo en todo
momento, sino en aprender a llegar a acuerdos y trabajar en la relación
diariamente sin darlo todo por sentado.
El
amor ideal como protección contra la ambivalencia
En un rincón de nuestra mente persiste
el deseo de encontrar un amor ideal para evitar sufrir. Desearíamos
hallar a alguien con quien las
certezas fueran constantes, los sentimientos eternos, la pasión perpetua y el
afecto incombustible. Sin embargo, sabemos que esto no siempre se cumple. Amar
también implica experimentar sentimientos ambivalentes: admirar al otro y, al
mismo tiempo, enojarnos con él. Sentir dudas en un momento y luego la
confianza más sólida. En
ocasiones, se
entrelazan la frustración y el cariño, el deseo de soledad y el anhelo de
cercanía. Entender la complejidad de las relaciones es
fundamental.
Idealización
y devaluación como parte del crecimiento
Idealizar es parte natural de nuestro
crecimiento. Por ejemplo, de niños
idealizamos a nuestros padres, pero con el tiempo los vemos como seres humanos imperfectos.
Durante nuestra vida, también es común creer en el amor ideal, imaginar
a alguien que dará sentido y felicidad a nuestro corazón. Esto nos lleva a idealizar a nuestras parejas hasta que, poco a poco,
pasamos de la idealización a la devaluación. Este tránsito nos permite ajustar nuestra perspectiva y desarrollar una
visión más realista de las cosas, incluida nuestra percepción del amor. Solo así podemos dar forma a una relación más madura y consciente, libre de expectativas irreales y alejada de ideas
que solo generan infelicidad.
El amor ideal debe
eventualmente dar paso al amor racional.
¿QUÉ
ES EL AMOR IDEAL?
Suele decirse que creer en un amor ideal es el
mayor enemigo para las relaciones felices. Sin embargo ¿por qué lo hacemos?
¿Por qué una parte del cerebro mantiene una imagen interna sobre cómo debería
ser la relación perfecta?
El amor ideal es una trampa que nosotros mismos
tejemos con hilos dorados. Durante la juventud, es común trazar en la mente el
relieve de esa pasión perfecta protagonizada por una persona que, en
apariencia, recoge todas las cualidades para ofrecernos una felicidad
imperecedera. Una vez
definida esa fantasía, lo cierto es que casi nadie
logra alcanzar ese elevado pedestal.
Más tarde, cuando llegamos a la madurez y contamos
ya con algunas experiencias guardadas en nuestra mochila, descubrimos que la persona ideal no existe. Existen personas reales con las que poder construir un proyecto
de vida. A veces tenemos éxito en ese viaje y otras veces acumulamos un nuevo fracaso del que reponernos y
aprender.
Sin embargo, casi siempre queda un resquicio,
un anhelo no satisfecho. En nuestro interior pervive la estela del amor
ideal calladamente. En la mente sigue instalada la
imagen de lo que debería ser para cada uno de nosotros, la relación perfecta.
Asumimos y aceptamos que tal cosa rara vez puede suceder, pero en un pequeño rincón del cerebro se esconde esa disimulada ilusión.
¿Por
qué sucede? ¿Por qué se mantiene la impronta de la idealización en materia
afectiva en ciertos casos?
¿Qué es el amor ideal?
Es una
evidencia casi incuestionable, durante buena parte de nuestras
vidas, las personas ansiamos amar y por encima de todo ser amadas.
Decía el sociólogo Zygmunt Bauman que, en la actualidad, son muchos los individuos que
están desesperados por relacionarse, pero
a su vez desconfían de esas relaciones y por ello prefieren no involucrarse en exceso y saltar de una persona a otra.
El amor es extraño, es cierto y a menudo hasta
responde a singulares moldes culturales y sociales. Es por esto que a lo largo de
nuestra historia hemos transitado por todo un caleidoscopio de fórmulas, como el amor cortés, el amor
burgués o el amor romántico, surgido en el siglo XVII.
A hoy, según
el sociólogo Anthony Giddens nos encontramos en lo que define como amor confluente. Se trata de ese intento en el que buscar o construir una relación de igualdad
entre la pareja.
Ahora, las personas nos sentimos completas nosotras solas y elegimos compartir
nuestra vida con alguien, no por necesidad o para sentirnos completos. Sino por satisfacción afectiva y sexual y sin necesidad de que sea
“para siempre”, como sucedía desde la perspectiva romántica.
Sin embargo,
a pesar de este enfoque y renovado avance, hay algo que persiste. En una parte de la
mente pervive lo que para nosotros debería ser el amor ideal o perfecto.
De hecho, es común dar
validez a esta idea cuando somos más jóvenes. ¿A qué se debe?
Es una promesa: “encontraremos a
alguien que nos hará feliz”.
El amor ideal responde a una dulce entelequia por
la que uno se autoconvence de que dará
con una persona que será poco más que su alma gemela. En algún momento conoceremos o
aparecerá alguien ante nosotros con quien coincidir en todo al 100 %. No habrá fisuras, ni diferencias ni dudas. La armonía y sintonía será perfecta.
Esa promesa de felicidad futura enturbia por
completo un hecho. El
entender que a veces el
alma gemela es alguien que llega para poner nuestro mundo al revés,
desafiándonos, haciéndonos ver cosas nuevas y no cosas que ya sabíamos. El amor real no va de estar de acuerdo a cada instante, va de saber
llegar a acuerdos, de trabajar la relación a diario y no darlo todo por hecho.
El amor ideal nos protege de los sentimientos
ambivalentes
En
un rincón de nuestra mente pervive el deseo de hallar un amor ideal para no
sufrir. Nos encantaría encontrar a alguien con quien las certezas
fueran constantes, los sentimientos imperecederos, la pasión perpetua y el
afecto incombustible.
Sin embargo, sabemos bien que esto no siempre
se cumple. Porque amar es también
experimentar sentimientos ambivalentes. Es admirar al otro y al cabo del rato enfadarnos
con él. Es sentir dudas en algún momento y al poco sentir
el calor de la confianza más firme. A veces, navegan al mismo tiempo la frustración y el
cariño, el deseo de soledad y el ansia de cercanía. Asumir la
complejidad del tejido relacional es casi una obligación.
Idealizar
y devaluar: una forma de crecimiento
Algo importante que debemos entender es que la
idealización conforma, a menudo, parte natural de nuestro crecimiento. De niños, por ejemplo, muchos
llegamos a idealizar a nuestros padres. Tarde o temprano, acabamos
viéndolos como lo que son, personas de carne y hueso capaces de cometer en
ocasiones más de un fallo, más de un error.
Así, durante una parte de nuestro ciclo vital también es común creer en el
amor ideal. En esa persona que llegará de improviso hasta nosotros para dar sentido,
trascendencia y felicidad absoluta a nuestro corazón. Alguien con quien
todo será fácil y tan intenso, que nos quedaremos casi sin aliento.
En ocasiones, esta visión hasta nos ha hecho
idealizar a muchas de nuestras parejas.
Hasta que, poco a poco,
pasamos de la idealización a la devaluación. Del cielo al suelo firme. Ese tránsito nos permite realizar
un ajuste psicológico para tener
una visión más integrada de las cosas y también del amor. Es mirar cara a cara a esa persona de quien estamos enamorados sin
filtros ni gafas doradas para verla tal y como es.
Solo
así somos capaces de dar forma a una relación más madura y consciente libre de
expectativas irreales.
Saneada de imaginerías que
solo traen la infelicidad. El amor ideal siempre debe
acabar dando paso al amor racional, tarde o temprano.
REFLEXIONES DE UN SACERDOTE: ¿Debemos
abandonar la idea del amor ideal para encontrar el amor verdadero?
Como seguidores de Cristo, debemos abandonar la idea del amor idealizado para descubrir el amor
verdadero, el que es paciente, humilde y sacrificial. El amor ideal busca la
perfección y la ausencia de conflicto, pero el amor verdadero, como el que nos
enseñó Jesús, acepta a las personas tal como son, con sus defectos y virtudes.
En lugar de esperar la
perfección, debemos buscar la entrega
desinteresada y el perdón constante. Así, encontramos un amor más profundo y duradero, que se asemeja al amor divino que Dios nos
tiene. Este amor fortalece nuestras
relaciones y nos acerca a la verdadera felicidad.
Es
en la relación con Dios que encontramos la plenitud y el amor incondicional que
anhelamos. Al cultivar nuestra fe y fortalecer nuestra
conexión con Dios, nos abrimos a la posibilidad de amar a los demás de manera
auténtica y desinteresada.
El amor verdadero no se trata de encontrar a la
persona perfecta, sino de amar a las
personas imperfectas con un corazón compasivo y misericordioso, tal como
Dios nos ama a nosotros.
En este
camino, la oración y la
participación en los sacramentos nos fortalecen para enfrentar las dificultades
y cultivar las virtudes necesarias para
amar de forma verdadera.
El
amor verdadero se construye sobre la base del amor a Dios,
que nos impulsa a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es un amor que busca el bien del
otro, que perdona las ofensas y que se sacrifica por el bienestar de la pareja.
Abandonar la
idea del amor ideal no significa renunciar al amor verdadero, sino reconocer que este amor se nutre de una fuente más profunda: el
amor de Dios. Es en la unión con Dios que encontramos la fuerza y la guía para amar de forma
auténtica y duradera.
NOTA: El amor verdadero no se encuentra en una
fantasía, sino en la construcción diaria de una relación basada en la
confianza, el respeto y la comunicación. Es un proceso que requiere esfuerzo, madurez y la disposición a
abandonar las expectativas irreales.
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