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LA VEJEZ Y EL ARTE DE DESEAR POCO

 

Con el paso de los años, uno descubre que la vida nunca fue sobre acumular, correr o demostrar. Que lo verdaderamente valioso no brillaba ni pesaba. La verdad es que la gente, especialmente en la vejez, generalmente no quiere mucho.
 
Ya no se sueña con lujos ni con multitudes. Se sueña con cosas sencillas: comer esa comida que trae recuerdos, volver a visitar la playa donde reímos de jóvenes, tomar una siesta sobre el césped sintiendo el sol en la piel. Se desea música que acaricie el alma, más que el ruido de un mundo que no sabe detenerse.
 
En la vejez, se desea poco, pero ese poco se desea profundamente: un abrazo cálido, una mano que no suelte la nuestra, la ternura de sentirse todavía importantes para alguien. Queremos ropa que nos proteja del frío, sí, pero también palabras que nos abriguen el corazón. Una vida plena no es una vida llena, sino una vida en paz y armonía.
 
Anhelamos momentos que ralenticen el tiempo, porque aprendimos que la vida pasa demasiado rápido. Reír hasta que duela el estómago, leer un libro junto a una ventana abierta mientras el cielo cambia de color, y darnos cuenta de que todavía somos capaces de asombrarnos… eso es riqueza verdadera.
 
La gente mayor sueña con mañanas que se sientan fáciles, sin dolores ni prisas. Con paseos sin apuro y con conversaciones que no solo pasen el tiempo, sino que lo dignifiquen. Conversaciones que sanen viejas heridas y que nos hagan sentir que aún vale la pena abrir el corazón.
 
Ya no pedimos el mundo. Solo pedimos calma. Esa suave tranquilidad que solo llega cuando uno ha vivido, ha amado y ha perdido. Días sencillos, sin sobresaltos, en los que la vida se siente bien, pacífica y completamente nuestra. Sin miedo. Sin juicio. Con amor.
 
Porque al final, en la vejez lo entendemos con claridad: lo único que realmente deseamos es la simplicidad de una vida llena de amor y compasión.
 
Eso es todo.
Y eso es más que suficiente.

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