En un pequeño pueblo
escondido entre montañas y campos verdes, vivían Alma y Elías, dos almas que se habían cruzado
una tarde cualquiera, sin fuegos artificiales ni promesas desbordadas, solo con
la suave certeza de que algo en el otro les devolvía la paz y la armonía.
Ambos habían vivido lo
suficiente para entender
una verdad silenciosa: la gente generalmente no quiere mucho. Lo que
anhelan no son cosas grandiosas ni metas imposibles. Quieren cosas sencillas: sentarse juntos a ver el
atardecer, compartir una taza de té mientras la lluvia acaricia las ventanas, o
caminar descalzos por el césped al amanecer.
Alma amaba leer junto a la ventana
abierta, con la brisa enredando sus cabellos y Elías tocando una melodía suave
en la guitarra. No necesitaban palabras. En esos momentos, el tiempo parecía ralentizarse,
como si la vida les permitiera
saborearla sin prisas.
Él encontraba alegría en preparar su comida favorita para
compartirla en una mesa pequeña, rodeados solo por el canto de los pájaros y
los recuerdos suaves. Ella, en cambio,
encontraba consuelo en los
abrazos de Elías, esos que decían: “estás a salvo aquí” sin necesidad de pronunciarlo.
Querían reír hasta que les doliera el estómago, abrazar y
ser abrazados, sentir que podían vivir sin juicios, sin máscaras. Anhelaban una
vida cálida, abrigada no solo por ropa, sino por miradas honestas y conversaciones que sanaban
rincones del alma.
Ambos soñaban con mañanas que se
sintieran fáciles, sin listas interminables de tareas, sin carreras contra el
reloj. Solo el
aroma del café, el pan horneado, la tibieza de las sábanas y la seguridad de
saber que el otro estaría allí, como el sol, sin faltar.
A veces, salían sin
rumbo, tomados de la mano,
buscando aventuras espontáneas. No importaba el destino, porque la belleza estaba en el
trayecto: en los silencios compartidos, en las canciones tarareadas, en los
árboles saludando con sus ramas y el cielo pintándose de tonos que solo los enamorados saben
leer.
Y al final del día,
cuando el mundo se recogía y el cansancio se volvía ternura, repetían en voz baja lo que ya
sabían:
—Lo único que deseamos… es esto.
—Una vida sencilla —decía Alma.
—Llena de amor, compasión paz y armonía —respondía Elías.
Y así, entre gestos pequeños y
corazones abiertos, construyeron un hogar que no era una casa, sino un estado
del alma. Un refugio donde todo era paz, todo era armonía.
Donde la vida, por fin, se sentía completamente
suya.
Y profundamente nuestra.
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