En el vertiginoso torbellino de la vida moderna, donde la inmediatez y la brevedad a menudo dictan nuestra comunicación, detenernos a reflexionar sobre el poder trascendental de nuestras palabras se antoja no solo necesario, sino urgente.
Nuestras palabras son semillas poderosas. Pueden germinar en la tierra fértil del ánimo, nutriendo la autoestima y desatando el potencial oculto en el corazón de otro ser humano. Un elogio sincero, una apreciación genuina, tiene la capacidad de iluminar un día oscuro y fortalecer la confianza. ¿Cuántas veces hemos subestimado el impacto de un simple "lo hiciste muy bien"? El elogio construye puentes de conexión y reconocimiento.
En contraposición, las palabras descuidadas o malintencionadas son como espinas que hieren, dividen y dejan cicatrices profundas. En una sociedad sedienta de empatía y entendimiento, elegir conscientemente palabras que unan se convierte en un acto de profunda responsabilidad social. Las palabras tienen el poder de derribar muros y construir lazos de solidaridad. Busquemos el lenguaje que celebra la diversidad, que fomenta el diálogo constructivo y que nos recuerda nuestra humanidad compartida.
Pero quizás la misión más noble de nuestras palabras reside en su capacidad para sanar. En un mundo marcado por el dolor, la pérdida y la incertidumbre, ofrecer consuelo, comprensión y esperanza a través de nuestras expresiones verbales es un bálsamo para el alma herida. Las palabras pueden ser un refugio seguro, una mano amiga invisible que alivia el sufrimiento. Escuchemos con atención, respondamos con compasión y ofrezcamos palabras que restauren la fe y promuevan la resiliencia.
En definitiva, desde la calma inspiradora de esta tierra colombiana, tomemos la firme decisión de convertir nuestras palabras en instrumentos de bondad. Que cada frase, cada comentario, cada interacción verbal sea una oportunidad para elevar el espíritu, fortalecer los vínculos y brindar consuelo. Logremos que nuestro lenguaje sea un faro de luz en la oscuridad, un testimonio de nuestra capacidad inherente para crear un mundo más amable y compasivo. Elogiar, unir y sanar: he ahí el verdadero poder de la palabra.
REFLEXION:
Mohandas
Gandhi fue un ser rico en desapego, vivía con lo mínimo y andaba con una
humilde túnica y sus sandalias.
Era un
orante consumado, ayunaba, meditaba, caminaba mucho y le daba prioridad a lo
espiritual.
Prácticamente no se aferraba a nada y dicen que a veces llevaba
consigo una figura con los famosos tres micos de peluche:
Un mico se tapa los ojos, otro los oídos,
otro la boca como símbolo de: “No veas el mal, no escuches el mal, no hables el
mal”.
En
otras palabras, es un llamado a una comunicación amorosa, positiva y armónica.
Logra
que tus palabras sean para elogiar, unir y sanar, no
para enjuiciar, enfrentar o herir.
Recuerda
que las palabras tienen poder y con ellas animas o desalientas,
acaricias o golpeas.
Elige lo mejor para ti y para los demás. No
veas el mal, no escuches el mal, no hables el mal, no hagas el mal.

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