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6 de junio de 2018

CÓMO SUPERAR LA CRISIS DE LA EDAD MEDIA


Entre los 40 y los 55 años se experimentan cambios y surge una espontánea reflexiona sobre la vida.

Mucho se ha hablado sobre la crisis de la mediana edad, pero no resulta muy claro saber de qué se trata. Se define como una etapa o periodo de transición personal entre la juventud y la entrada a la madurez en el que se experimentan cambios físicos, psicológicos y sociales importantes. Se presenta con frecuencia en entre los 40 y 55 años de edad.

Aunque esta etapa es para muchos una época de logros y satisfacción, para algunos hombres no es del todo tranquila. Es un tiempo de reflexión y revaloración que genera una lucha por encontrar un nuevo significado y propósito de vida.

Está caracterizada por un cuestionamiento personal, que lleva a realizar una autoevaluación de lo vivido.

Este proceso puede producir inestabilidad emocional y tensión psicológica similar a la que padece un adolescente, por eso algunos la llaman la segunda adolescencia.

Tomar conciencia del paso del tiempo, de que el presente es el futuro que tanto se ha esperado o que la vida no es la que se ha deseado, genera una crisis personal que se acompaña de sentimientos como rabia, frustración, temor o confusión. Aunque en muchos casos puede producir ansiedad, estrés y depresión, no constituye una enfermedad.

La crisis de la mediana edad se presenta de manera diferente en hombres y mujeres. En ellas ocurre con menor duración e intensidad y los detonadores suelen ser distintos a los de ellos, que están más vinculados con el trabajo y la sexualidad.

No todos los hombres la experimentan, ni todos la viven de la misma manera. Depende de la vivencia particular del envejecimiento mismo, del tipo de personalidad, del historial de crisis psicológicas anteriores. También puede estar relacionada con circunstancias como el fallecimiento de los padres o de un ser querido; la inminente menopausia de la pareja y su consecuente fin de la capacidad reproductiva; el abandono del hogar por parte de los hijos, o un revés profesional.

Los hombres en esta etapa pueden sentir:
* Sensación de descontento e insatisfacción con la vida actual y desilusión consigo mismo por las metas no logradas. Se piensa en lo que hubiera podido ser, en estudiado otra cosa, en haberse casado con otra persona, en tener un trabajo más productivo, en un hobby o un deporte que no se practicó.

* Incertidumbre y confusión por no saber qué es lo que se quiere hacer con precisión; una especie de búsqueda de un sueño o meta indefinido, frente a la certeza de no querer seguir viviendo como hasta ahora.

* Necesidad de pasar más tiempo solos y desconectados del entorno cotidiano que ya no es de su interés, incluyendo la familia.
* Pérdida del deseo sexual hacia la pareja estable o la fantasía de experimentar con ella nuevas sensaciones; perciben sus relaciones rutinarias y poco estimulantes.

* Sentirse cansados con las responsabilidades aceptadas: familia, hijos, trabajo, obligaciones sociales... Estas se perciben como agobiantes y cada vez más pesadas.

La necesidad de hacer cambios significativos en aspectos importantes de la vida diaria, como la carrera, el matrimonio o las relaciones; realizar adquisiciones importantes o buscar nuevos pasatiempos, puede llevar a tomar decisiones repentinas y actuar precipitadamente sin dimensionar las consecuencias

Por un lado, está el anhelo de experimentar la sensación de juventud, de validar la masculinidad o la competencia sexual, lo que lleva a sentir atracción por otras mujeres, especialmente más jóvenes. Se corre el riesgo de caer en la infidelidad.

Además, querer vivir experiencias emocionantes, demasiada atención a la apariencia física, una afanosa necesidad de recuperar el tiempo perdido y el deseo de ser feliz puede llevar a un consumismo desmedido, al uso inadecuado del alcohol o drogas, o a abandonar prioridades con las cuales se está comprometido.

¿Qué hacer?
Tome conciencia de lo que está sucediendo.

Reflexione sobre cómo se ha vivido hasta ahora.

Hacer acopio de los recursos internos y externos con los que se cuenta.

Darse tiempo. Este es un proceso, no pasa de la noche a la mañana, pero sí puede ir evolucionando de manera constructiva.

Analizar la repercusión de las medidas que se van a llevar a cabo: se debe ser consecuente.

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