Hay amores que no se quedan, pero tampoco se van del todo. A veces, la historia más profunda es “una carta de amor que se lleva el viento”, sin destino ni buzón, escrita para enseñar más que para quedarse. Lo no poseído y lo perdido adquieren una belleza extraña: “nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí”. Así aprende el corazón a valorar sin retener.
El amor verdadero deja huellas que educan. Si alguna vez hubo ternura, belleza o sabiduría, nacieron del encuentro, del abrigo compartido, de la palabra dicha con el alma. Amar también es anidar, aunque después toque partir. Y cuando el tiempo pasa, el recuerdo no desaparece del todo: el olvido solo se lleva la mitad.
La ausencia se vuelve compañía silenciosa: “tu sombra aún se acuesta en mi cama”. No para herir, sino para recordar que amar nos transforma para siempre. Lo vivido no se borra; se vuelve raíz, memoria y aprendizaje.

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