Hay esperas que se convierten en hogar. Sentarse en un andén con “el bolso de piel marrón y los zapatos de tacón” no es solo aguardar un tren, es aferrarse a una promesa. El tiempo pasa, pero cuando el reloj del corazón se detiene, la vida sigue sin uno. “Se paró tu reloj infantil” y, con él, los sueños que no aprendieron a despedirse.
Esperar sin conciencia marchita el huerto: “hasta la última flor”. Los trenes llegan y parten, las caras cambian, y quien espera se queda mirando el ayer. La esperanza, cuando no acepta el cambio, se vuelve tristeza a fuerza de esperar. Y aun cuando lo prometido regresa, ya no es igual: “tú no eres quien yo espero”. Porque el amor no vuelve al mismo lugar si uno no se movió.
La enseñanza es clara y valiente: amar no es congelar la vida. Soñar sí, pero no tejer sueños que impidan caminar. El andén no es destino; la vida pide subirse al tren. Soltar también es amor propio.

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