Hay dolores que no avisan, que caen “como un manotazo duro, un golpe helado” y parten la vida en dos. La pérdida temprana rompe el orden del mundo y deja una herida donde “por doler, duele hasta el aliento”. En ese vacío, el amor no desaparece: se transforma en memoria fértil, en deseo de cuidar la tierra que el otro habitó, de ser “hortelano” del recuerdo para que no muera lo que fue sembrado.
El duelo es rabia y ternura a la vez. “No perdono a la muerte enamorada”, ni a la vida distraída que no supo esperar. Pero incluso en la furia, el amor insiste: quiere escarbar la tierra con los dientes, buscar hasta encontrar, besar lo sagrado de lo perdido y devolverle voz al silencio. Porque amar es negarse a aceptar que todo termine.
Al final, la esperanza abre camino: “volverás al huerto y a la higuera”. Lo amado regresa en gestos, en flores, en la savia de lo cotidiano. Quien amó de verdad no se va del todo: habita el alma, trabaja la paciencia y pide que sigamos hablando de muchas cosas.

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