Hay amores que no piden razones, solo decisiones. “Porque te quiero” basta para cerrar una puerta y echar a andar, para dejar los montes conocidos y atreverse al mar incierto. Amar así es moverse, cambiar de paisaje, aceptar que el corazón sabe caminos que la mente no entiende. El amor verdadero impulsa, no detiene.
Aunque la distancia exista, “te siento a flor de piel”. Porque cuando el vínculo es real, el nombre del otro se vuelve raíz, “sabe a hierba que nace en el valle a golpes de sol y de agua”. Es fuerza sencilla, natural, que crece con esfuerzo y verdad. Llevar al otro “atado en un pliegue” del alma no es prisión, es pertenencia libre.
El camino se hace más corto cuando se ama, incluso si la voz se quiebra “como el cielo al clarear”. Amar también duele, pero ilumina. Y por eso, una y otra vez, se vuelve a elegir: dejar los montes, ir al mar, seguir adelante por amor.

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