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AMOR VERDADERO SE CUIDA EN SILENCIO

 

El amor verdadero no se disfraza de santidad ni se mide con rituales. La mujer que yo quiero no necesita bañarse cada noche en agua bendita porque su valor nace de la verdad, no de la apariencia. Tiene defectos, como todos, pero es “más verdad que el pan y la tierra: real, concreta, necesaria para vivir. No vive de dudas ni de juegos al azar; no necesita “deshojar cada noche una margarita”, porque sabe quién es y lo que ama.

Ese amor es “fruta jugosa”, viva y madura, que se prende al alma y transforma el entorno. Frente a su calor se cae el orgullo, se desarma la vergüenza y se aprende a amar sin máscaras. Amar así implica compromiso: “me ató a su yunta para sembrar la tierra de punta a punta”, trabajar juntos la vida, construir futuro con paciencia y esfuerzo. Es un amor antiguo y sabio, que no se grita ni se exhibe. Por eso, quizá, lo más sagrado del amor verdadero es cuidarlo en silencio.



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