A veces la vida no avisa. “De vez en cuando la vida nos besa en la boca” y, sin pedir permiso, lo cotidiano se vuelve milagro. Todo se llena de colores, los pasos encuentran su ritmo y el alma recuerda cómo era ser feliz como un niño cuando sale de la escuela. No es suerte: es presencia. La vida se hace de nuestra medida cuando caminamos atentos.
Hay instantes en los que la vida toma café con nosotros, se muestra cercana, hermosa, y nos invita a salir a escena. Entonces entendemos que la felicidad no es permanente, pero sí profundamente real cuando llega. También se ofrece frágil, “un sueño tan escurridizo” que hay que andar de puntillas para no romper el hechizo: cuidar el instante es honrarlo.
Otras veces nos gasta una broma y nos deja confundidos. Pero incluso ahí, la vida sigue enseñando. Porque quien aprende a usarla, encuentra belleza aun cuando faltan palabras. Vivir es estar despierto para esos momentos breves que lo iluminan todo
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