Hay despedidas que no se explican, solo se sienten. “Un lunes de noche la vi salir” y, con un impermeable amarillo y un hatillo de sueños, la infancia cruzó la puerta para no volver igual. Crecer a veces duele así: rápido, “veloz y ligera como una primavera en flor”. Quien se va busca ser feliz; quien se queda aprende a soltar.
El amor que educa también aprende a confiar. Aunque quede “un adiós de papel sobre el mantel”, el vínculo no se rompe: se transforma. Darlo todo —tiempo, cuidados, ternura— no garantiza permanencias, pero sí siembra raíces. Y las raíces, aun lejos de casa, sostienen.
Preguntarse “qué va a ser de ti lejos de casa” es natural. La respuesta madura con el tiempo: será lo que elija, con lo aprendido. Porque amar de verdad no es retener, es acompañar incluso cuando no se puede estar. Dejar partir también es una forma de amor valiente.

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