La vida no se define por el origen ni por los títulos, sino por la manera de caminar entre el bien y el mal. Se puede haber sido de todo —rico o pobre, errante o coronado— y aun así seguir sonriendo. Quien ha “catado de todos los vinos y andado por mil caminos” aprende que la verdadera riqueza no se guarda: se comparte. Por eso, “su casa está de par en par”, y siempre hay un plato en la mesa para quien llega.
Hay almas que conservan la ternura de un niño y la locura de un poeta, que tiemblan ante la belleza y aún creen en el amor. Cambiar honores por cielo, promesas por presencia, es sabiduría madura. La vida, cuando se vive a fondo, mezcla ruina y abundancia, mentiras y verdades, pero deja una certeza: dar todo lo que se puede dar.
Al final del camino, lo que cuenta no es el aplauso, sino haber convertido el otoño en primavera para otros. Levantar el vaso de la juventud es reconocer que soñar también es una forma de reinar.

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