Te voy a hacer una casa en el aire, no de ladrillos ni de miedo, sino de sueños altos y cuidados sinceros. Una casa solo para ti, donde el ruido del mundo no alcance y la ternura tenga techo. Le pondré un letrero grande, hecho de nubes blancas, para que el cielo sepa tu nombre y lo pronuncie con cariño.
Cuando seas una señorita y alguien te quiera hablar de amor, tendrá que aprender a volar. No bastará con palabras bonitas ni promesas vacías: deberá elevar el alma, tener alas hechas de respeto, paciencia y verdad. Porque el que no vuela no sube, y no todos están listos para amar desde la altura del cuidado.
Esa casa en las nubes no es huida, es refugio. Vivir arriba no es despreciar la tierra, es mirar la vida con perspectiva, como quien aprende a no dejarse herir por lo pequeño. Allí, con los angelitos, el corazón descansa, y nadie molesta lo que se ama de verdad.
Si preguntan cómo se llega, diles que no hay camino marcado. Muchos se pierden buscando el cielo por atajos. Nosotros iremos en una nube, porque a los lugares sagrados no se llega corriendo, sino confiando. No tiene cimientos visibles, pero la sostienen el firmamento y los ángeles que le pido a Dios cada noche.
La casa en el aire es la forma más profunda de vivir tranquilo: proteger lo que amas elevándolo, cuidarlo sin encadenarlo. Porque cuando el amor aprende a volar, nadie puede derribarlo, y lo que se cuida desde el cielo permanece limpio, libre y en paz.

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