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MADRE: EL JARDÍN QUE NO SE ACABA

 

No guardo el recuerdo de tu vientre,  pero habito su calor como una eternidad. Tus manos fueron mi primer techo,  tu voz, mi primera canción de cuna contra el mal.

Madre, cinco letras donde cabe el infinito. Alfombra de ternura en mis días rotos,  farola encendida en mis noches sin brillo. Tejieste mis alas con tu propio cansancio,  regaste mis dudas con tu silencio sabio,  y cuando el mundo me dio la espalda,  tú diste un paso al frente sin pedir nada a cambio.

Hoy no te traigo flores que mueren en un jarrón. Te trago las que sembraste en mi pecho:  la valentía de caer y levantarme,  la gratitud como abrigo, y esta palabra cansada de ser poca cosa  que se agranda cuando la pronuncio en tu oído.

Gracias, madre. Por ser la única certeza en un mundo de dudas.  Por no haberte ido nunca, ni siquiera cuando la vida te pidió que me soltaras.

Hoy, mientras el mundo celebra con regalos y carteles,  yo celebro con la memoria de tu abrazo, con el eco de tu risa, con la seguridad de que, aunque me pierda, tú siempre serás mi dirección.

Feliz Día, mujer de barro y estrellas. La tierra te debe un monumento,  pero yo te debo todo lo que soy.

Y si un día no estás,  seguiré caminando con tus pasos prestados,  porque una madre no muere:  se vuelve horizonte.


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