Por andar robando ajeno he pagado muy caro, no porque el mundo sea injusto, sino porque la vida tiene memoria. Todo lo que se toma sin permiso regresa algún día convertido en ausencia. Así como yo me la robé, así me la robaron, y en esa simple verdad cabe toda una lección que quema lento.
Fui cortando flores en jardines extranjeros, embriagado por lo prohibido, creyendo que el perfume ajeno era más intenso. No vi que la flor que estaba en mi casa esperaba agua, cuidado, presencia. Mientras mis manos buscaban lo que no era mío, el jardinero del destino pasó en silencio y se llevó lo que descuidé.
Hoy mi cama está tan fría sin su amor. No es solo la ausencia de un cuerpo: es la falta de sentido. Estoy del otro lado del portón, mirando hacia adentro lo que fue hogar, entendiendo tarde que no todo portón se vuelve a abrir. Hay puertas que se cierran no por castigo, sino por enseñanza.
Se la robé y me la robaron. Se la quité y me la quitaron. La vida todo lo cobra, no con rabia, sino con exactitud. Ahora soy el pagador de mis propios errores, pagando el precio cuando se pierde un amor que creí seguro, eterno, inmune al descuido.
Esta historia no habla solo de un amor perdido, sino de la responsabilidad de amar. De entender que lo ajeno seduce, pero lo propio sostiene. Que nadie pierde lo que cuida, y nadie conserva lo que abandona por un instante de egoísmo.
Y aquí estoy, del otro lado del portón, con las manos vacías pero los ojos abiertos. Porque a veces perderlo todo es la única forma de aprender que el amor no se roba, no se quita, no se reemplaza: se honra.

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