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MADRE: EL MILAGRO QUE APRENDIÓ A LLAMARSE AMOR

 

Madre,
si el amor tuviera rostro,
llevaría tu mirada.
Y si la ternura pudiera abrazarse,
tendría el calor de tus manos.

Eres el milagro silencioso
que nunca pidió reconocimiento,
la mujer que aprendió a sanar heridas
mientras escondía las suyas.
La que transformó el cansancio en fuerza
y el miedo en valentía
solo para ver sonreír a sus hijos.

Mientras muchos dejaron huellas pasajeras,
tú dejaste tu alma entera
sembrada para siempre en mi corazón.

Fuiste luz cuando todo era oscuridad,
refugio cuando el mundo parecía derrumbarse
y esperanza cuando la vida dolía demasiado.
Tus abrazos tenían la extraña capacidad
de arreglar aquello
que las palabras nunca podían curar.

Madre,
nadie sabrá jamás cuántas veces lloraste en silencio
para que nosotros pudiéramos reír tranquilos.
Cuántos sueños guardaste en un rincón
para ayudarnos a construir los nuestros.
Cuántas batallas peleaste sola
sin dejar de decir:
“todo estará bien”.

Por eso hoy no celebramos solo a una mujer.
Celebramos el amor más puro,
la fe que nunca se rinde
y el corazón más valiente del universo.

Y aunque el tiempo pase,
aunque los hijos crezcan
y la vida cambie de caminos,
siempre existirá un lugar seguro llamado mamá.

Gracias por existir.
Gracias por sostenernos incluso cuando tú también necesitabas ser sostenida.
Gracias por hacer del amor
una forma de vida.

Feliz Día de la Madre
a ti, que haces más hermoso el mundo
con la simple grandeza de amar sin medida


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