No se fueron del todo…
solo aprendieron a habitar en lo invisible,
en ese lugar donde el amor
ya no necesita cuerpo para quedarse.
Siguen aquí,
en la forma en que miramos el cielo
cuando la nostalgia nos llama por nuestro nombre,
en el temblor dulce de un recuerdo
que llega sin pedir permiso.
Nadie nos enseñó
que despedirse era también aprender
a amar de otra manera,
sin abrazos…
pero con el alma extendida.
Hay ausencias que no vacían,
sino que llenan de una luz distinta,
una que no se ve,
pero guía.
A veces duelen…
como duelen las cosas eternas,
porque lo eterno no desaparece,
solo cambia de lugar.
Y entonces entendemos
que no los perdimos,
que ahora viven en lo que somos,
en cada gesto, en cada palabra,
en cada forma de amar que nos dejaron.
Este no es un adiós…
es un gracias que no termina,
una conversación en silencio
entre el corazón y la eternidad.
Porque quien ha sido amado de verdad
no muere…
se vuelve infinito.

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