A veces el alma no llora con ruido,
llora despacio… como cae la tarde,
como se apaga una luz en silencio,
sin que nadie note que algo se rompe.
Había un rincón en mi pecho
donde guardaba tu nombre,
como quien guarda una oración
que nunca deja de decirse.
Y te fuiste…
sin cerrar la puerta del todo,
dejando entrar el frío
por cada recuerdo que aún respira.
Desde entonces hablo contigo
en los espacios que deja el silencio,
en las sillas vacías,
en los “hubiera” que no envejecen.
Hay días en que sonrío…
pero no porque haya olvidado,
sino porque aprendí
a esconder la tristeza detrás del alma.
¿Sabes?
Nadie me enseñó
que amar también era quedarse
con los brazos llenos de ausencia.
Y aquí estoy…
recogiendo pedazos de nosotros
como quien recoge estrellas caídas
sin saber cómo devolverlas al cielo.
Si alguna vez regresas,
no toques la puerta…
entra despacio,
como entra la luz en la mañana.
Porque aunque ya no soy el mismo,
aún hay un lugar en mí
donde tu nombre
sigue siendo hogar.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Por favor, escriba aquí sus comentarios