No hubo palabras…
solo una pausa larga
entre lo que éramos
y lo que ya no sería.
El adiós llegó despacio,
sin equipaje, sin aviso,
como llegan las despedidas
que no quieren ser vistas.
Nos miramos…
pero no como antes,
sino como dos recuerdos
que aún no aceptan su destino.
Había tanto por decir,
pero el silencio eligió quedarse,
ocupando cada rincón
donde antes vivía la certeza.
Tus manos…
ya no buscaban las mías,
y en ese pequeño gesto
se escribió toda la historia.
No lloramos…
o tal vez sí,
pero por dentro,
donde nadie puede consolar.
El tiempo no se detuvo,
pero algo en nosotros
decidió quedarse ahí,
en ese instante suspendido
que nunca se repite.
Y así, sin ruido,
sin promesas, sin reproches,
nos despedimos…
como se despiden las cosas
que alguna vez fueron eternas.
Hoy, cuando recuerdo,
no duele como antes,
pero hay una nostalgia suave
que me toma de la mano.
Porque algunos adioses
no se gritan,
no se explican,
no se entienden…
solo se viven
en el idioma más difícil de todos:
el del silencio.

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