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LOS AÑOS QUE SE FUERON ME ENSEÑARON A AMAR LOS AÑOS QUE VIENEN

 

El alma se detiene en el umbral de una mañana cualquiera, donde el vapor del café dibuja un velo de lucidez. De pronto, la verdad, sencilla y rotunda, florece: aquellos años que se nombran con orgullo, que se cuentan con dedos y memoria, son ya arena escurrida. Son ecos amables.

 "Los años que tengo… ya no los tengo." Esta es la primera verdad que libera. Se fueron no a perderse, sino a ser el cimiento de este ahora. Quedaron como un tesoro de instantes: en la dulce melancolía de "amores que ya no duelen," en la textura desvanecida de sueños que, más que morir, solo mudaron su forma para adaptarse a un nuevo cielo.

 Pero la mirada se eleva, dejando atrás las cenizas de lo vivido. El corazón, viajero infatigable, entiende que el verdadero mapa de su existencia se traza hacia adelante. Los años que importan no son los que reposan en el álbum, sino los que se tejen en el misterio del mañana.

 "Los verdaderos años que tengo son los que me faltan por vivir," los que aún no han estrenado su luz sobre mi rostro. Hay una promesa en el aire, un pacto con la vida que me reserva la "charla bajo la luna o un brindis inesperado." La madurez es esta suave alquimia: entender que la vida ya no se mide en la ansiedad de las "velitas," sino en la calidad intangible de la emoción. "El tiempo ya no se mide... sino en momentos que valen la pena, en risas que se quedan y silencios que no pesan." ¡Qué alivio! Un silencio sin el yugo de la culpa, una pausa cargada de plenitud.

 Y es desde esa paz que surge el deseo más noble: "Los años que me faltan quiero gastarlos lento, sin prisas," con la serena dignidad de quien ha depurado sus urgencias. Ya no hay teatro para el mundo, solo autenticidad para el propio ser. La vida puede cambiar de planes, el reloj puede acelerarse o detenerse; ya nada perturba la certeza central.

 El único y verdadero anhelo es la posesión absoluta de la propia existencia: "Lo único que quiero es que los años que me quedan sean míos, realmente míos…" Y ese "mío" es la suma de todo lo que fue, aceptado y amado. Con la "certeza de que todo lo que fui, con errores y aciertos, me trajo hasta aquí." Es el punto final de la autocrítica y el inicio de la compasión propia.

 Aquí, en esta sencilla y profunda rendición, con el alma abierta y el corazón en paz, se celebra la doble bendición: la gratitud por la historia que nos forjó y el amor esperanzado por el lienzo aún en blanco.

 "Agradeciendo los años que ya no tengo… y abrazando con amor los que me faltan por vivir."

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