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¿EN QUE CONSISTE EL ARTE DE CUIDARSE MENOS?

 

Entre la culpa metabólica y la belleza de lo vivido: una reflexión sobre el equilibrio, los excesos y el placer de existir con cicatrices.

Vivimos en una época donde todos, sin notarlo, seguimos la misma dieta invisible: la del control.


Queremos comer mejor, vivir más, pesar menos.

Y aunque ese deseo nace del amor por la vida, a veces termina convirtiéndose en una competencia muda, una carrera sin línea de meta, donde el premio es solo la fatiga de intentarlo todo.

“Por la boca entra la vida y entra la muerte. Equilibrio.”

Tan antigua y tan cierta. Buscamos tanto la salud, que en el intento muchas veces perdemos la calma.

Yo tengo diabetes, y aprendí a cuidarme.

Pero también aprendí a no convertirme en mi enfermedad.

Cierro los ojos y disfruto el aroma del pan recién horneado, el primer sorbo de vino, la conversación que se alarga sin mirar el reloj. Porque entendí que el placer, cuando se vive con conciencia, también sana.

La comida, más que nutrir, une. Es memoria, compañía, celebración.

No quiero que el cuidado sea una jaula.

He visto cómo el bienestar puede disfrazarse de ansiedad, cómo el deseo de equilibrio se vuelve obsesión.

Contamos pasos, calorías, horas de sueño… pero olvidamos contar risas.

Y en esa matemática de la perfección, la vida se nos escapa por los poros.

He visto demasiadas vidas aplazadas en nombre del equilibrio.

Una amiga lo dijo con ironía divina:

“Los pecados ya no son los de antes. Ahora se llaman azúcar, arroz, leche, postre. La gula se mide en gramos y la penitencia en proteínas. Antes el placer carnal era pecado; hoy, el placer culinario. Pescado al vapor y penitencia sin sal. ¿Y el disfrute qué? ¡Viva la humanidad, el gozo y las cenas opíparas!”

Tenía razón. Cambiamos la culpa religiosa por la culpa metabólica.

Ya no nos confesamos ante el cura, sino ante la balanza.

Conozco personas que lo miden todo: lo que comen, lo que gastan, lo que respiran.

Y aunque admiro su disciplina, a veces me pregunto si no estaremos viviendo tan medidos que olvidamos vivir.

No viajamos, no nos relajamos, no pecamos ni un poco.

Todo controlado.

Y me viene a la mente la frase de un amigo:

“De los pequeños ahorros se hacen las grandes miserias.”

Sí, hay que cuidar el cuerpo y cuidar el planeta.

Pero cuando la vida se convierte en un cálculo —de calorías, de huellas, de centavos— el bienestar deja de ser refugio y se vuelve deber.

Y vivir por obligación no es vivir.

Pienso en los autos que uno ha tenido.

Los hay impecables, brillantes, sin una raya… pero sin historias.

Y están los otros: con polvo, con rayones, con kilómetros que narran aventuras.

Así son los cuerpos también: no fueron hechos para durar intactos, sino para gastarse en vida.

Porque un cuerpo sin cicatrices es un cuerpo que no ha vivido.

Y lo mismo ocurre con las personas.

Las arrugas que cuentan historias, las canas que son poemas del tiempo.

Esa belleza no se fabrica, se habita.

Mientras tanto, abundan los cuerpos de gimnasio: tersos, simétricos, pero vacíos.
Brillan por fuera, pero no dicen nada con la mirada
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Brillan por fuera, pero no dicen nada con la mirada.

Vivimos entre extremos: los que se rindieron al abandono y los que se castigan con la perfección.

En ambos, falta lo mismo: nutrir el alma.

El cuerpo humano fue hecho para moverse, caerse, sanar, amar, doler.

No para estar en exhibición.

Somos animales que aprendieron a vestirse, no estatuas de mármol.

Y en el desgaste, hay belleza.

Hace un tiempo escribí que me quedaban veinte años para vivirlo todo.

Hoy diría: me quedan veinte años para vivir sin afán.

Para comer bien, pero con placer.

Para cuidar la diabetes, sin dejar que ella me cuide la vida.

Para brindar con los amigos sin culpa, porque a veces el vino también cura —si no el cuerpo, al menos el espíritu.

Cuidarse, sí. Pero sin perder el gozo.

Sin convertir la vida en una tabla de Excel.

Comer, reír, descansar, caminar: todo con la misma dosis de gratitud.

Porque la salud no está solo en prolongar los años, sino en saber disfrutarlos mientras los tenemos.

Y si algo quisiera que quedara de este breve paso humano, es esto:

Que el bienestar no se mida por el peso que perdemos,

sino por la ligereza que ganamos cuando dejamos de castigarnos.

Que el cuerpo se cuide…

pero que el alma también coma postre.

REFLEXIONES DE UN SACERDOTE CATOLICO

Dios no nos pidió perfección, sino plenitud. Cuidar el cuerpo es un acto de amor, pero idolatrarlo es olvidar al Creador. En esta cultura del control, donde la culpa pesa más que el pan, debemos recordar que Jesús también compartió la mesa, el vino y la alegría. La templanza no es negarse al gozo, sino vivirlo con gratitud. Porque el equilibrio verdadero no está en contar calorías, sino bendiciones. Ama tu cuerpo, sí, pero sin olvidar nutrir tu espíritu. Y cuando dudes, come el pan, brinda con amor… y deja que también el alma coma postre.

 

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¿EN QUE CONSISTE EL ARTE DE CUIDARSE MENOS?

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El texto, titulado "El Arte de Cuidarse Menos", reflexiona sobre la obsesión moderna por el control y la perfección en la vida, particularmente en relación con la salud y la alimentación. El autor argumenta que la sociedad ha adoptado una "dieta invisible de control", reemplazando la culpa religiosa por una "culpa metabólica" donde el placer culinario se percibe como pecado. A través de su experiencia personal con la diabetes, el escritor aboga por el equilibrio consciente que permite el disfrute y el gozo, destacando que el bienestar se convierte en ansiedad cuando se transforma en una obligación estricta. Finalmente, el texto celebra la belleza de las "cicatrices" y el desgaste de una vida plenamente vivida, urgiendo al lector a priorizar la ligereza y el nutrir el alma sobre la medición obsesiva de calorías o pasos.

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