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MI VIDA ENTRE FINCAS, CABALLOS Y AVENTURAS

 

Cuando uno repasa los años vividos, se da cuenta de que la vida no se mide por el tiempo transcurrido, sino por las historias que uno puede contar. Yo nací en una época donde los caballos eran el medio de transporte, el mejor amigo y el símbolo de libertad. Mi padre, Don Ricardo, me enseñó desde niño que el respeto por los animales y por la tierra es la primera lección de humildad.

Mi niñez transcurrió entre las fincas La Quinta y Malabar, en el Quindío. Recuerdo con especial cariño a cada caballo que pasó por mi vida:

·         El Negus: casi negro, muy trochador, y solo lo podía montar mi papá.

·         El 02: de mi papá, y solo lo podía montar mi mamá, Beatriz Arango.

·         El Macho Gaona: el más manso, de color negro, en el que montaban a Lelia.

·         El Coralito: comprado en 90 pesos en Cartago. Era muy bueno y solo lo podía montar mi papá porque le enseñó a pararse en las dos patas. Tenía las cuatro extremidades blancas.

·         El Voypatraz: muy trotón, en el que nos montábamos hasta cuatro muchachos.

·         La mula Libra: de Guamal, en la que cabían hasta cinco jinetes.

·         La Medalla: la mula amarilla de mi papá, muy buena y bonita, regalo de Alfredo.

·         El Califa: excelente caballo de Enrique Londoño.

·         El Pierrot: de Libia Palacio, también de gran calidad.

·         La Yegua Negra: regalo de Bernardo Londoño a mi papá antes de su muerte.

·         La Yegua Gitana: de Andalucía, que le gustaba mucho a Rodrigo.

·         El Macho Confite: negro y pequeño, hijo de la yegua negra de Adelina.

Cada caballo tenía su personalidad, su historia y su lugar en la familia. Hoy pienso que los equinos son como las personas: cada uno es único y cada uno deja una huella imborrable.

Lo mejor que uno puede tener en la vida es un caballo y un perro; eso es lo máximo. Esa frase la he repetido toda mi vida, y no es una exageración. El caballo te enseña paciencia, respeto y valentía; el perro te enseña lealtad y amor incondicional. En la finca, los canes eran parte de la familia: Orión, Tania, Tedy, Inés, Asombro, Mateo, Vilma y África. No eran simples animales; eran compañeros de vida.

 

LOS VIAJES: LA MEJOR ESCUELA

Mi papá murió cuando yo solo tenía doce años. Fue un golpe muy duro. De ahí en adelante, sentí su presencia en los aniversarios de su partida y me propuse viajar y conocer el mundo. Y lo cumplí. Viajar y conocer es lo mejor que existe en la vida, porque te abre la mente y el corazón.

Mis lugares favoritos:

·         El Salar de Uyuni, en Bolivia, es sorprendente.

·         Para descansar: Miami, Barcelona y Buenos Aires (donde hablan español, hay buena comida y excelentes espectáculos).

·         En Sudamérica: Machu Picchu, las cataratas del Iguazú, los viñedos en Chile, los tangos y el bife de chorizo en Argentina, el lago Titicaca y el Salar de Uyuni en Bolivia, y el Parque Nacional Canaima en Venezuela, con el imponente Salto del Ángel.

·         China es sorprendente, aunque su gastronomía no sea de mi agrado; es imperdible visitar la Muralla China.

·         Australia es muy bonito, pero considero superior a Nueva Zelanda.

·         Egipto impresiona con sus magníficas pirámides.

·         De las islas griegas, Santorini es lo mejor. (Una vez me dejó el barco y tuve que alquilar una lancha para alcanzarlo; logré que me subieran).

·         De Colombia: Cartagena, Medellín, Caño Cristales (el río de los siete colores), La Guajira (Cerrejón, Manaure, Punta Gallinas), el avistamiento de ballenas y las excursiones al Llano. Lo mejor es viajar al exterior, pero Colombia tiene parajes maravillosos que hay que conocer primero.

 

Los viajes eternos

¿Cómo olvidar aquellos desplazamientos eternos de Manizales a nuestras fincas? Las cabalgatas de tres días hasta Malabar o las siete horas de camino hacia La Quinta, pasando por Villamaría, El Papayal, El Pindo, La Sequía y Montenegro, eran verdaderas odiseas.

El recorrido comenzaba en Manizales a bordo de un carriol de madera para doce personas, similar a una van actual. Mi papá y Eriberto llevaban los caballos a la finca Guamal, cerca de la ciudad, y luego a la fonda El Crucero en Villamaría, donde esperaban la llegada del vehículo. A Lelia había que ensillarle el Macho Gaona con una silla especial para mujeres, donde debía cruzar la pierna para viajar. Llevábamos el equipaje en mulas con cajones de madera.

También viajábamos en el histórico tren de carbón de Manizales a Quimbaya, que contaba con un vagón restaurante donde servían desayunos con empanadas y chorizos. Salía a las 7:00 a. m. y llegaba a las 11:30 a. m. Era muy entretenido, aunque uno tardaba tres días en quitarse de encima el hollín que expelía la locomotora.

En esos trayectos nos montábamos hasta cuatro o cinco muchachos en un solo caballo como el Voypatraz o en la mula Libra, riéndonos de las ocurrencias de la juventud. Aquellos eran tiempos en que un buen caballo y un buen perro conformaban la mejor compañía.

 

LA VIOLENCIA Y LA SUPERVIVENCIA

La violencia en el Quindío fue horrible. Después del 9 de abril, todo cambió radicalmente. Los "pájaros" recorrían las fincas exigiendo extorsiones. En una ocasión me dejaron una nota con faltas de ortografía que exigía el pago de "cinientos" pesos. Yo rondaba los veinte años y no tenía ni un centavo; pedí un plazo, informé a la policía y, afortunadamente, no regresaron.

Sin embargo, no todos corrieron con la misma suerte: en la vereda El Jazmín aparecieron veintidós personas decapitadas por motivos políticos. Las casas tenían túneles de escape y las balaceras eran constantes.

Mi esposa Adelina es una mujer de temple. Cuando un tío preocupado le ofreció un apartamento en Manizales para que abandonara la finca, ella respondió tajante: "O nos vamos todos o nada". Me negué a ceder ante la presión y terminé enemistado con el familiar; la finca era nuestro sustento y no iba a permitir que la violencia nos arrebatara el fruto de nuestro esfuerzo.

 

ANÉCDOTAS QUE NO SE OLVIDAN

La vida está hecha de momentos pequeños que se vuelven grandes recuerdos. Una vez, en un hotel en Coveñas, a mi sobrina Olga y a mí nos sirvieron remolacha y leche caliente, dos alimentos que detestábamos. Ella me obligó a comer la remolacha y yo la obligué a tomar la leche. Fue la primera y última vez que probé la remolacha.

Otra vivencia inolvidable ocurrió en la Hacienda Termales La Quinta durante una peregrinación con el obispo Baltazar Álvarez Restrepo. Para esquivar mis deberes de monaguillo, me volé al potrero "El Monte" a comer uchuvas. Esa travesura desencadenó una apendicitis que derivó en peritonitis. Me llevaron a pie en una camilla rústica (parihuela), cargado durante seis horas hasta Manizales. A mitad del camino, Guillermo Londoño Mejía notó que me transportaban al revés, con los pies hacia atrás. En el quirófano del hospital, al abrirme, salió un chorro de pus que llegó hasta el techo; me salvé de milagro.

También guardo memorias imborrables de la época escolar. El rector era Rubén Mejía, acompañado por Antonio Ocampo, monseñor Augusto Trujillo Arango, el padre Giraldo, la profesora de música Isabel Aristizábal y Don Atanasio, un docente de carácter fuerte que se la tenía jurada a Alfredo. Un día, Don Atanasio lo expulsó del colegio. Don Ricardo intentó reinstaurarlo enviándolo con la policía, pero el remedio fue peor: Alfredo se fugó definitvamente, se encerró en La Quinta y abandonó los estudios. Tres meses después, mi madre Lelia le envió entradas para ver el rejoneo de Conchita Cintrón en la plaza de toros de Manizales.

 

LOS CARROS Y LAS TRAVESURAS

Los vehículos también guardan sus propias historias. Doña Lelia tuvo un Dodge Hi Drive azul de dieciocho galones de tanque, conducido por el chófer César, quien a veces me lo prestaba. El velocímetro cambiaba de tonos al acelerar y se ponía rojo al ir muy deprisa. Con José Fernando, Danilo y Gabriel nos escapábamos a Viterbo, alcanzando los 105 km/h.

Más adelante, Doña Lelia adquirió un Dodge bitono café, del cual yo conservaba una copia de la llave a escondidas. También solíamos fugarnos a bailar a La Rochela en la volqueta de Jorge Arango Uribe junto a José Fernando y Danilo, un camión al que había que conducir en reversa cuando se le agotaba el combustible.

El Jeep Willys modelo 54 con remolque fue protagonista de múltiples peripecias. Viajando con provisiones hacia El Rosario, me quedé sin frenos y colisioná contra una volqueta porque debíamos regresar a tiempo a una fiesta a la que estaban invitadas Cecilia Merchán y Adelina. En el impacto, el timón se me clavó en el pecho y me fracturé siete costillas; Alfredo me auxilió y me llevó al hospital.

 

LOS SABORES DE LA INFANCIA

·         Panadería: la de Pedro Ramírez, en la calle 19 con carrera 23.

·         Tienda "El Incendio": de Cristóbal, famoso por vender sirope de panela y caña de punta.

·         Dulces y golosinas:

o    Los liberales (turrón envuelto en papel rojo).

o    Las rendidoras (bolas de dulce).

o    La fécula "El León", famosa por su publicidad: "Para el niño flaco y llorón, dele Fécula El León", empacada en cucuruchos.

o    El minisicui con ácido tartárico y azúcar por solo 3 centavos.

o    Chupetas puntudas, colaciones, solteritas con crema amarilla, algodón de azúcar, crescrespetas rojas acarameladas, alfeñiques con corozo, tirados, alfandoque, cucas negras con kumis, gelatina de pata y kumis con rollos rojos.

o    Los fósforos dulces: una galleta esponjada cubierta de azúcar.

·         Chocolate y bebidas:

o    Pastillas de chocolate Edelmira, elaboradas derritiendo chocolate Luker con azúcar para formar porciones individuales equivalentes a un pocillo.

o    Cervezas tradicionales: Poker, Costeña y Costeñitá.

o    En Fátima vendían guarapo de pura caña fermentada.

·         Comida de tierra fría: papas al rescoldo (cocinadas durante horas bajo la ceniza del fogón), postrera con panela raspada, cuajada con melado, frijoles todas las noches, mazorca tierna, y leche recién ordeñada mezclada con brandy y panela.

 

LAS FIESTAS DE DICIEMBRE: TRADICIÓN Y GENEROSIDAD

Las fiestas de diciembre en la finca eran sagradas: matanza de marrano, cerveza, pólvora, voladores, globos, totes, velitas romanas y buscaniguas. Mandaba a fabricar una "culebra" de cien tacos en Chinchiná que detonaban con gran potencia. Invitaba a todos los trabajadores y a sus familias, les entregaba obsequios y hacía lo propio con los niños de la escuela de Arauca.

Eso fue lo que mi papá me enseñó: siempre es mejor dar que recibir. Hay que ayudarle a la gente, especialmente a los más necesitados. Trabajando con la tierra no se deben ostentar lujos ni vehículos extravagantes; jamás hay que permitir que los empleados sientan envidia o rencor. Hay que tratarlos con dignidad, porque ellos son la base de todo.

 

LOS ESTUDIOS Y EL ORGULLO ZAMORANO

Estudiar en la Escuela Agrícola Panamericana El Zamorano, en Tegucigalpa, constituyó uno de los mayores orgullos de mi vida. Era una universidad internacional de élite diseñada para impulsar la agricultura en el trópico; su admisión era sumamente competitiva y sus egresados gozaban de prestigio mundial. Con orgullo pregonaba: "Soy un zamorano".

Nuestro uniforme consistía en camisa azul y pantalón café. Las jornadas comenzaban a las 4:00 a. m. al son de una campana: la mañana se destinaba al trabajo duro en el campo y la tarde al estudio académico. El director, Wilson Popenoe, era muy estricto, pero nos formó para ser hombres de bien.

 

LAS ENSEÑANZAS QUE ME LLEVO

Tras tantas décadas, múltiples fincas, innumerables caballos y viajes por el planeta, estas son las lecciones grabadas a fuego en mi alma:

Enseñanza 1: La resiliencia ante la adversidad

Las pruebas difíciles —pérdidas tempranas, accidentes o violencia— no están para destruirnos, sino para forjar nuestro carácter y enseñarnos a valorar cada segundo de existencia.

Enseñanza 2: La sencillez como puente humano

Para liderar con éxito, la cercanía, el respeto y la humildad valen mucho más que las ostentaciones innecesarias. Los empleados son la base de todo y merecen un trato excelente.

Enseñanza 3: El valor de la curiosidad y la formación

Salir de la zona de confort —como lo hice en El Zamorano o recorriendo el mundo— nos amplía la mente, elimina los prejuicios y demuestra que la educación es la mejor inversión.

Enseñanza 4: La familia y la lealtad como ancla

En un mundo polarizado y turbio, la unión familiar y la lealtad inquebrantable son el único refugio seguro, tal como demostró mi madre Lelia con su firmeza.

Enseñanza 5: La generosidad construye comunidad

Siempre es mejor dar que recibir. La verdadera grandeza radica en compartir, en atender a los demás y en comprender que la generosidad enriquece el espíritu.

Enseñanza 6: Los animales son maestros de humanidad

Los caballos y los perros son lo mejor que uno puede tener. Quien no ha amado a un animal, desconoce la lección más profunda de la empatía.

Enseñanza 7: La tierra se defiende con trabajo honrado

La tierra no se abandina por miedo; se defiende con trabajo, sencillez y respeto. Es el único patrimonio que verdaderamente perdura.

Enseñanza 8: El perdón y la reconciliación sanan el alma

Los desencuentros familiares o amigables pueden ocurrir, pero guardar rencor es inútil; perdonar y pedir perdón es la única vía hacia la paz interior.

Enseñanza 9: El viaje más importante es el interior

Viajar por el mundo es maravilloso, pero el trayecto más transcendental es el de conocernos a nosotros mismos, viviendo sin miedo y con profunda gratitud.

Enseñanza 10: La verdadera riqueza está en el corazón

Lo que verdaderamente importa no es lo que se acumula en el banco, sino lo que se ama, los amigos, la familia y los recuerdos compartidos.

 

PALABRAS FINALES

Cuando miro hacia atrás, veo una existencia plena de caballos, perros, fincas, viajes y seres queridos. He conocido el mundo, he cultivado la tierra, he superado los abismos de la muerte y he presenciado tanto la crueldad de la violencia como la nobleza de la generosidad.

Hoy comprendo que la mejor herencia que podemos dejar no es el dinero, sino los valores, el amor por la vida y las historias compartidas.

"¿Cuándo será ese cuándo y esa dichosa mañana?", me preguntaba a veces. Ahora sé que esa mañana es hoy, y ese cuando es ahora. Porque la vida no se aplaza; se vive. Y yo la he vivido a plenitud.


RICARDO LONDOÑO ARANGO

(2 de abril de 1936 - 30 de julio de 2026)

Manizales, Colombia


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