No llega de
golpe…
el vacío se instala
despacio,
como una sombra que aprende
la forma exacta de tu alma.
No grita,
no exige,
solo está…
ocupando el lugar
de lo que un día fue todo.
Al principio
duele,
como duelen las ausencias
que aún tienen nombre,
rostro
y memoria.
Luego
cambia…
se vuelve un silencio
largo,
una pausa constante
entre lo que sientes
y lo que ya no puedes
tocar.
Vivir con el
vacío
no es rendirse,
es aprender a caminar
con un espacio dentro
que nadie puede llenar.
Es sentarte
contigo mismo
y no huir,
es mirar la herida
sin cerrar los ojos.
Porque el
vacío
no siempre es pérdida…
a veces es espacio.
Espacio para
reconstruirte,
para entenderte,
para descubrir
quién eres
cuando todo lo demás se ha
ido.
Y en ese proceso lento,
casi invisible,
algo comienza a nacer…
no
reemplaza,
no borra,
no olvida.
Pero
sostiene.
Porque vivir
con el vacío
no es vivir incompleto…
es aprender
que incluso con un hueco en el alma,
el corazón
aún sabe latir.

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