9 de abril de 2019

SI QUEREMOS SER GENUINAMENTE FELICES, TENEMOS QUE APRENDER A UTILIZAR MEJOR NUESTRO CEREBRO

Entrevista a Richard Davidson creador de una escuela para estudios sobre los efectos de la meditación

PREGUNTA.- ¿Es cierto que la mayoría usa sólo el 10% de nuestro cerebro?
RESPUESTA.- Eso queda bien como frase hecha, pero la idea es muy equivocada. No es cierto que usemos sólo el 10% o el 15% del cerebro en nuestra vida diaria. Todos usamos todo nuestro cerebro la mayor parte del tiempo... La cuestión de fondo es si lo usamos bien, si aprovechamos su increíble potencial, si somos capaces de generar con él emociones positivas y no cargarnos de negatividad. Esa es la pregunta clave: ¿podemos usar el cerebro de una manera más eficiente, más afectiva, más profunda? La respuesta es inequívocamente sí.

P.- ¿Cuánto sabemos del cerebro, cuánto no sabemos y cuánto no sabremos nunca?
R.- El cerebro sigue siendo un grandísimo misterio, pero el progreso de estos últimos 20 años es apabullante. Ahora contamos también con grandes herramientas para poder conocerlo más a fondo, pero la verdad es que estamos sólo dando los primeros pasos. Digamos que entendemos piezas del cerebro, pero nos queda mucho por explorar.El cerebro es sin duda la materia más compleja que existe en el planeta.

P.- Hay quien habla de la potencialidad del cerebro para comunicarse telepáticamente o incluso moldear el futuro a través de la intención...
R.- En ese sentido soy un científico muy conservador. Necesito ver ciertas cosas con mis ojos y probarlas en el laboratorio.

P.- ¿Y por qué ese interés en los monjes tibetanos?
R.- Son los atletas olímpicos de la mente. Algunos se han pasado más de 10.000 horas meditando y queríamos ver los efectos de esa disciplina mental. Los experimentos en el laboratorio nos han permitido comprobar que los monjes, cuando están meditando, tienen una actividad muy intensa en el lóbulo prefrontal izquierdo, que es la región del cerebro asociada con las emociones positivas.

P.- Y dígame, ¿son felices los monjes tibetanos? Su vida de austeridad y autodisciplina no encaja precisamente con el ideal de felicidad que tenemos en Occidente...
R.- La felicidad es algo muy difícil de medir, pero mi impresión es que son fantásticamente felices y no sólo eso: logran sacar de la gente lo mejor de ellos. Le voy a contar un ejemplo para ilustrar esto. Hace poco tuvimos un monje que vino de India para varios experimentos y se hospedó un hotel aquí cerca. El día después de su partida, recibí una llamada del director. Quería darme las gracias por haberle mandado a ese huésped maravilloso que en un par de días había cambiado por completo la energía en el hotel... Nunca había recibido una llamada así.

P.- ¿Y qué podemos sacar en claro los profanos de sus experimentos con los monjes?
R.- La meditación tiene dos efectos comprobados: mejora la atención y ayuda a regular las emociones. Y esto es algo que hemos demostrado también en otros experimentos. Hemos comprobado cómo las personas que meditan son capaces de producir hasta el 50% más de anticuerpos tras recibir una vacuna contra la gripe. En definitiva, que los cambios que la meditación produce en el cerebro pueden traducirse en cambios en el cuerpo beneficiosos para la salud... Pero hay otra conclusión si acaso más importante: que las emociones positivas como la felicidad, la compasión o el altruismo se pueden cultivar.¿Cómo? Ejercitando el cerebro. Si uno quiere ser genuinamente feliz, si uno quiere expresar su amor y su compasión, hay que usar mejor nuestra herramienta más preciada.

P.- ¿Puede explicarnos en qué consiste la «neurociencia afectiva»?
R.- Estudiamos el funcionamiento del cerebro y el papel de las emociones. Es un término relativamente nuevo y emparentado con el de inteligencia emocional... En la base de muchas enfermedades mentales están las emociones y aquí investigamos en las raíces de problemas tan distintos como la depresión, la ansiedad o el autismo. Uno de los hallazgos más recientes tiene que ver precisamente con el autismo: hemos descubierto que muchos niños con autismo nacen con una amígdala hiperactiva. Esa pequeña estructura, que es como una almendra y que está localizada en la parte trasera de nuestro cerebro, parece que tiene una clara conexión con las emociones negativas. Pues bien, los autistas podrían estar protegiéndose para mitigar la actividad de la amígdala.

P.- En los últimos años han saltado a la luz casos de enfermedades inventadas por los laboratorios, como la fobia social, para luego sacar todo el beneficio posible con los medicamentos...
R.- Yo no diría que los psicólogos se están inventando nuevas enfermedades. La fobia social es algo real, pero no creo que sea algo distinto a otro tipo de ansiedades. El problema es que muchas de las diagnosis se siguen ciñendo a los síntomas y no van a la raíz.

P.- ¿Existe una diferencia palpable entre el cerebro del hombre y el de la mujer?
R.- No creo que existan diferencias esenciales. Algunos autores alegan que las partes izquierda y derecha del cerebro femenino tienen más conexiones, pero hay mucha controversia. Lo que sí está claro es que hay diferencias en la incidencia de enfermedades mentales. La depresión en mujeres se da en una proporción dos veces más alta. El autismo, sin embargo, es cinco veces más probable en hombres que en mujeres. Pero las diferencias, si existen, son muy sutiles y pueden explicarse por factores culturales.

P.- Después de más de 30 años dándole vueltas al cerebro, ¿qué es lo que más le sigue intrigando?
R.- La idea de la plasticidad del cerebro me parece fascinante...Cuando yo era estudiante nos enseñaban que el cerebro es diferente a otras partes del cuerpo y que no podía sanar por sí mismo. Ahora nos damos cuenta de que estábamos en un error. El cerebro crea nuevas células todos los días y lo más asombroso es que eso ocurre a lo largo de toda la vida. Incluso en la gente que es muy vieja, el cerebro se regenera constantemente y parece que esas nuevas células desempeñan un papel muy importante en los procesos de aprendizaje y en la memoria. Y hemos aprendido también que el estrés impide o bloquea este proceso de neurogénesis. Sabemos que el ejercicio físico ayuda sin embargo al crecimiento de nuevas células. Si aprendemos a hacer que el cerebro genere más células nuevas en situaciones específicas en que ha sido dañado, sería magnífico.

P.- Muchos neurocientíficos opinan que el gran reto sigue siendo descubrir las interconexiones del cerebro ¿Cree usted que se llegará algún día a descifrar ese misterio?
R.- Las últimas investigaciones sobre neurotransmisores nos están ayudando mucho... Nuestros cerebros cambian como resultado de todas las interacciones, desde el afecto que recibimos de nuestra madre en los primeros momentos de vida al contacto con los profesores en la escuela. Todo lo que hacemos afecta de una manera u otra a nuestro cerebro... Hemos traído a parejas casadas, parejas que dicen estar felizmente unidas. Ponemos a la mujer en el escáner de resonancia magnética y le enseñamos las mismas imágenes en tres situaciones distintas: con el marido en la habitación dándole la mano, con un extraño cogiéndole también la mano y en completa soledad. Hemos querido comprobar si la presencia de un ser querido cambia su cerebro y modifica su respuesta a un estímulo estresante.Y lo que hemos descubierto es que hay una diferencia asombrosa: las mujeres que afirman estar más felizmente casadas son además las que más cambian positivamente en presencia del marido. Dar la mano a un ser querido tiene un efecto en el cerebro.

- Usted sostiene que la felicidad no es lujo, sino una necesidad.
¿Ha encontrado la receta infalible?
- Bien, hay dos cosas imprescindibles, si nos atenemos a todos los experimentos que se han hecho hasta ahora sobre la «ciencia de la felicidad»... El primer requisito es tener una interacción social significante con gente con la que te sientes cómodo: un amigo o amiga en quien puedes confiar, un confidente, aunque sólo sea una persona... El segundo ingrediente ha aflorado precisamente en las investigaciones sobre la meditación: bastaría con dedicar unos minutos al día a desarrollar nuestra intención y desear felicidad a los demás y a nosotros mismos, no como una plegaria sino como un ejercicio mental muy explícito. No haría falta dedicarle a esto mucho tiempo, pero cuanto más se haga, más efecto tendrá. La evidencia nos dice que esta práctica activa las regiones del cerebro asociadas a las emociones positivas, como la compasión, el altruismo y la felicidad.

¿La meditación es la panacea?
- No, no creo que sea la panacea universal... Conectar con uno mismo durante unos minutos al día puede ser de gran ayuda, puede servir para mejorar la atención, para regular las emociones, para reducir el estrés y hacernos más sensibles y compasivos. Pero no es algo para toda la gente. Hay personas a las que, por su propia constitución mental, les resulta muy difícil sentarse a meditar. Y otras con enfermedades psiquiátricas, como la esquizofrenia, para quienes sería incluso contraproducente... No, no me imagino a todo el mundo meditando de un día para otro. Se extenderá cada vez más, eso sí, pero avanzará con paciencia y con cautela.

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