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1 de abril de 2017

APRENDER A AMAR

De pie en la cocina de su casa, en las afueras de Cleveland (Ohio), Heidi Solomon cortaba queso para prepararle un sándwich a su hijo Daniel, de 10 años. Era una tarde de abril, como tantas otras en los tres difíciles años que habían pasado desde que ella y su marido, Rick, adoptaron al niño.

—No quiero eso —dijo Daniel.

Heidi, una mujer delgada de 1,52 metros de estatura, no respondió. Sabía que la hostilidad de su hijo no tenía nada que ver con ella.

Daniel pasó los primeros cinco años de su vida en un orfanato que era más una cárcel que un hogar para huérfanos. Aunque se mostró afectuoso con los Solomon cuando lo adoptaron, su conducta empeoró con el tiempo y últimamente se había agrabado.

Rompía sus juguetes, pegaba a otros niños, lo habían expulsado del colegio y había pasado un tiempo recluido en un hospital psiquiátrico.

A pesar de todo, Heidi no estaba preparada para lo que ocurrió después. Dando un gruñido, Daniel cogió un cuchillo de 18 centímetros y se lo puso a su madre en la garganta.

Hasta que lo adoptaron, Daniel nunca había tenido un par de zapatos, y jamás le habían abrazado ni le habían leído un cuento. Ni siquiera sabía que tenía padres. Una ventana les ofrecía a él y a los demás niños la única vista del mundo que se extendía más allá de las paredes del orfanato. “De noche podían verse las luces de la ciudad”, recuerda Daniel, hoy de 18 años. “Me preguntaba qué sería todo aquello”.

Luego, un día de octubre de 1996, un desconocido lo condujo a un coche que esperaba fuera del orfanato. “No sabía qué estaba pasando”, recuerda Daniel.

“Era como un sueño”. De pronto se vio en un aeropuerto, y el extraño le pidió que saludara a un hombre y una mujer. Heidi se echó a llorar al ver al niño, que llevaba puesto un impermeable azul. Él la saludó con timidez. “En ese momento empezó mi segunda vida”, afirma Daniel con una sonrisa.

Heidi era sólo una adolescente de 15 años cuando decidió que algún día adoptaría a un niño. Tomó esa decisión después de trasladarse a otra ciudad para pasar tres años entrenándose como gimnasta. Durante ese tiempo vivió en siete hogares distintos, y muchas veces se sintió más como una carga que como una huésped.

De vuelta a su casa, se dio cuenta de la importancia de la familia... y de algo más: “Decidí no tener hijos biológicos, porque hay muchos niños que necesitan ayuda”.
Como profesora de educación especial, empezó a trabajar con jóvenes problemáticos y con niños que padecían trastornos emocionales. En sus ratos libres era voluntaria en un programa llamado Hermanos y Hermanas Mayores. A Rick, quien trabaja actualmente en una empresa de máquinas expendedoras, no le entusiasmaba mucho la idea de la adopción, pero la aceptó para agradar a Heidi cuando se casó con ella.

Poco después de su boda, en 1994, la pareja inició el proceso para adoptar un niño en el extranjero. Una noche, mientras hojeaba el catálogo de una agencia de adopciones, a Heidi se le fueron los ojos al ver la foto de un niño risueño de piel aceitunada y pelo negro. “Me enamoré de él”, cuenta. “Le dije a Rick que ese niño era nuestro hijo”.

En esa época, el niño vivía en un austero orfanato en la ciudad de Beclean (Rumania). El personal bañaba y daba de comer a los niños y, de vez en cuanto, los pegaba con palos o los abandonaba a su suerte.

Durante los primeros seis meses en su nuevo hogar, en Estados Unidos, Daniel pareció adaptarse bien. Fascinado por el mundo que acababa de descubrir, le encantaba hablar por teléfono y que Heidi le enseñara a nadar. Pero había algunos problemas: a veces tenía berrinches y no quería dormir solo. Aunque pronto aprendió algunas palabras en inglés, le resultó difícil comunicarse cuando entró en un colegio local.

El día en que cumplió ocho años sufrió una crisis. Durante la fiesta que sus padres organizaron para él, la primera de su vida, se dio cuenta de que alguien lo había traído al mundo y después lo había abandonado. Entender esto lo llenó de furia.

“Pensé que Rick y Heidi me habían dejado siete años en el hospicio, y que luego me habían recogido y trataban de comportarse como si nada hubiera ocurrido”, señala. Sus padres le explicaron muchas veces que no eran sus padres biológicos, pero él no les creía. “No me importaba lo que dijeran o hicieran”, recuerda. “La rabia se apoderó de mí”.

Sus berrinches duraban horas, y lanzaba cuanto objeto tenía a mano contra las paredes de la casa. Rick y Heidi decidieron sacar todo de su cuarto menos el colchón, pero los arrebatos empeoraron. Cuando Daniel cumplió 10 años sus padres le regalaron un perrito, que de inmediato él trató de estrangular. Al mes siguiente llegó a casa en un coche de la policía: había atacado con una pala a otros niños en la sinagoga.

Los Solomon acudieron a varios psicoterapeutas. Daniel mordió a uno de ellos en el vientre y le dejó una herida de casi ocho centímetros. Ese mismo año lo enviaron tres veces a un hospital psiquiátrico, una de ellas por amenazar al director del colegio con un trozo de cristal. Los encierros sólo complicaron las cosas. “Antes la frustración le hacía reaccionar con furia”, cuenta su madre, “pero después de estar en el hospital se volvió violento a propósito”.

Heidi era el principal blanco de sus agresiones. Le daba cabezazos en la cara, y se reía cuando veía que le había puesto un ojo morado. Una vez la golpeó con un palo de golf. En más de una ocasión, mientras Rick estaba fuera de casa, Heidi tuvo que llamar a la policía para que la protegiera.

La única persona a quien Daniel parecía odiar más que a su madre era a sí mismo. Varias veces intentó matarse, saltando por una ventana o desde un árbol.

La familia empezó a resentir los estragos de tanta tensión. Rick amenazó con irse de casa, y Heidi se sentía terriblemente culpable. Recuerda que “en esos días leí una noticia en el periódico sobre una familia de tres miembros que murió en un incendio, y pensé que podríamos haber sido nosotros por el caos en que estábamos viviendo”.

Psicólogos, amigos y parientes le dijeron a Heidi que no había esperanza, que Daniel jamás la querría y que debía renunciar a él. Pero ella no estaba dispuesta a darse por vencida. “Aunque él me odiaba, yo no me sentía ofendida”, afirma. “Sabía que su rencor se debía a todo lo que había sufrido y que necesitaba una familia. Es mi hijo, y de esto nunca tuve duda”.

El día en que Daniel la amenazó con el cuchillo, Heidi, quien había aprendido a tratar a estudiantes potencialmente violentos, mantuvo la calma. Le arrebató el arma al niño, y él retrocedió. La crisis había pasado. Sólo después la madre pensó en lo que podía haber ocurrido... y en lo que podría pasar más adelante, cuando Daniel fuera mayor. Entonces comprendió que las cosas no podían seguir así.

Los médicos habían recetado al niño fármacos psicotrópicos. Algunos no habían tenido efecto, y otros parecían estabilizar sus bruscos cambios de ánimo. Sin embargo, ninguno servía para remediar el peor de sus males: el trastorno reactivo de apego, que impide a quien lo padece formar lazos afectivos con otros.

“El niño que sufre este trastorno cree que es malo e indeseable, que no vale nada ni merece amor”, escribieron los psicoterapeutas Terry Levy y Michael Orlans en un artículo que Heidi encontró en Internet. Según ellos, la consecuencia es un profundo sentimiento de alienación que provoca ira y violencia. En pocas palabras, Daniel era incapaz de amar. Este trastorno es raro: lo sufren principalmente niños maltratados, como los miles que cada año son sacados de los orfanatos de Europa del Este para ser adoptados en Estados Unidos.

Recientemente, ante la firme presión de los gobiernos occidentales y con ayuda de organizaciones sociales, Rumania ha tomado medidas para mejorar la atención que da a sus niños abandonados. Aunque las condiciones de algunos de los orfanatos son aún deplorables, un grupo estadounidense que trabaja en la zona (Ayuda para los Niños Rumanos) ha contribuido a cerrar muchos de los peores y a reubicar a los niños en hogares de acogida.

El orfanato donde Daniel vivía se ha modernizado: ahora da servicio a adolescentes y parece una residencia universitaria. Por desgracia, estos cambios resultaron muy tardíos para Daniel; en su caso, el mal ya estaba hecho, y el trastorno reactivo de apego suele ser difícil de tratar.

Cuando llegó el verano de 1999, Heidi decidió tomar medidas drásticas. Pidió consejo al neuropsicólogo Ronald Fe-derici, de Virginia, quien recomendó un tratamiento nada fácil de aplicar: durante dos meses, Heidi tendría que mantenerse a menos de un metro de distancia de Daniel en todo momento; le daría ropa limpia y comida, pero él no podría pedirle nada más. La clave del tratamiento era lograr que tuviera un adecuado contacto visual con Heidi cada vez que interactuaran, a fin de recrear una versión del vínculo madre-hijo que nunca habían desarrollado.

“Las primeras semanas odié inmensamente a mi madre”, confiesa Daniel. Con el tiempo se produjo un cambio en su interior: por fin entendió que la pareja no era sus padres biológicos, y al tomar mayor conciencia de su estrecha cercanía con ellos, su ira empezó a disiparse. Ocho semanas después, sus arrebatos violentos cesaron y dejó de intentar hacerse daño o hacer daño a otros.

Pese a ello, su turbación emocional se manifestó de otras formas. Adoptó una actitud de agresión pasiva: comía con una lentitud exasperante y empezó a robar cosas en casa. Aun así, a sus padres esta conducta les parecía manejable, comparada con lo que habían soportado antes. Entonces hicieron algo que cualquiera podría considerar una insensatez: adoptaron a otro huérfano de Europa oriental. Alexander Joseph, de dos años, llegó de Ucrania para integrarse a la familia cuando Daniel tenía 12 años.

Éste se puso celoso de inmediato. Comenzó a jugar con cerillas, y en cierto momento amenazó de nuevo con suicidarse. Desesperados, Rick y Heidi decidieron probar otra terapia. Todas las tardes, uno de los dos se sentaba en el regazo a Daniel, quien ya tenía 13 años; le daban un helado, y no lo dejaban irse hasta que hacía contacto visual con ellos y les hablaba. Tras varios meses con este ritual, junto a una psicoterapia profesional intensiva, Daniel experimentó una transformación.

Empezó a valorar todo lo que sus padres habían hecho por él y a darse cuenta de que lo querían. Se volvió más comunicativo, dejó de robar e hizo algunos amigos. Y también mejoró su relación con Alexander Joseph, quien tenía sus propios problemas de conducta, entre ellos la hiperactividad y una forma moderada del trastorno reactivo de apego. Daniel comenzó a sentirse orgulloso de ser el hermano mayor, y en ocasiones incluso cuidaba al niño.

Animado por Heidi, también empezó a ofrecer ayuda a otros. Se hizo líder del grupo juvenil de su iglesia, ayudó a la organización Hábitat para la Humanidad a construir casas y comenzó a entrenarse como bombero voluntario. Hace dos años sorprendió a todos al obtener el premio que su iglesia otorga al mejor estudiante.
Ante las 300 personas que asistieron a la entrega de premios habló de sus años en el orfanato y agradeció a sus padres todo lo que habían hecho por él. Luego, con voz emocionada, pronunció las palabras que ellos tanto habían deseado escuchar: “Os quiero”.

“Fue el momento más feliz de mi vida”, asegura Heidi.

Los problemas de Daniel aún no habían terminado. Sigue en terapia, y aunque es capaz de conversar a la perfección, tiene dificultades para leer y escribir. Aun así, está a punto de terminar el bachillerato. No es realista pensar que pueda ir a la universidad, pero el muchacho tiene otros planes; quiere ser bombero profesional. Ya ha aprendido lo que significa dar —e incluso arriesgar— todo por alguien más. Ahora desea poner en práctica esa lección.


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