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22 de enero de 2017

NO ESTIGMATIZAR A LAS PERSONAS QUE SUFREN DE EPILEPSIA



Epilepsia
Como bien se conoce, los pre-juicios son un juicio que precede a la pregunta; en otras palabras: un conocimiento antes del conocimiento. Aplicado a la sociedad en general y específicamente a las personas que tienen un vínculo más estrecho con el sujeto que padece epilepsia; el surgimiento de ciertos prejuicios relacionados con la enfermedad se encuentra asociado a su desconocimiento sobre la misma, así como a otros condicionamientos sociales.

En investigación realizada por un equipo de trabajo encabezado por este autor, se encuestaron un grupo de docentes de nivel primario. En la misma predominó un nivel de conocimiento medio sobre epilepsia. Esto quedó en evidencia cuando, en primer lugar un 87% no supo escribir correctamente la palabra (Eplipcia, Epilexsia, Epilexia, Epilesia). Más de la mitad de la muestra manifestó no conocer la etiología de la enfermedad y mucho más alarmante el hecho de que sólo un docente respondió correctamente los pasos a seguir ante un niño en plena crisis (poner al niño de lado, mantener la calma, acostarlo en el suelo y luego de la crisis, orientarlo).

No obstante la existencia de notorias dificultades por parte de los maestros para responder correctamente sobre el tema, la totalidad de ellos completó la información requerida en el cuestionario. Un considerable número de respuestas estuvieron marcadas por un pensamiento prejuicioso sobre la enfermedad y las acciones a seguir para el tratamiento del infante que la padecía.

Entre los prejuicios y consideraciones desacertadas sobre este tema, sobresale la creencia que los niños con epilepsia no poseen una inteligencia igual a la de uno que no la padece. Es curioso cómo este juicio se contradice cuando en los otros ítems de la encuesta relacionados sobre comparación del comportamiento respecto a un niño sano y exigencia en el aprendizaje. En ambos casos hubo respuestas satisfactorias. Para este caso, amén de que algunos maestros piensan que la inteligencia disminuye de un niño sano a otro con epilepsia, consideraron que se le debía exigir lo mismo a ambos en cuanto al aprendizaje.

Sorprenderá a muchos conocer que algunos de nuestros paradigmas en el campo de las artes, las ciencias y la política padecieron epilepsia: Agatha Christie, Van Gogh, Newton, Alejandro Magno, Napoleón, entre otros. Estos ejemplos sirven por sí mismos para contrarrestar otro prejuicio común que relaciona la enfermedad con la violencia y el retraso mental.

Llama la atención también que la mayoría de los docentes implantó barreras a los niños con epilepsia en cuanto a visitar la playa, practicar deportes, montar bicicleta y hasta usar computadoras. Con estas elecciones ante cuáles actividades puede realizar el infante con la enfermedad, se establece una marcada diferencia desde la cual se dividen a los niños entre sí a partir de falsos criterios, en una etapa de la vida en la que el juego constituye junto al estudio, las actividades rectoras de su comportamiento.

Un prejuicio común y antiguo, es el de estigmatizar este padecimiento y marginar a quien lo sufre, asociándolo con términos como: enfermedad, ataques y convulsiones, todos expresados con un marcado sentido peyorativo. De este modo se identifica la epilepsia solamente con una de sus etapas, específicamente los momentos de crisis, omitiéndose el resto de estas.

Vale resaltar que muchos de estos prejuicios devienen clásicos, herencia que nos llega desde la tradición griega antigua, donde a partir de las sucesivas guerras liberadas entre egipcios, griegos y romanos eran frecuentes los traumatismos craneales de sus soldados. A partir de entonces se le conoció a la enfermedad como “morbo sacro” o “enfermedad sagrada”, surgiendo así el estigma que todavía hoy se percibe en cuanto al horror hacia el paciente con epilepsia.

Otro prejuicio resulta de considerar a la enfermedad como hereditaria y las consecuencias sociales que ello trae consigo. Está demostrado que la mayoría de las personas con epilepsia la adquirieron durante algún traumatismo en el parto o en los años posteriores, y solo en un ínfimo porciento prácticamente despreciable, se hereda.

Elevar el nivel de conocimientos
Cualificando a los maestros, es decir, elevando su nivel de conocimientos sobre todo lo relacionado con la enfermedad y la existencia de los prejuicios antes mencionados, es posible si no erradicar el problema, al menos contribuir a que muestren actitudes más favorables hacia estos niños y al mismo tiempo deconstruir la red de prejuicios que envuelve la conciencia de los docentes.

Es importante tener en cuenta, desde el punto de vista psicológico que el núcleo de la personalidad está determinado por la esfera motivacional, y lo cognitivo y afectivo se encuentran estrechamente relacionados. Todos los elementos que se integran en las funciones de la personalidad tienen una naturaleza cognitivo-afectiva. El hombre se apoya en esa naturaleza para regular todas las esferas de su comportamiento, por lo que es prácticamente imposible representarnos un proceso o hecho psicológico puramente afectivo o puramente cognitivo. Las representaciones y elaboraciones conscientes del hombre son expresión de su acción activa sobre sus propios contenidos psicológicos

El docente permanece muchas horas diarias en interacción constante con sus educandos, esto no le brinda más oportunidad al maestro que la de superarse y lograr un conocimiento al menos básico de todos los temas. Específicamente la exigencia por parte de los directivos de educación debe centrarse en que los docentes conozcan y se apropien de los problemas sociales, de salud o cualquier índole, en aras de favorecer la educación del infante. Esta demanda de superación no debe ser unidireccional, o sea, de directivos a maestros únicamente, en este sentido los segundos deben preocuparse por su autosuperación.

Tener conocimientos sobre epilepsia facilitaría de manera considerable la labor profesional del maestro. De esta manera ante una crisis sabría cómo actuar para socorrer al niño, e incluso hasta podría llegar a reconocer qué tipo de crisis tiene, cuánto tiempo dura, cuáles son los primeros auxilios apropiados, cuánto tiempo el infante debe descansar después de la crisis, cuáles pueden ser los desencadenantes de esta, con qué frecuencia debe tomar la medicación, qué efectos secundarios puede experimentar, etc. Es necesario que el maestro conozca también, en caso de existir, sobre las limitaciones reales de sus alumnos con epilepsia; así como de otros padecimientos médicos relacionados.

El conocimiento sobre la enfermedad brindará a la vez, las herramientas básicas para que el pedagogo pueda ofrecer una explicación convincente a los compañeros(as) de aula. Por ejemplo con respecto a las crisis o ataques, debe mostrar que sólo se trata de una manifestación de la enfermedad que padece su compañero(a); o recalcarles de manera definitiva y concluyente que la epilepsia no es contagiosa, elemento que a esta temprana edad suele confundir a los niños. El maestro debe reunirse y conversar con el infante para saber si ha sido molestado de alguna forma por sus compañeros. En este caso es conveniente que aclare a todos de nuevo en qué consiste la enfermedad si fuera preciso.

Estas son algunas de las medidas básicas que el docente tiene a su alcance para guiar correctamente el proceso docente-educativo siempre que se vea interpelado por la presencia de la enfermedad. Su correcto desempeño en el aula depende de su formación y preparación, cuantos más elementos conozca al respecto, tendrá mayores posibilidades de llevar con éxito su labor y ayudar no solo al niño que padece la enfermedad, sino también inculcar a sus compañeros valores orientados hacia el respeto y la tolerancia.

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