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22 de diciembre de 2016

TENGO EL CUERPO ENFERMO.



Trato de estar siempre con el espíritu en alto. Últimamente busco más estar en la cama, estoy con la mirada apagada, he tenido como un quiebre. Busco dentro de mí porque siento que necesito algo y no sé qué es.

Soy una persona de oración, de ayudar al prójimo. Sé que un cambio me está esperando, y debe ser para algo, pero no puedo discernir qué. Quisiera seguir con el alma en paz como la tengo, pero quisiera también tenerla alegre.

A veces hay que esperar los procesos naturales para que se despierten los procesos sobrenaturales, interiores.

Si uno está con achaques eso es un condicionante que limita mucho todo lo demás: los vínculos, las acciones.

Creo que en ese proceso hay que estar atento al interior para ver qué es lo que Dios va queriendo y va mostrando. Y buscar exteriormente la contención afectiva

La “vejez”  es como una “segunda juventud”: una etapa que no es la etapa Terminal de la vida. Es una “etapa bisagra” porque nos abre hacia otras perspectivas no solamente en esta existencia.

Para aquellos que tenemos fe, la vejez, la agonía y la muerte no son la última palabra. Nos abre no solo en un plano horizontal sino también vertical.

    Esta etapa de la vida, como todas las otras,. No hay que idealizarla ni demonizarla. Todas las etapas tienen sus pro y sus contra, tienen sus límites y sus posibilidades, tienen sus riquezas de luces y sombras. Todas son hermosas y a la vez complejas. No hay recetas para vivirlas. Hay que vivir la integridad de la vida y en cada etapa se suma lo vivido anteriormente.

Por eso, en cada ser humano conviven, coexisten el niño, el adolescente, el joven que fui, el hombre maduro que soy… todo coexiste y uno se puede conectar con ese niño interior, con ese joven que aún tiene sueños e ideales, con ese hombre maduro que busca la sabiduría. Todos ellos somos, porque la identidad no solo es algo dado sino fundamentalmente algo que se construye en la historia. Por eso la vida no se resuelve en una sola etapa sino en el todo.

Cada etapa es una parte de ese todo. Por tanto no hay que pedirle a la parte lo que corresponde al todo. La sabiduría de la armonía única e integral de la vida se va haciendo paso a paso. Pero la vida, es la vida toda, y por tanto no hay que tratar de resolverla en una etapa.


    Cuando los extremos se van tocando, mientras vamos llegando hacia el final, el anciano se parece mucho al niño en muchas cosas. A su vez, Jesús nos dice que la forma madura de entrar en el Reino de los cielos es ser como niños. Por tanto para el Evangelio la adultez es la medida de la niñez, y ahí entonces coexisten todos los arquetipos. En verdad, el alma humana es un abanico: somos todos y somos uno a la vez.

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