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27 de noviembre de 2016

SE QUE AÚN ME QUEDA UNA OPORTUNIDAD


El tiempo es veloz, la vida esencial, el cuerpo en mis manos me ayudan a estar contigo
Quizá nadie entienda, vos me tratas como si fuera algo más que un ser
Recuerda que ayer era tan normal, la vida era vida y el amor no era paz
Qué extraño, ahora me siento diferente, pienso que todavía hay tantas cosas para dar

No ves que todo va creciendo hacia arriba y el sol siempre saldrá mientras que a alguien le queden ganas de amar.

Perdona mi amor por tanto hablar es que quiero ayudar al mundo a cambiar ¡que loco!  si realmente se pudiera,  todo el mundo se pusiera alguna vez a realizar   

Se que aún me queda una oportunidad
Se que aún no es tarde para recapacitar
Sé que nuestro amor es verdadero

    Cuando las oportunidades ya no son infinitas como se vivencian en la primera juventud, las oportunidades que se tienen se valoran mucho más.

¿Qué capacidades podemos recrear o resignificar en esta etapa? Son muy variadas. Podemos empezar a recrear o resignificar, muchas capacidades que hemos tenido, o podemos empezar a adquirir nuevas capacidades.
  
Fundamentalmente la dimensión espiritual es la que hoy vamos a tocar: cuales son las actitudes espirituales que me permiten conectarme para re-habilitar, o re-crear, o re-educar capacidades que fundamentalmente han estado en la juventud pero que ahora se vuelven a revalorizar, y se vuelven a vivir de otra forma.

    Por ejemplo podemos mencionar la capacidad de disfrutar, de gozar, de festejar y celebrar la vida. A veces tenemos la capacidad contraria, es decir, la incapacidad de poder disfrutar de lo que soy, de lo que tengo y de lo que vivo, la incapacidad del placer vital (eso se denomina “anedonia”) que puede tener que ver con las cosas más profundas o las más simples, con las más importantes o las más insignificantes.

En general, esta es una capacidad que vamos perdiendo, sobre todo en el contexto en el que vivimos, de maltrato social, vincular, familiar, personal. En esos contextos tan problemáticos, conservar la capacidad de gozo por la vida es un ejercicio casi ascético, es decir, tenemos que conseguir con una actitud laboriosa, dedicando energía interior, ese buscado resultado del goce.

Hay temperamentos que disfrutan naturalmente, pero otros no. Dicho de otra manera: hay que “generar hábitos de disfrute”, y eso tiene que ver con repetir actos. Esa repetición –ese trabajo previo- genera el hábito que después se transformará en una disposición casi natural, más espontáneo.

    Es tristísimo ver que esa incapacidad del goce por la vida hoy se advierte en jóvenes y a veces en niños. Es el envejecimiento prematuro en el contexto en el que nos van contagiando enfermedades sociales de depresión, de tedio, de sinsentido de la vida, de falta de horizonte, de vacío existencial y de falta de idealismo y de utopía como para seguir caminando.
    Otra capacidad: reconquistar la dimensión social. A veces la vejez nos  recluye en soledades muy individualistas y por lo tanto hay que tender puentes a vínculos comunitarios, solidarios, sociales. Eso da mucha sensación de utilidad a las personas. Unido a esto, recobrar la capacidad familiar de interactuación con otros, incluso con las diversas generaciones de mi familia: insertarme, re-insertarme. No siempre los adultos mayores viven insertos en familias. A veces viven solos, otras veces con otros abuelos. La relación que a veces establecen los nietos con los abuelos es hermosa.

El abuelazgo es un rol social hermoso e insustituible. Allí se nota de una manera especial el disfrute de la vida y de los vínculos. Es la reconquista afectiva de los vínculos como lo nutritivo para el alma.

    También es posible recobrar aquellas capacidades personales perdidas o que se han dejado pendientes, o que nunca se ha podido darles tiempo. También las capacidades que han hecho a lo profesional o al rol social que se ha podido tener en la vida. También recuperar la capacidad emocional, amantiva, afectiva, sensible con el resto de los vínculos o de la realidad nos puede esponjar el alma. Mientras la vida o los contextos sociales cada vez más duros por las exigencias que tenemos que vivir, y a la vez tenemos que defendernos, nos va erosionando, nos va anquilosando, nos va volviendo cada vez más insensibles.

    Otra capacidad es la espiritual, contemplativa, de la fe, el sentido religioso vuelve a ser un sentido trascendente que puede iluminar toda la vida en este trayecto de la segunda etapa. Muchos comienzan aquí a alimentar su fe cuando antes no la tenían o no era lo prioritario. La fe comienza a tener un lugar más preponderante porque de alguna manera las preguntas más esenciales de la vida comienzan a hacerse también en esta etapa porque vamos camino hacia respuestas también más definitivas.


    Otra de las capacidades a recobrar es la intelectual: recobrar hábitos de lectura, escritura, instruirse, aprender nuevas técnicas, idiomas, computación. Todo tiene que ver con este re descubrimiento de la faz intelectual que no tiene por qué ser una faz de decadencia para esta etapa de la vida. Mucha gente se dedica por ejemplo a bucear por esta dimensión para la que  antes no encontraba tiempo o no le alcanzaban las energías por el hecho de lo que supone la crianza de los hijos. Esas cosas que quedaron pendientes, esos talentos que quedaron enterrados por falta de tiempo, pueden encontrar ahora energía para invertir en ellas. Es darse la segunda oportunidad de la vida en cosas sencillas pero a la vez muy gratificantes. El tiempo vuelve a ser resignificado a partir de aquellas necesidades pendientes que ahora pueden ser atendidas de alguna forma, además, sin todas las tensiones del tener que elegir, de las tensiones de toda la primera juventud de definir un camino. Ahora hay mucho más serenidad interior para poder desarrollar todos esos talentos

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