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13 de octubre de 2016

NO LE PONGA ETIQUETAS A LA GENTE


Etiquetar a los personas se ha convertido en una práctica muy común en los últimos años, y no sólo en el ámbito educativo sino también en el campo social. Cada vez que alguien no responde educativa o socialmente como creemos que debería hacerlo, eso nos choca, damos por hecho que ese alguien es “raro” y comenzamos el proceso de búsqueda de la etiqueta pertinente.

Etiquetas negativas
En mi opinión, esta práctica tan común supone un primer tipo de etiqueta que llamaremos “etiqueta negativa” dado que pretende encontrar un calificativo, comunmente despectivo, para cada persona como vago, malote, solitario, aburrido, pesado… y encasillar a la persona dentro de él. Todo esto sin darnos cuenta que estas etiquetas, lejos de ayudar a las personas, reposan sobre sus hombros convirtiéndose en pesadas cargas y les empuja a alimentar esa “fama” que les ha sido impuesta.

Por ejemplo, cuando en el colegio el maestro observa que el trabajo de un niño es lento, mal organizado y falto de interés el maestro puede hacer dos cosas; una, etiquetarle como “el vago de la clase” y asumir que ese niño nunca va a avanzar ante lo que el maestro tiene que resignarse; y dos, tratar de reconocer el verdadero problema (falta de motivación, de ayuda en casa, de comprensión…) para tratar de impulsar una mejora por parte del alumno. Claro que la primera opción es mucho más tentadora y cómoda que la segunda; no obstante, un buen maestro debería obligarse a sí mismo a elegir la segunda vía aún en el momento de mayor desesperación didáctica.

Lo mismo ocurre en el parque cuando una niña no quiere jugar a las muñecas o a la comba y prefiere jugar al fútbol o cambiarse los cromos de Gormiti con sus amigos. Entonces habrá quien (adulto o niño) tachará a esta niña de “marimacho” o, con suerte, de “poco femenina”. Encasillándola de esta manera lo único que se consigue es que la propia niña comience a plantearse si no puede jugar con niñas o si éstas son distintas a ella de alguna manera que probablemente no logre comprender.
En resumen, las “etiquetas negativas” procuran inseguridad y sensación de rechazo a aquellos a quienes se adjudican.

Etiquetas positivas
Por el contrario, existen las que de aquí en adelante llamaremos “etiquetas positivas“, no positivas porque halaguen las cualidades de la persona, sino porque ayuden a la persona. En esta categoría incluyo las etiquetas psicopedagógicas que algunos niños y sus familias necesitan para ser apoyados en el plano educativo, social o familiar. Me refiero a las familias puesto que, cuando un niño padece un trastorno, dificultad o discapacidad, las personas que lo sufren con él y que tratarán de ayudarle en primera instancia son su familia.

Puede parecer difícil, en un principio, imaginar de qué manera una etiqueta supone una ayuda; no obstante, si tratamos de ponernos en la piel de unos padres que observan día tras día cómo su hijo muestra dificultades en la lectoescritura, en la comprensión de las lecciones más sencillas, en las relaciones con sus iguales o, incluso, con la propia familia; podemos comprender que llega un punto en que esos padres sienten la necesidad de saber qué le ocurre a su hijo, de conocer el por qué de esas dificultades y la manera de atajarlas.
En esta situación, un diagnóstico psicopedagógico no supone una etiqueta de carácter exclusivo sino un reconocimiento del problema, lo que aporta a su vez la vía al tratamiento de esas dificultades que el trastorno, dificultad o discapacidad conlleva. Con el término tratamiento abarcamos desde el tratamiento clínico propiamente dicho al trabajo con diferentes apoyos, estrategias y/o técnicas de estudio pasando por la adaptación curricular elaborada por el maestro para atender a las Necesidades Educativas Especiales de aquellos alumnos que lo precisen.
Del mismo modo, cuando acudimos al médico a causa de una dolencia, nuestro deseo es conocer la razón y nombre del problema, puesto que el nombre conlleva el reconocimiento de la enfermedad y, por tanto, el camino hacia la cura.
Estas etiquetas positivas, como ya hemos visto, pueden aportarnos un beneficio; no obstante, hay que evitar etiquetar a las personas, tachándoles de autista, deficiente, disléxico o hiperactivo, para pasar a etiquetar la discapacidad o trastorno en sí mismo. Hemos de ser muy conscientes de que las personas tienen y/o padecen un trastorno, NO SON un trastorno. Y así, poder basarnos en esa etiqueta positiva para saber cómo debemos trabajar o tratar con esa persona con el fin de ayudarle a superar sus dificultades día a día.


Por último, quiero hacer que el lector de este artículo se pare un momento a pensar que, en realidad, todos llevamos una etiqueta en la frente que los demás pueden ver. El problema reside en que no todos leen lo mismo en ella; cuando lo único que deberían tratar de ver es el nombre de esa persona y dejar para el reverso la “información adicional”, pues no existe persona “normal” en un mundo en el que todos somos diferentes, tan solo hay personas que requieren de nuestra ayuda para encontrar su camino, continuar con su aprendizaje y disfrutar de la vida.

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