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8 de mayo de 2016

VENCER EL MIEDO A LA OSCURIDAD


La lúdica es una práctica comprobada para eliminar este temor.

La lúdica es la motivación que necesitan los niños para superar el frecuente miedo a la oscuridad. Conozca algunas ideas.

Andrés tenía 4 años. Sufría de pesadillas y le tenía mucho miedo a la oscuridad. No podía permanecer con la luz apagada ni cinco minutos, y la encendía cada vez que su padre salía de la habitación, quien creía que el comportamiento de su pequeño era cuestión de indisciplina, hasta que entendió que la penumbra le causaba temor.

Un día se le ocurrió comprar una pelota de caucho transparente, con luces de colores en su interior, y jugar con su niño a encontrarla y rebotarla contra las paredes, en medio de su habitación oscura. Ese día, Andrés logró permanecer mucho más tiempo solo en su cuarto jugando con la pelota ‘mágica’, y fue el comienzo para superar su temor.

Así como el padre de Andrés, algunos expertos piensan que el juego es un elemento motivador para que la fobia a la penumbra desaparezca.

Al desarrollarse la terapia en un ambiente lúdico, se minimiza la naturaleza aversiva de la oscuridad para el niño, puesto que las emociones positivas suscitadas por el juego compiten con su temor cuando se enfrenta a la oscuridad”.
En el estudio participaron 64 niños, entre 5 y 8 años de edad, y una edad media de 6 años y 4 meses. El tratamiento fue aplicado por los padres en el cuarto de los niños en la noche, bajo la supervisión del terapeuta. Los investigadores estudiaron tres grupos: el primero tenía guía de los padres y estímulos lúdicos; el segundo era igual, pero sin juego y, el tercero, recibió tratamiento en una segunda etapa.
Para el catedrático Xavier Méndez, quien además es especialista en psicología clínica infantil, y estuvo en Colombia durante el I Encuentro Internacional y V Nacional de Psicología Clínica y de la Salud, el juego es una estrategia muy indicada para esta población, pero se debe aclarar que la clave para superar los miedos es afrontándolos, y la lúdica es el elemento motivacional: “La solución es como un jarabe amargo y el juego lo que hace es dulcificar la medicina. Al final, estar en la oscuridad es lo que te quita el miedo”.

¿Qué hacer?
El temor a la oscuridad es algo normal, que aparece alrededor de los 3 años y está asociado al desarrollo cognitivo del niño,  cuando es capaz de pensar o  imaginar cosas. Es decir, “ve moverse las cortinas y cree que hay seres fantásticos detrás preparados para hacerle algo”, explica Méndez.
Otra causa radica en ciertas asociaciones que, sin querer, se establecen. Por ejemplo, en torno a esta edad son comunes las pesadillas; entonces el niño asocia la oscuridad a estos sueños indeseados. O a las historias y películas de miedo.

Las experiencias negativas también hacen que la oscuridad se asocie a lo malo, y la luz y el día a lo bueno. Incluso, muchos padres pueden transmitir ese miedo.

La típica escena de los padres cuando el niño llora a medianoche y pide que le enciendan la luz, es acercarse y, efectivamente, prenderla. Abrazarlo y, en ocasiones, llevarlo a la cama para dormir con él. Una secuencia, calificada por los psicólogos como negativa e inadecuada: “Porque se refuerza la conducta de inseguridad. Cuando el niño busca la luz, la compañía, la puerta abierta se siente tranquilo solo por un momento, pero va a mantener su miedo”, puntualiza Sonia Zambrano, experta de la Fundación Universitaria Sanitas con maestría en psicología clínica.

¿Cómo actuar entonces? “Si uno va en un avión por una zona de turbulencia, ¿qué da más tranquilidad? ¿Que los auxiliares de vuelo siguieran haciendo sus labores o que dejaran de hacer todo para calmarlo e informarlo? La primera; lo mejor es actuar con naturalidad”, añade el psicólogo español.

Entonces, lo más aconsejable es acompañarlo después del suceso y explicarle que debe dormir en su habitación solo. La guía de los padres es indispensable.
Para minimizar el temor, se aconseja usar luz tenue, contarle un cuento o darle linternas que pueda manejar. Debe ser un proceso progresivo; es decir, debe ir retirándole las ayudas. Por ejemplo, primero dejar la puerta entreabierta e irla cerrando paulatinamente.

Y, en este proceso, incluir juegos para que el niño se vaya acostumbrando al espacio. Los psicólogos señalan algunas ideas:
• La gallina ciega: el adulto le venda los ojos, mientras el niño lo busca; luego cambian de personajes.
• Sombras chinas. Apagar la luz y hacer sombras en la pared con las manos o los objetos, a través del reflejo de una linterna.
• Adivinar animales. El adulto se sale de la habitación y el niño debe adivinar qué sonido de animal está imitando el adulto, hasta que lo adivine. Según el psicólogo, la idea es que el niño permanezca solo en la habitación oscura el mayor tiempo posible.
• Buscar un tesoro en la oscuridad. Esconder un objeto para que el adulto o el niño
lo encuentren.
• Apagar la luz de la casa y hacer una carrera hasta la cocina, de uno en uno, para cronometrar los tiempos. El que lo haga más rápido, gana un premio. “El papá modela el ejemplo; en el segundo momento se espera que lo haga el niño. Si no quiere, puede hacerlo la mamá y luego el pequeño”, explica la psicóloga. abc
Límite de la normalidad

El miedo a la oscuridad debe desaparecer con la ayuda del juego. Si no es así, la clave para identificar la anormalidad de la situación es evaluar la consistencia de los padres y las repercusiones negativas de ese temor.
Según la experta, el método muchas veces no funciona porque “los papás son inconsistentes. Hay un adulto que se pone muy estricto y, de un momento para otro, no se queda en la cama del niño pero, al otro día, cede. Entonces, la inconsistencia en la norma hace que el niño genere más miedo porque no tiene claro cómo manejarlo”.
Por otra parte, “cuando son de tal magnitud que evitan el normal desarrollo del niño, si tiene insomnio, si duerme incómodo con los padres, no se atreve a dormir en otra casa y afecta su desarrollo social y presenta problemas con la familia, hay que consultar con un psicólogo”, explica el psicólogo clínico infantil

También hay que evaluar la edad y el tipo de reacción. Un niño de 10 años, según los expertos, no tendría por qué padecer este tipo de fobias, normales en la primera infancia. Además, hay pequeños que sienten temor de un día para otro, sin explicación justificada. En ocasiones, entonces, este puede estar asociado a situaciones traumáticas del pasado y necesitan un tratamiento profesional.

Si estos no se tratan a tiempo, “se generarán cuadros de ansiedad en la adolescencia y la adultez. Son niños más propensos a la sudoración, taquicardia e inseguridad. A largo plazo, les genera dificultades en la adolescencia, que es cuando los grupos sociales son más y necesitan confianza”.

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