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25 de febrero de 2016

CARTA DE ALGUIEN QUE ES FELIZ EN SU TRABAJO


Querida Cira:

Hoy me ha dado por reflexionar de mi trabajo o del disfrute de la vida, que al fin y al cabo son la misma cosa. He de decirte que aún con el paso de los años no puedo evitar entristecerme o sentir cierta rabia cuando alguien habla de su trabajo como una obligación, como un tiempo de su vida en el que vive exiliado. Exiliado de la propia vida, del disfrute y de sus pasiones.

Hoy hay niebla ahí fuera, y a mí la niebla me invita a pensar y a reflexionar. Puedo pasar horas observándola. La niebla difumina los paisajes y esconde lo evidente, que sigue estando ahí aunque no puedas verlo. Las escenas van cambiando con el transcurso de las horas y esos sucesos me parecen una estupenda metáfora de la vida. Porque con el paso de nuestros días, de nuestras vidas, las escenas también van cambiando, las evidencias siguen ahí y nosotros hay veces en que somos meros espectadores de ello.

En mis reflexiones soy consciente de que la que vida es efímera, más a mi edad, aunque no siempre es fácil recordarlo. Pero hace mucho tiempo, cuando ya llevaba unos años trabajando me dio por hacer listas y contabilizar cosas y comprendí que el trabajo y la vida son la misma cosa. Puede parecer una deducción tópica o una frase fácil, pero yo llegué a esa conclusión con datos técnicos.

Cada año de nuestra vida tiene 365 días y 52 semanas y 46 de esas semanas las pasamos en periodo laboral. De los días laborables tenemos unas 16 horas para vivir despiertos o soñar despiertos y de esas 16 horas utilizamos una media de 10 o 12 horas a nuestra vida laboral, ya sea para desplazamientos y trabajo o para trabajar con intensidad, según circunstancias. Lo cual nos deja libres una media de 4 o 6 horas diarias cuando no las tenemos que utilizar para tareas cotidianas o burocráticas que nos pueden agradar o desagradar. En fin, que llegué a la conclusión de que durante prácticamente todos los años de mi vida más del 60% de mi tiempo, siendo optimista, lo iba a utilizar en mi vida laboral.

Y entonces llegué a la conclusión de que mi objetivo era disfrutarlos lo máximo posible. Siempre he tenido presente el disfrute en mi vida, pero todos sabemos que la existencia se puede complicar o bien uno mismo se la complica.

Pero no siempre es fácil alcanzar los objetivos que uno se marca. En el momento en que llegué a esa conclusión me di cuenta de que la mayoría de horas que dedicaba a trabajar realmente las dedicaba a ponerme máscaras. Internas, las que están ocultas y te hacen adquirir rutinas sin sentido y cometer acciones o formar parte de equipos de trabajo en los que no crees. Y también máscaras externas, de las que dictan comportamientos o vestimentas que no tienen por qué coincidir con lo que uno es. Pero la lucha entre el equilibrio de lo que uno es y en lo que uno invierte su tiempo no es fácil. Primero, porque uno a veces no sabe muy bien quién es. Segundo, porque vivimos en sociedad de intercambio económico y es necesario tener un trabajo para poder tener unos ingresos mínimos y tercero porque para alcanzar ese equilibrio hay que correr riesgos, tomar decisiones, evolucionar, aceptar, aprender y sufrir pérdidas. Y nuestra sociedad, querida Cira, no está muy preparada para eso.

Me doy cuenta de ello en muchas situaciones de la vida. Cada mañana en el metro por las caras que observo y también por frases que escuchas a diario:
– «Mi hermano está buscando trabajo», le decía ayer una chica a otra.
– «¿Y de qué está buscando?»
– «De lo que le salga…»
– «No aguanto más a mis jefes, yo creo que no se aclaran ni ellos y estoy harto de todo, pero claro con las cosas como están, tampoco vale la pena moverse», le decía un chico a su amigo el otro día en la cola del cine.
– «Es que con mi horario no me da tiempo a vivir». «Yo a partir de ahora voy a pasar de todo en el curro, hago lo que me dicen y punto». «No hay ni un cliente bueno»… Y tantas otras frases que resumen el hastío en el que se encuentra sumida gran parte de nuestra sociedad.

No es fácil Cira, porque la vida puede ser muy divertida, pero también muy dura y apostar por lo que uno quiere requiere de decisiones y mucho pensar, primero para saber lo que se quiere y después para estudiar cómo conseguirlo y no a todo el mundo le gusta pensar. Por eso a mí me gusta la niebla.

El caso es que, por aquel entonces, yo también formé parte de equipos de trabajo en los que no creía, tuve jefes en los que no confiaba, luché con gigantes de ego, dediqué mucho tiempo a no pensar, dejé que la corriente de la vida me arrastrase sin conducir el timón y me di contra muros vacíos, pero aún así no dejé de disfrutar y de aprender prácticamente en ningún momento. Ahora me doy cuenta de que todo aquello no fue en balde, porque siempre conservé la humildad y la capacidad de aprendizaje y te aseguro que tanto las malas experiencias como las críticas son un tesoro.

Como siempre me gustó hacer listas, he rescatado hoy una que quería compartir contigo. Ahora me parece algo obvia y quizá infantil, pero la escribí hace mucho tiempo en uno de aquellos días en los que toqué fondo y me propuse cambiar:

– Las máscaras son preciosas, pero para el carnaval de Venecia.
– Es necesario ganar dinero con lo que haces, no queda otra.
– Si haces algo siempre podrás recibir felicitaciones, desprecios e indiferencias. Si no lo haces no.
– Es necesario aprender a decir ‘no’.
– La incertidumbre no es mala, solo tienes que acostumbrarte a vivir con ella.
– El error es valioso. A veces es la única manera de aprender, si uno quiere.
– La empatía no es importante, es imprescindible.
– Los cambios son positivos, los miedos solo funcionan a veces como señales de alarma.
– Siempre puedes aprender algo de las personas.
– Quejarse no es malo, a no ser que siempre sean las mismas quejas y uno nunca haga nada por cambiar las situaciones.
– A veces uno no puede elegir qué vivir, pero sí cómo vivirlo.
– Las verdades absolutas no existen.
– Las personas agradecidas valen la pena.
– A las personas interesadas hay que preguntarles qué es lo que les interesa exactamente.

En fin, que mirando atrás, hoy puedo decir que desde hace mucho tiempo soy feliz con mi trabajo.

Pero claro, ¿qué es la felicidad? Porque ahora está muy de moda eso de que tenemos que ser felices con todo: charlas, libros, películas con moralejas… y parece que la felicidad se confunda con aquello de que ‘si esto te ha tocado, vívelo lo mejor posible’ y que ‘hay que ser feliz porque sí’. Yo creo que la cosa está en identificar lo que no te gusta y en tomar la decisión de cambiarlo. Yo, ya sabes que soy militante de la tristeza, la melancolía, la nostalgia y muchas otras emociones, creo que todas ellas son necesarias. También creo que la felicidad es algo muy personal y que cada uno la encuentra en cosas diferentes. Pero para mí, la felicidad en mi trabajo está en que por fin logré que mi trabajo sea mi vida, disfrutar de lo que hago, creer en lo que hago, asumir los errores, ponerle el sentido del humor a las malas decisiones, decidir a diario sin sentir miedos, ser humano a la vez que profesional, no dejar de aprender, ser consciente de que las cosas se pueden cambiar, no estar amargado, comprender que hay personas con las que no te vas a entender en la vida y negocios que nunca van a ser rentables en ningún sentido.

Ser consciente de la incertidumbre, de que nada es para siempre, de que todo es relativo y de que el éxito es compañero del fracaso y la vida es riesgo… Pero llegar hasta aquí no ha sido cuestión de suerte, ni gratuito. Para ello he tenido que trabajar bastante y no me refiero a invertir horas en proyectos y trabajos, sino a pensar, reflexionar, asumir cambios y despojarme de verdades y prejuicios, incluso aprender a vivir con casi nada. Recuerdo los cosquilleos de un domingo tarde cualquiera que despertaban a la intranquilidad por la llamada del lunes… Hace años que no los siento. Los lunes me encantan y también los sábados y los domingos o los jueves. Como imaginarás, ni todo es perfecto ni es cuestión de ganar de dinero, ni tampoco de que todas las tareas que realizo me resulten súper agradables. Como en todos los trabajos tengo cosas buenas, cosas maravillosas, cosas regulares e incluso cosas que no me gustan demasiado. Pero eso es lo de menos, a mí, lo que de verdad me gusta es vivir. Por eso disfruto de mi trabajo o de mi vida, que al fin y al cabo son la misma cosa. Porque lo que hay ahí fuera, a veces es muy difícil de cambiar, pero el cómo le afecte a uno es cuestión de actitud.

No todo en la vida es trabajo, pero se trata de vivir con intensidad y de disfrutar todo lo que hay en la vida.

Por cierto, hoy ahí fuera hay niebla. ¿Te lo he dicho ya?

Espero que vengas pronto a visitarme.

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