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30 de enero de 2016

PODER FEMENINO EN LA HISTORIA


Las mujeres empezaron a cambiar la Historia.

En ninguna sociedad humana conocida ha ocurrido que las mujeres y los varones tuvieran el mismo rango o parecida importancia. En todas ellas, con modalidades diferentes y a veces interesantes, el sexo masculino tiene poder y autoridad, ejerce ambos, y mujeres y varones lo aceptan. La primacía masculina y su legitimidad no se cuestionan. A esta disposición de poder y autoridad vinculadas al polo viril se le denomina patriarcado. Eso no quiere decir que cada uno de los varones sea poderoso –entre ellos hay rangos–, pero sí que cada uno de ellos tiene derecho a sentirse mejor en su piel que el colectivo completo de las mujeres, que, genéricamente, le son inferiores... si bien varias de ellas pueden serle superiores en rango. Cada uno de los varones sabe de su importancia y, en consecuencia, de la falta de importancia del sexo femenino en su conjunto, aunque tenga que conceder aprecio a las que jerárquicamente estén por encima de él, que siempre las habrá. Pero la existencia de esas mujeres superiores a un varón determinado no pondrá nunca en duda la esencial superioridad masculina.

El origen del patriarcado
“Patriarcado”, “patriarcal” o “patriarca” son términos presentes en nuestra tradición. En su uso académico, patriarcado remite, como se dijo, a la forma de poder en la cual los varones dominan a las mujeres, tienen mayor relevancia que ellas en todas sus actividades y resultan ser el polo humano por el que se mide el prestigio. En una sociedad patriarcal, el varón es la medida de todas las cosas. El asunto es que todas las sociedades que nos son conocidas son patriarcales, las históricas y las que no han evolucionado.

¿Cuál es el origen del patriarcado? Es una pregunta relativamente frecuente, pero lo cierto es que no es buena porque el patriarcado no la necesita. Simplemente los seres humanos somos primates evolucionados y nuestra evolución, incluido el mundo de la cultura, las ideas y las representaciones, nunca ha negado la jerarquía viril, que nos viene muy probablemente de nuestra primitiva dominancia etológica. El dominio del macho es una característica en los primates.

Evidentemente, cuando la evolución humana se inició, este rasgo no resultó pospuesto. El patriarcado es su forma histórica. De modo que esa autoridad y poder viriles constituyen lo que llamamos una “invariante antropológica”. Todas las sociedades la han conocido. Empero, al ser una estructura de poder humana, admite y tiene variantes: es más o menos ruda, se fija en unas conductas u otras, usa mayor o menor violencia... No es lo mismo una sociedad de encierro de las mujeres que una sociedad en la que ellas pueden permanecer en los espacios comunes; una que reserva el saber sólo a los varones que otra que acepta cierta competencia en las mujeres, por ejemplo.

Las diosas madres y otras concesiones benevolentes a la eterna alienación social
Durante el siglo XIX, en los inicios de la antropología como ciencia, el patriarcado fue descrito por vez primera con la suficiente distancia crítica, esto es, no suponiendo que era un dato sin más de la naturaleza. También comenzaron a ser descritas sus variaciones. Pero lo más notable es que, a su lado, para crear una especie de simetría, se comenzó a colocar una construcción conceptual típicamente romántica: el matriarcado. El matriarcado, o la falsa simetría, se describió igualmente aunque nadie hubiera conocido jamás ninguna sociedad que lo practicara.

El primero en suponer un matriarcado primitivo fue Johann J. Bachofen, un investigador y jurista suizo que intentaba dar razón de ciertas peculiaridades del antiguo derecho, como herencias, orden de apellidos, matrimonios, dotes y otros. Imaginó que esos rasgos eran pervivencias de una época arcaica en que el dominio viril no estaba asentado. A esa época que inventaba la llamó matriarcado. Así surgió una explicación que se hizo corriente, y más a medida que la prehistoria se iba conociendo. Con la única excepción de sir Henry Maine, todos los autores antropólogos del XIX dieron por hecho que el patriarcado era un progreso desde una forma de organización más primitiva a la que llamaron matriarcado. El matriarcado sería el responsable de las pervivencias benevolentes para con las mujeres en el derecho de algunos pueblos antiguos, del aspecto de las religiones primitivas y sus diosas, los matrimonios en la localidad de la esposa, la filiación materna y otra serie de circunstancias que se escapaban del admitir un dominio viril estricto. Esta suposición pasó de Bachofen a Lewis H. Morgan, de éste a Engels, de ahí al marxismo. En realidad el matriarcado pasó a ocupar en el relato histórico lo que el paraíso perdido había representado en el mito religioso.

Ahora más bien suponemos que no hubo tal período y que tampoco ésa es la mejor explicación para los indicios de presencia femenina que nuestra prehistoria nos aporta. Pero en el siglo XIX y parte del XX, el matriarcado primitivo tuvo pleno predicamento. Así, se explicaban mitos como el de las amazonas, la existencia de grandes diosas madres, los ritos cerrados y secretos (como los de la Bona Dea, en que sólo mujeres intervenían), diversas costumbres asociadas a la agricultura... Todo se interpretaba como pervivencias de una antigua y extinta ginecocracia. Sin embargo la verdad parece haber sido muy otra.

Las mujeres nunca han tenido genéricamente poder y aquellas que lo han alcanzado, lo han hecho por excepción. En todas las sociedades históricas que no son conocidas, las féminas han estado sometidas a los varones. Con todo, y en casos muy especiales, alguna mujer ha ocupado el poder soberano. La historia recuerda a varias que lo han hecho muy bien y a otras que no tanto. En todo caso, ninguna de ellas se lo hizo heredar a otra, sino que, transcurrido su tiempo, las aguas volvieron a su legítimo cauce. Algunas mujeres fueron excepciones a la regla que las apartaba del poder y, de entre ellas, unas pocas fueron además excepcionales. En el mundo antiguo, Hatshepsut dejó una fuerte impronta, aunque su heredero intentó borrar todas sus inscripciones. Cleopatra se jugó y perdió la independencia de Egipto. En la Edad Media encontramos grandes señoras territoriales como Leonor de Aquitania, o impresionantes señoras clericales como las grandes abadesas. Durante el Renacimiento, Isabel de Castilla e Isabel de Inglaterra fueron fuertes y temidas monarcas. Y en la Modernidad, figuras tan relevantes como Catalina de Rusia o María Teresa de Austria también marcaron su época. Esas figuras llegan casi hasta la contemporaneidad en el caso de la reina Victoria de Inglaterra o su actual heredera, Isabel. Pero, por lo común, las mujeres no jugaron en el terreno del poder explícito, sino en el de la influencia, más opaco; son las madres tras el trono o las esposas del harén, o las favoritas de las que se sabe que intervienen moviendo en la oscuridad los hilos. Esto sólo es posible, naturalmente, en las autocracias. Pero no debemos olvidar que la mayor parte de los estados que han existido han sido autocracias. La democracia es el sistema político más joven sobre la faz de la tierra.

El que alguna mujer alcance excepcionalmente el poder explícito ha sido propiciado en determinados sistemas jerárquicos, especialmente aquellos que sacralizan el poder de una línea dinástica. En ausencia de varón, una mujer puede subir al trono. Pero eso no significa que las mujeres en su conjunto lo hagan. Las damas a las que esto ocurre son especiales. Forman parte de líneas dinásticas en las que los varones que podían heredar se han extinguido. Son absolutas excepciones. Los antiguos griegos poseían una forma de legitimar estas excepciones: las epicleras. Epiclera era la mujer que resultaba hija única y por lo tanto también única heredera. En tal condición estaba “casada con su herencia”.

Poderosas porque así lo dictaba la herencia intransferible y la estirpe
La mayor parte de las mujeres que han llegado a monarcas o jefas de estado han sido epicleras. La línea que llega a ellas no se puede cortar, porque su estirpe es fuerte y la defiende, en consecuencia ellas heredan el poder de la familia y su vinculación esencial con ella. Si es posible, incluso se las desposa con un familiar cercano. Éste es el caso de las grandes reinas de Europa, pero también el de muchas líderes de países del llamado Tercer Mundo. Siempre ha resultado sorprendente que algunos estados de Asia tuvieran presidentas mucho antes de que ocurriera lo propio en las democracias occidentales. Pero es que ocurre con ellas una ilusión óptica: Indira Gandhi, Bandaranaike, Suharto o Butto, por poner varios ejemplos, son mujeres de estirpes poderosas, que normalmente han intervenido en procesos nacionalistas de los que han surgido sus estados. Los heredan para la familia si no hay un varón más adecuado, cercano a la sucesión de los líderes y “padres de la patria”. Ellas presentan la misma continuidad que encarnaban las reinas en las líneas dinásticas..

Otro caso singular es que también algunas mujeres pueden acceder al poder en tiempos turbulentos. No es insólito encontrar grandes conductoras en momentos de crisis agónicas. Velleda condujo a los germanos y Boudica a los anglos contra el Imperio Romano. Nunca se puede decidir si las crisis llaman a esos liderazgos femeninos o son ellos los que las provocan. En cualquier caso, cuando las mujeres conducen ejércitos, los ejércitos son de desesperados. Se les concede el heroísmo de quien se enfrenta a un final absoluto. Se entiende que las mujeres luchan para perder, con honor, pero perder. Aunque algunas veces puedan haber vencido. En época contemporánea tenemos figuras que se han convertido en las enseñas de sus estados por sus impredecibles victorias, como fue el caso de Golda Meir.

En realidad, la posibilidad de ejercer el poder por parte de las mujeres siempre será una excepción allí donde el patriarcado sea fuerte. Sin embargo, ahora asistimos a una radical novedad: su fragilización por obra de las fuerzas coaligadas del feminismo, la democracia y el sistema industrial. El no tener poder ni fuerza ha sido la esencia misma de lo considerado femenino, pero esa ancestral división comenzó a cambiar a la par que lo hizo la Modernidad misma. Las mujeres, ya no como individualidades por excepción, sino como ciudadanas y trabajadoras manejan desde hace un par de siglos cierto poder que han sabido poner a disposición de sus fines comunes..

Hace tres siglos y medio, que para el cómputo de la especie es una fruslería, comenzó la decadencia de la explicación religiosa del mundo. Del mismo modo se inició el ocaso de la legitimación divina del poder. Nuevas formas de gobierno y nuevas maneras de legitimarlas han aparecido en la escena pública y han hecho nacer la idea de ciudadanía compartida. Las mujeres, organizadamente, han luchado por sus oportunidades y sus derechos, civiles y políticos, y en buena parte del mundo los han obtenido. Esto crea una nueva escena en la que la antigua excepción decae y la democracia quiere que la regla sea el mérito, no el sexo. Las mujeres de todas las democracias han aumentado asombrosamente sus capacidades educativas, a la par que sus demandas de una mayor igualdad de oportunidades y de justicia en el reparto de los bienes, tangibles e intangibles, incluido el poder. En una democracia con verdadera ciudadanía no hay enemigo pequeño. Y las mujeres, a medida que progresa su autoconciencia como sexo discriminado, desarrollan solidaridades asertivas para alcanzar metas comunes: igualdad, derechos, oportunidades, respeto y una vida libre de violencia. Esto es una novedad antropológica radical..

El patriarcado está severamente tocado en varios e importantes puntos del planeta. Pero, desde luego, dista mucho de estar muerto. La comparecencia de mujeres en los ámbitos del poder político es reciente y tiene vocación de continuidad, no de excepción. Se gesta desde la base, no viene por requerimiento de encajes en las alturas. Las nuevas líderes no son epicleras, sino demócratas por la vía corriente en que se forman sus iguales. Merkel, Thatcher, Gro Harlem, Bachelet, Clinton..., con independencia de su signo político, son mujeres que ocupan el poder de un modo nuevo, que muestra que el espacio disponible para las mujeres se acrecienta. Sin embargo, esas presencias son todavía escasas: debe recordarse a menudo que los territorios completos del poder económicoempresarial, la prensa y la opinión, la creatividad, el saber superior y su transmisión canónica, y el dominio y manejo de la religión son actividades casi completamente masculinas. Son además los manantiales de legitimidad del poder explícito y, por ahora, todos ellos cuentan con una presencia femenina inapreciable.


Las mujeres van consiguiendo, y únicamente en democracias sólidas, estados de normalidad, paritarios, sólo en el ámbito político, pero aún tienen como colectivo un grave déficit de legitimidad. Y otro no menos grave de voluntad común.

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