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16 de diciembre de 2015

POR QUE EL AMOR LO VENCE TODO Y NO CAMBIA A NADIE


A menudo pensamos que el amor todo lo puede y que además nuestro amor cambiará a nuestro amado o amada. Pero la realidad es bien diferente.

Sobre todo cuando se trata de violencia de género, violencia doméstica, de obra o de palabra, que se gesta antes del matrimonio. Esto no tiene límites de edad ni preferencias de sexo.

En principio, nos casamos para toda la vida. Pensamos y asumimos que el matrimonio es para siempre, aunque luego nos divorciemos. Pero los divorcios son cosa muy, pero que muy desagradable. Así que tanto la mujer como el hombre deben escudriñar al futuro cónyuge como se fuesen a estar casados hasta que la muerte los separe. Si no estamos satisfechos nos podemos divorciar, claro, pero quedaremos con cicatrices, secuelas emocionales y económicas, a veces muy profundas. Y los hijos también, que ni lo comen ni lo beben pero lo sufren.

El amor es maravilloso y ciega a las parejas, pero no cambia ni enmienda a nadie. Desde luego que es muy romántico pensar que el amor lo puede todo y muchos creen que su amor, su cariño, hará cambiar a la pareja. Pero recordemos el dicho: “el que hace un cesto hace ciento”, para que luego no nos llamemos a engaño.

¿Vamos a poder aguantar a una pareja, hombre o mujer, que nos desprecia y minimiza, y nos agrede de obra o de palabra 24 horas al día? ¿7 días a la semana?  ¿365 días al año?  ¿Durante cuarenta años? Advierto que 40 años es mucho tiempo. Aburre al más pintado. Acaba con la paciencia del más paciente.

¿Cómo podemos interpretar las pistas que nuestra pareja nos da sobre su personalidad y comportamiento? ¿Podemos detectar al futuro maltratador o a la futura maltratadora?

 El amor todo lo vence pero no cambia a nadie

La urbanidad, la buena educación, la palabra culta, (ahora lo llaman “inteligencia emocional”) parecen conceptos trasnochados, del siglo diecinueve, ideas anticuadas que ya no se llevan en esta sociedad contemporánea, avanzada, donde impera la igualdad de sexos. Ya todos somos iguales, por fin, en  democracia, donde ya no existen las diferencias de antaño entre hombres, mujeres, ricos, pobres, cultos, analfabetos.

Juan se muestra malhablado y grosero con su madre. La tilda de tonta y le da órdenes como si fuera una esclava. Con su novia es cariñoso. ¿Cuál de los dos es el verdadero Juan? Lo mejor es pensar, para no equivocarse, que con el tiempo tratará  a su mujer como trata a su madre: como un tirano desagradable. Seguro que se convierte en un maltratador.

Paula maltrata a su padre y grita a su hermano pequeño. Siempre llega tarde a las citas. Impone su voluntad sin pedir opinión a su novio. De casada seguirá haciendo lo mismo.

Antonio arma trifulcas en público por cualquier nimiedad: que si le han empujado, que si él estaba primero, que si le han cobrado de más, que si le han devuelto de menos… y siempre dando voces y llamando la atención. Aparte de que resulta desagradable ir con una persona pendenciera y puntillosa, es siempre peligroso. La urbanidad dice que una persona defiende sus derechos pero jamás crea escándalos o llama la atención en público.

¿Te imaginas una pelea callejera cuando vas con los niños y tu marido se lía a golpes con un borracho por un sitio para estacionar el coche? ¿Te gustaría? Pues te garantizo que si de novios arma broncas, de casado será  peor.

Reflexiona y hazte las siguientes preguntas sobre tu pareja:

¿Te interrumpe constantemente cuando hablas? ¿Te critica delante de otros? ¿Te compara con otras personas para humillarte? ¿Te ofende a sabiendas? ¿Entra y sale de casa sin dar explicaciones? ¿Toma decisiones de pareja sin consultarte? ¿Te falta al respeto? ¿Te hace sentirte como un trapo sucio? ¿Maltrata y desprecia a tu familia? ¿Se cree superior?

Ten presente que la pareja normal no abusa de nadie jamás, ni llama la atención nunca, ni es desagradable.

La inteligencia emocional, que yo llamo urbanidad, nos alerta de que podemos emprender un camino que puede convertir ese amor tan maravilloso en un calvario. La ceguera emocional del amor no conoce edad, ni sexo, ni cultura, ni posición social. Y si no estamos atentos –y normalmente no lo estamos- la maravillosa aventura del vivir se puede convertir en una amargura insufrible.

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