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17 de noviembre de 2015

EL PELIGRO DE LOS EMPLEADOS ADULADORES


Los empleados aduladores son aquellos que hacen lo que sea por quedar bien con sus jefes.

Todos hemos sufrido la experiencia de trabajar a su lado. En cada oficina y en cada compañía hay empleados aduladores o “lambones”, que hacen de todo por quedar bien con sus jefes. A veces, incluso, a costa de sus propios compañeros de trabajo. Y aunque puede parecer un tema frívolo, estos ‘empleados aduladores’ pueden causar un profundo daño en las empresas.

Los empleados aduladores son nocivos, y por tanto se deben emprender acciones contundentes para enfrentarlos y evitar que acaben con la moral de los buenos empleados.

Los empleados lambones dedican su tiempo a proyectar una imagen que no está soportada en sus capacidades o ejecuciones reales. Suelen ser hábiles socialmente, prometen más de lo que hacen, son mentirosos, exagerados, y pueden denigrar de los demás.

Son perfectos para jefes o superiores con un carácter débil presentándoles una falsa lealtad. Entonces se convierten en “soplones” y tienen ventajas frente al resto. Pero esto no dura toda la vida. Con frecuencia, caen rápidamente en desgracia cuando el jefe abre los ojos o les asignan un nuevo superior. El efecto es nocivo porque en este ambiente laboral se patrocina más el individualismo que el trabajo en equipo. Ahora bien, existen dos tipos de empleados aduladores que no necesariamente son negativos. Los yes-men cuya intención es evadir conflictos en vez de obtener beneficios, y los networkers quienes buscan ampliar sus contactos.

Su influencia puede llegar a ser nociva si su acción permea la cultura y valores institucionales, en especial si logran un tratamiento preferencial. El arte está primero en identificarlos y luego en influenciar su personalidad. Se deben resaltar comportamientos positivos de otros miembros del equipo, como la cortesía, la capacidad de trabajo o la innovación, utilizando mecanismos de medición y recompensas. Así se impacta positivamente el clima laboral y se envía un mensaje claro: el desempeño se evalúa objetivamente, lo que termina por persuadir a los “lambones”. No hay que confundir lambonería con generosidad, que es un rasgo crucial en las empresas. Saber dar y poder dar es una suerte que no todo el mundo tiene.

Los empleados aduladores se remontan a siglos pasados cuando algunos se congraciaban con miembros de la realeza para conseguir favores de su parte. El único valor que pudieran crear quedaba representado en títulos de propiedad sobre tierras y bienes ociosos. Pero hoy, las cosas deben ser distintas. Crear valor para una compañía requiere principalmente de trabajo y, por esto, los empleados aduladores son una distracción peligrosa que no se puede tolerar. Quien dedica su energía a adular, la sustrae de aquellos frentes en donde está la acción y distrae a los colegas que sí están aportando. Entonces es crucial que las personas con responsabilidades de liderazgo muestren su rechazo absoluto a este tipo de prácticas que no suman un ápice al desarrollo de una empresa. Por el contrario, lesionan su capacidad productiva, particularmente en donde hoy está la diferencia: el talento de la gente.

La adulación es una conducta intencional de un trabajador, que busca influir en el jefe para recibir algo a cambio. Dependiendo del momento, la adulación puede estar relacionada con obtener un mejor trato, mantener una buena relación, permanecer en el empleo, obtener un ascenso o un aumento en el salario. Esta adulación tiende a ser una estrategia empleada por el trabajador cuando no le es posible obtener lo que quiere por sus propias capacidades y prefiere influir de forma emocional. Si esta es una conducta indeseable ¿por qué se mantiene? Porque los jefes también obtienen ganancias. Para algunos jefes, la adulación es un bálsamo para su autoestima. En algunos casos, la adulación del trabajador contribuye para que este crea que es un buen jefe. En otros, la adulación funciona para el jefe como una cuenta de ahorros o una inversión de la que espera un retorno cuando la requiera.

Desafortunadamente, en el mundo del reclutamiento con frecuencia nos encontramos con algunos miembros de una especie aun no extinta: los llamados sapos o lambones. El lambón, definido como una “persona delatora y muy aduladora”, camufla su evidente falta de talento con una mal entendida lealtad. Hábil en labores de contrainteligencia, su mejor arma es el chisme, y su lealtad con la organización es nula. Si bien maneja una aparente cercanía con sus pares, esconde una gran capacidad para disociar. El mejor remedio es construir climas organizacionales donde la comunicación sea clara y directa. Es importante que la retroalimentación sea permanente, franca y en privado. 

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