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17 de julio de 2015

DIOS TRABAJA SILENCIOSAMENTE


Cada uno de nosotros tiene virtudes y defectos peculiares que lo convierten en algo único.

No se trata de desentenderse de las responsabilidades propias, sino de hacernos capaces de amar tanto a Dios como a los demás con un amor puro.

No se trata de escapar del mundo para estar solos, sino para estar con Dios.

Debemos poner nuestra mirada en Jesús, leer su Palabra en la Escritura y pedir al Espíritu Santo que ilumine nuestras mentes de la forma más adecuada para poder alcanzar la meta que Él nos ha trazado.

Quizás el secreto de la oración y de la santidad de vida esté envuelto en la petición divina de escuchar- escuchar Su presencia silenciosa- esa presencia que penetra nuestro ser y nos conserva la existencia; Esa presencia que llena las almas de amor y serenidad; esa presencia que nos talece cuando nos sentimos débiles.
Hemos olvidado cómo detenernos: nos come el deseo de estar en marcha.

Hemos olvidado cómo quedarnos quietos: nos come el deseo de estar en movimiento.

Hemos olvidado cómo escuchar: nos come el deseo de ser escuchados.

No importa dónde o con quién estemos, podemos siempre decir como Jacob: "Verdaderamente está Yahvé en este lugar y yo no lo sabía" (Gn 28,16).

Él no está tan lejos de nosotros como pensamos, pues siempre caminamos en Su presencia; Él vive por la gracia en el centro de nuestras almas.

Percibimos el silencio de Su presencia en la quietud de la noche, en la oscuridad de nuestras almas y en los corazones de nuestros prójimos.

Oímos el sonido de Su voz en las inaudibles palabras que nos gritan Su presencia desde las flores y los árboles.

Su presencia, que nos rodea como un sonido profundo, entibia nuestras almas frías con una calma silenciosa, tranquilizante y reconfortante.

Nos aconseja que nos detengamos y entendamos Su amor porque, éste, al igual que Su presencia, también es tranquilo y lo consume todo.

Su presencia silenciosa, como una venda empapada en aceite, sana las heridas del pecado.
Nuestras almas, como si fueran esponjas secas, buscan el agua de la vida eterna, para saciarse de Su presencia silenciosa.

NOSOTROS PODEMOS ALEJARNOS DE ÉL, PERO ÉL NUNCA SE ALEJA DE NOSOTROS.

Cuando los amigos dejan de estar conscientes uno del otro se convierten en desconocidos. Y con Dios pasa lo mismo. Él está ante la puerta de nuestro corazón y quiere que le abramos para poder habitar ahí y reinar como Rey.

El desea sentirse en casa en los rincones de nuestra alma; un Amigo que siempre está ahí, listo para consolarnos, amarnos y hacernos felices.

Estamos envueltos por palabras y rodeados de ruido; desde el fondo de nuestro corazón suplicamos silencio- no el silencio mortal del vacío ni el silencio que nace de la ausencia de ruido- sino el silencio profundo, el silencio que pronuncia palabras inaudibles y vibra con sonidos de quietud.

Necesitamos el silencio que nos pone cara a cara frente a Dios en un acto de fe y amor. Es necesario cerrar los ojos y darnos cuenta que la oscuridad que percibimos no es una ausencia sino una presencia- una presencia escondida en lo más profundo de nuestras almas-, una presencia tan cercana a nosotros que todo parece oscuridad.

Dios es un espíritu y conversa con nosotros en un ambiente de silencio porque nuestras almas son incapaces de escuchar Su voz cuando están saturadas de ruido y confusión.

FRECUENTEMENTE NO SOMOS CONSCIENTES DE ESA PRESENCIA PORQUE NO PONEMOS ATENCIÓN A ELLA.

San Pablo nos dice que "en Él vivimos, nos movemos y existimos"
(Hechos 17,28).

Debemos hacernos concientes de esa fuerza silenciosa que nos sostiene, nos reconstruye, nos moldea y desea transformarnos.

Debemos quedarnos quietos y permitir que Su presencia penetre nuestro ser a base de entregarle nuestra voluntad, la totalidad de nosotros mismos.

Escuchamos la presencia silenciosa de la Palabra Eterna y decimos: "Señor Jesús, da fruto en mí".

Dios trabaja silenciosamente; Su gracia es silenciosa e imperceptible; Su poder vivificante es silencioso; Su providencia es silenciosa; los milagros que realiza diariamente en la creación son silenciosos; Su poderosa mano, al guiar los destinos de los hombres y las naciones, también es silenciosa; Su presencia, que nos rodea como el aire que respiramos, es silenciosa.

El Espíritu Santo, cuya presencia es tan silenciosa por ser interior, ve nuestros pensamientos, oye nuestros suspiros y cumple nuestros deseos.

Fuimos creados para amar, pero Él nos transforma en amor.

Es Él quien nos enseña a amar con amor desinteresado, hasta la muerte. Es Él quien inspira en nuestros débiles cuerpos un espíritu nuevo, un corazón nuevo y una mente nueva.

Cuando estamos en pecado, Su voz nos inspira pensamientos de arrepentimiento.


Cuando nos sentimos incapaces de amar, Él envía una chispa de Su fuego para calentar nuestros corazones congelados.

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