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9 de septiembre de 2011

LA BIOQUÍMICA DEL AMOR


Neurocientíficos revelan procesos físicos detrás de las emociones.

Durante muchos siglos, el amor, la atracción y todas sus emociones asociadas fueron terreno exclusivo de poetas, novelistas y escuelas de psicoanálisis. 

También han sido un marco de referencia, de encuentros y desencuentros para muchas parejas. Sin embargo, sólo en la pasada década los neurocientíficos empezaron a abordar esas conductas como objeto de estudio para revelar algunas de sus claves fundamentales.

Hurgar la estructura del cerebro (fruto de un proceso de millones de años de adaptación evolutiva al medio ambiente) de los mamíferos y sobre todo el de los primates les ayudó a descubrir que, si bien amor y atracción son pulsiones muy distintas desde la perspectiva cultural, bioquímicamente poseen un perfil muy semejante, marca de nuestra ancestral necesidad de propagar genes.

"El amor comenzó con conductas de apareamiento que tenían básicamente una función biológica (reproductiva) para perpetuar la especie". Gracias a ello y sometido a presiones evolutivas cada vez mayores, el cerebro primate creció y alcanzó un desarrollo que permitió a las conductas emotivas hacerse cada vez más complejas.

Por mucho tiempo se creyó que no éramos tan animales, que el proceso de enamoramiento era mucho más social que la atracción. Hoy sabemos que en los cerebros humanos también se liberan una gran cantidad de sustancias muy parecidas a las que secretan otras especies, entre ellas la serotonina y la dopamina, además de hormonas como la oxitocina y la vasopresina, que tienen un papel muy importante en el establecimiento de vínculos emocionales poderosos.


Un estudio reciente observó a mujeres que tras alimentar con su leche materna a sus bebés establecieron un vínculo mucho más fuerte con ellos, hecho que fue asociado con elevados niveles cerebrales de oxitocina, una hormona que también se libera durante la fase orgásmica.

Dichas hormonas claramente están participando en nuestros procesos emotivos y esto puede darse no sólo con tu pareja sentimental, sino también con otras personas a quienes amas: padres, descendientes, etcétera.

Todo esto se ha descubierto mediante estudios con ratas y con seres humanos, a través de aparatos para visualizar en directo imágenes del cerebro, como la resonancia magnética funcional (Fmr).

El área tegmental ventral es una zona en la base del encéfalo llamada "de recompensa" porque aloja sustancias como la vasopresina y la dopamina que, al activarse, producen en el sujeto sensaciones de placer, agitación y euforia. Es la misma que participa en el "rush" generado por el consumo de cocaína, de modo que la conclusión resultó controvesial: el amor romántico da paso a sensaciones muy parecidas a las que vive un adicto a las drogas.

Este sistema de recompensa es el mismo que se activa cuando queremos un pedazo de chocolate, tomar una bebida o ganar un premio y se asocia con el deseo profundo, la atención concentrada, la energía y la motivación, aunque en este caso sea para ganar la mayor recompensa de la vida: una pareja adecuada.

En su nivel biológico más básico, los humanos no somos más que sistemas neuroquímicos de reconocimiento, que nos atraemos por percepciones visuales, auditorias y olfativas en las que participa una cascada de sustancias como hormonas y neurotransmisores reguladas por los sistemas nervioso y endocrino.

Con ello confirma que el amor y la atracción son impulsos que escapan al control voluntario, al "capricho" del sujeto.

Todas las emociones básicas que encontramos en otros animales también las poseemos los seres humanos, pero de una manera mucho más compleja, gracias a que además de un sistema límbico (área básica que las procesa) desarrollamos la corteza cerebral, que funciona como un tamiz y hace de esas pulsiones un fenómeno más cognoscitivo.

Tendemos a pensar que formamos parte de una cultura y una sociedad, pero también habría que tomar en cuenta que, dado el tiempo de evolución que nos tomó llegar a este momento, es muy difícil abandonar al animal que hemos sido: hace seis millones de años chimpancés y humanos éramos idénticos.

Pero no todo se reduce a pulsiones biológicas, pues hay una tensión constante entre razón y corazón: "ambos componentes están presentes en la toma de decisiones. Una persona nos puede parecer atractiva desde una de estas dos perspectivas. Normalmente nuestra emotividad reacciona primero y luego entra en juego la cognición; alguien nos puede encantar y después podemos evaluar y explicar el por qué".

"Es muy frecuente que a una adolescente le digan que ese chico con el que sale no le conviene como pareja. Ella lo sabe, pero le encanta y entra en un conflicto donde lo emotivo y lo racional debaten. Le advierten de los peligros de relacionarse con una persona así, pero sus emociones dicen lo contrario".

NOTA: EL UNIVERSO MARCHA EN UN EQUILIBRIO QUE ASEGURA LA SUPERVIVENCIA DE LAS ESPECIES Y ES EL HOMBRE QUIEN TRATA DE ALTERARLO.

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