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7 de julio de 2011

LO DURO DE SER INDEPENDIENTE




Todos salen para sus respectivos trabajos y todo queda en silencio. Me asomo, temeroso, para confirmar la soledad de la casa, que ahora es también mi 'oficina'.

Mi papá se pensionó recientemente y se ha convertido en un observador de mi vida. Puedo leer con claridad lo que me transmite con su mirada desconfiada, sin pronunciar palabra, arrugando los ojos y comunicándose conmigo a través de la telepatía: "A mí no me engañas pequeño pícaro. No me creo ese cuentico de ser 'independiente'... más te vale que consigas un trabajo de verdad".

Afortunadamente, mi madre es una gran aliada. Cuando le conté de mi nuevo proyecto demostró toda su incondicionalidad: "Hijo, yo confío mucho en ti porque las cosas siempre te han salido bien y has logrado todos tus propósitos en la vida. Además, 'Cuando uno hace las cosas de buena fe, mi Dios lo ayuda a uno'. Así que cuenta con todo mi apoyo hijito, tú sabes que eres y seguirás siendo mi rey".

En esa misma oportunidad, mi padre sentó su posición: "Creo que usted no está entendiendo la realidad de su situación. 'Usted no está haciendo nada y, según le entiendo, va a seguir igual de desocupado, con la diferencia que ahora le tenemos que decir "doctor Independiente". No señor, eso se llama estar de-sem-ple-a-do. Yo me gané el pan con el sudor de mi frente, madrugando todos los días de los últimos 40 años y llevando corbata a la oficina.... En cambio usted pretende cotizar a su pensión escribiendo en ese 'blof'...".

En este punto no puedo evitar interrumpirlo: "Se dice blog papá...". "¡Me importa un soberano bledo! Sea 'blot' o 'blod' o 'blos', así nadie se gana la vida". Es entonces cuando mi madre interviene: "¡No sea grosero con el 'blon' del niño!". "¡¿Cuál niño?! -replica él- ¡Este grandulón ya tiene 28 años!".

Sin embargo, algunas de las cosas que dice mi papá quedan rondando en la cabeza de mi mamá, al menos subliminalmente. Ella -a pesar de su apoyo incondicional- me pide la misma clase de favores que se le encomiendan a un típico desempleado: "Hijo, tú que tienes tiempo, ¿porqué no te levantas temprano y vas a pagar el recibo del gas?" (¡pfff!).

De hecho, he descubierto que me esconde los huevos, el Milo y el pan, temerosa de que acabe con toda la alacena en una sola jornada.

No es fácil superar las prevenciones de la familia. Por ejemplo, es intimidante el hecho de enfrentarse a primos y tías para explicarles la naturaleza de mi trabajo sin contrato a término indefinido: "No tía... Pues... cómo te digo... estoy empezando mi propio negocio..., no... no estoy ganando un salario fijo... ¿Cómo dices?... ah, sí... por ahora trabajo desde la casa... no, el que anda en piyama es mi papá".

Precisamente, para evitar malos entendidos familiares -y contrarrestar las críticas de mi padre-, procuro que el trabajo desde mi casa sea serio y disciplinado. Por eso me levanto muy temprano y me visto de saco y corbata, al tiempo que mi madre se seca el pelo y mi hermana hace sonar sus tacones.

Uso un computador en la sala, donde hago las veces de recepcionista y secretario privado. Por otra parte, acudo a Jáiver (mi primer nombre) para labores de mensajería y distribución de tintos.

En mi cuarto tengo instalado un portátil para la redacción e investigación de los artículos que piden los clientes.

Ese sueño después del almuerzo... ¡y con tantas camas disponibles!
En consecuencia, he desarrollado un trastorno de personalidad múltiple. Lo entenderían mejor si me escuchan interactuando con mis compañeros de 'oficina': "Buenos días a todos", saludo mientras doy siete pasos desde mi cuarto hasta la sala y ante la mirada confundida de mi padre, a quien encuentro desayunando en el comedor.

Precisamente, uno de los momentos más difíciles de toda la jornada es justo después del almuerzo. Me da un sueño maldito, peor que el de una oficina de verdad en un día caluroso. Lo más tortuoso es sentir esa pesadez teniendo tantas camas disponibles.
Tratamos de soportar ese adormecimiento con pequeños descansos para fumar.

Independiente = Enfermo terminal

He asistido a algunos foros sobre nuevas tecnologías, estrategias de comunicaciones, emprendimiento y liderazgo.
Acudo a ese tipo de eventos en mi propósito de seguir aprendiendo y, por supuesto, ante la necesidad de hacer nuevos contactos. En el momento del registro me preguntan a qué empresa represento, para escribirlo así en la escarapela que se cuelga en el cuello.

"Pues... cómo le explico... yo estoy empezando una empresa propia..., pero... pues... aún no he hecho las vueltas en la Cámara de Comercio... sería como... empresario... o... se podría decir que soy 'joven emprendedor'... acabo de cumplir 28 años... ah, ¿eso ya no es ser joven?... Pues sí... digamos que soy independiente".

Al final, así queda escrito en la escarapela: "Independiente". Es como ponerse un tatuaje en el pecho que dice: "Precaución - Soy un enfermo terminal". Lo digo porque, en los momentos de receso -cuando los asistentes hacen fila para gorrear deditos de queso con jugo de feijoa- todos leen mi "ocupación" (mi padre diría "desocupación") y huyen como si se fueran a contagiar. Me quedo solo, al frente de una de esas mesitas redondas y altas que no tienen sillas (como para que nadie se amañe).

Una vez decidí quitarme la escarapela, a ver si me deshacía momentáneamente del estigma. En efecto, se me acercó una mujer buscando conversación. "¿Y tú qué haces?", le pregunté emocionado al encontrar, finalmente, alguien con quien hablar. "Pues... cómo te explico... estoy empezando una empresa propia..., pero... pues... aún no la he registrado en la Cámara de Comercio... sería como... empresaria... Bueno, trabajo más bien como independiente", dijo ella, al tiempo que revelaba con algo de vergüenza la escarapela que había escondido en su bolso. Sentí lástima por la "doctora Independencia" y pensé con arrogancia: "Mi padre diría que está mujer está 'de-sem-ple-a-da'. O no entiende su situación o me cree pendejo".

Al principio no es fácil -ni siquiera para nosotros los independientes- comprender lo que hacemos y cómo lo hacemos. Sobre todo, da miedo -muchísimo miedo-. Para muchos es una decisión de vida ser nuestros propios jefes y apostarle a un proyecto propio. Hacemos bien. Estoy seguro. Pero aún así, me cuesta explicarme esta nueva rutina. Afortunadamente tengo a mi mamá que sí que me entiende.

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